
El Poder Real
Zoon Politikón
El evangelio tomado del capítulo 10 de Marcos tiene un profundo significado espiritual que merece nuestra atención. Lo que se desarrolla en este pasaje es clave en el orden espiritual. En él, se nos narra que:
«Se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: ‘Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte’».
Este evento puede parecer incluso cómico. Sabemos que estamos en una situación espiritual inadecuada cuando nuestra primera actitud es decirle a Jesús: «Tienes que hacer lo que deseamos». Nos encontramos en una mala posición espiritual cuando nuestro ego intenta imponerle condiciones al Señor. Sin embargo, debemos recordar las ocasiones en las que hemos estado precisamente en esta actitud. Personalmente, puedo pensar en varias: «Señor, ¿por qué no haces lo que quiero? ¿Por qué las cosas no suceden como yo espero?». En esos momentos, asumimos que sabemos lo que es mejor para nosotros, pero al imponer nuestras condiciones a Jesús, estamos, en efecto, en una posición espiritual incorrecta.
La Biblia nos enseña a adoptar siempre una actitud de receptividad hacia la palabra divina. El enfoque correcto es el opuesto a la actitud mencionada: «Señor, dime qué hacer. Señor, enviame». Piensen en Isaías, quien dijo: «Aquí estoy. Enviame». Esa es la postura correcta.
Ahora bien, estos discípulos, Santiago y Juan, eran jóvenes, y manifestaban la actitud propia de la juventud, a menudo inmadura. Jesús, con sabiduría, continúa el diálogo:
«‘¿Qué es lo que desean?’ Le respondieron: ‘Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria’».
Por un lado, lo que pedían parecía razonable. En ese momento, Jesús ya era una figura importante, y muchos estaban convencidos de que Él era el Mesías, el ungido de Israel, el hijo de David que los liberaría del yugo romano, y que reinaría como rey de Israel e incluso del mundo entero. Esta era la expectativa mesiánica de la época. Así que estos seguidores cercanos, observando sus milagros y las multitudes que lo rodeaban, creían que habían apostado por el caballo ganador. Para ellos, Jesús era la figura adecuada para impulsar sus carreras y alcanzar posiciones de poder.
Este deseo de poder no es exclusivo de la época, ni de estos discípulos. A lo largo de la vida, muchos buscamos posiciones de poder y honor, ya sea en el ámbito académico, financiero, empresarial, o incluso en la Iglesia. Sin embargo, lo notable de Santiago y Juan es que lo expresaron de manera abierta y sin disimulo. A diferencia de muchas personas que, con el tiempo, ocultan mejor sus deseos de poder, ellos lo manifestaron de manera frontal. Dijeron claramente: «Queremos estar uno a tu derecha y otro a tu izquierda», es decir, querían ser los plenipotenciarios a su lado, gobernando sobre Israel y el mundo.
El deseo de poder y honor, en sí mismo, no es necesariamente malo. De hecho, Dios es todopoderoso y describirlo así es un reconocimiento elemental de Su naturaleza. El poder, por lo tanto, no puede ser malo en sí mismo. Algunos de los personajes más benefactores de la historia tuvieron poder y supieron utilizarlo para bien. El poder, en esencia, es la capacidad de generar cambios. Si tienes poder en los negocios, las finanzas, en el gobierno o en la religión, puedes lograr transformaciones significativas.
Por tanto, no estamos hablando mal del poder o del deseo de poder. Asimismo, el honor tampoco es inherentemente malo. Cuando algo es bueno, bello o verdadero, merece ser honrado. El honor es como una bandera que nos señala aquello que es digno de admiración. Por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta aceptó honores, pero en su mejor momento, lo hacía como un reconocimiento de la virtud por sus buenas obras.
Entonces, desear el poder o el honor, en sí mismo, no es algo malo. Sin embargo, escuchemos lo que Jesús les dice a estos discípulos:
«No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?».
Ellos, sin comprender del todo, respondieron: «Sí, seguro, podemos». Pero, ¿de qué estaba hablando Jesús? Se refería a la prueba del sufrimiento, al bautismo de fuego que implica aceptar el dolor por el bien del mundo.
Jesús, siendo el Hijo del Todopoderoso, es indudablemente poderoso. Pero el tipo de poder al que Él se refiere no es el poder terrenal que estos discípulos buscaban. La verdadera elevación de Jesús no es en un trono imperial, sino en la cruz. Él ejerce su poder a través de su disposición a soportar el sufrimiento del mundo. A los apóstoles y a todos nosotros, Jesús nos invita a seguir ese mismo camino. Nos desafía a beber el cáliz, a recibir el bautismo, y a aceptar el sufrimiento por el bien de los demás.
Hoy en día, muchos se autodenominan guerreros de la justicia social, el problema es que, a menudo, simplemente señalan lo que está mal en el mundo. La verdadera justicia implica ir al lugar donde está el sufrimiento y compartir la carga de los más vulnerables. Un buen ejemplo de esto es la Madre Teresa. Ella no solo se quejaba de las injusticias en Calcuta, sino que decidió abandonar su comodidad y fue a servir en los barrios más pobres. No solo denunció el mal, sino que recogió a los enfermos y moribundos, les dio alimento, agua, medicamentos, y los cuidó hasta el final. Ella bebió el cáliz. Fue bautizada con el sufrimiento.
Isaías, quien anhelaba la redención de Israel, describe con claridad la figura del Mesías sufriente:
«El Señor quiso triturar a su siervo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará. Con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos».
Este pasaje no describe a un Dios sádico y cruel, sino a un Dios que, a través de su Mesías, carga voluntariamente los sufrimientos del mundo para salvar a muchos. La salvación no llega solo con palabras o denuncias, sino con la acción amorosa de cargar los sufrimientos ajenos.
Por lo que, si alguien desea poder y gloria, debe entender que no son malos en sí mismos. Sin embargo, el poder real y la gloria verdadera se manifiestan en la voluntad de entrar en el sufrimiento del mundo, y junto a Cristo, cargar el yugo para aliviar el dolor de los demás.

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