
El propósito del Estado es el bien común
Generación de Cristal
Pocas posturas me han ganado tantas críticas de parte de los liberales como la defensa de que el Estado tiene como propósito el bien común. Parece que la propia idea está contaminada de ideales izquierdistas que jamás deben mezclarse con sus ideas. Me responden con frecuencia que el propósito único del Estado es la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Cualquier trabajo fuera de esos tres excede las labores del Estado. Soy incapaz de entenderlo. Yo también desconfío del Estado y reconozco su ineficiencia. Pero ¿no es acaso por el bien común que deberíamos limitar al Estado a aquellas funciones que sirvan a la sociedad?
Para ser justos, analicemos primero la postura liberal. En resumen, se defiende que todos los hombres nacen con la obligación moral de respetar la vida, libertad y propiedad del otro. Estos derechos —y, por tanto, obligaciones— se presentan en el orden natural y son aprehensibles por la razón. Luego, dependiendo de la postura, se defiende que sí en un origen nos organizamos en sociedades, fue para garantizar la protección de estos derechos esenciales. Es decir, el Estado existe desde un inicio para la protección de estos, nada más.
Sin embargo, incluso si fuera ese el origen de la sociedad, no se sigue que deba ser su única labor. Si se descubriera que las primeras comunidades se organizaron por la pura coerción —cosa que veo muy posible—, ¿sostendríamos que los Estados de hoy deberían limitarse a eso? Para nada, pero es cierto que el derecho natural parece evidentemente necesario, sea parte o no del origen de la sociedad. ¿Pero por qué parece tan evidente? Me parece que los derechos naturales tienen valor en sí mismos y existen de manera independiente. Aun así, su valor en sociedad proviene de que permiten otra cosa más importante: la cooperación social. Son, pues, las obligaciones que hacen que el hombre sea el zoon politikon, y son autoevidentes precisamente porque consideramos bueno el vivir en comunidad.
Por todo lo anterior, el Estado tiene el deber de proteger el derecho natural no solo porque es bueno en sí mismo, sino porque permite vivir en comunidad. Al ser este el motivo, el rol del Estado no queda acotado por necesidad a la protección de estos derechos. De esta manera, pasa el rol a ser el perfeccionamiento de la cooperación social. ¿Y por qué justificaría que esta es buena? Aquí podría dar una gran cantidad de argumentos utilitarios sobre cómo es mejor la vida en comunidad que la de ermitaño en el bosque y las cuevas. El problema es que me parece, en este caso, ridículo. Sería equivalente a justificar la familia explicando que «así tienes quien te cuide», en vez de admitir que la protección de la propia familia es buena en sí misma. Creo que la comunidad es algo equivalente. Cualquier persona puede reconocer que vivir con un respeto general a toda la sociedad es algo bueno en sí mismo. De aquí sale mi defensa inicial: el rol del Estado es permitir y perfeccionar la cooperación social, y esta es buena como fin en sí misma.
Antes de que se alcen las antorchas, esto en absoluto es una defensa del colectivismo. Esta perspectiva lo rechaza, pero solo en la medida en que empeora la unión de la sociedad. En esencia, el sistema político a utilizar debe escogerse en la medida en que mejora nuestra relación con los otros. El tejido social, se desarrolle por medio de la presencia o la ausencia del Estado, es en sí mismo el motivo de estar juntos.
Defender la educación o la salud pública puede hacerse según su efecto sobre el fin del Estado. Hoy, me parece que lo adecuado es un Estado limitado, cercano al liberalismo clásico. Pero si una educación pública bien organizada fortalece el tejido social y permite que la comunidad viva mejor, no veo razón para rechazarla. Una política que cumple esa función refleja la verdadera finalidad del Estado y justifica su existencia más allá de la mera protección del individuo frente a la coerción. Incluso cosas muy concretas, como la centralidad de una ciudad frente al interior del país, puede analizarse desde la mejora del tejido social. ¿Para qué vivimos juntos si no para eso?
Al final, toda postura política —sea liberal, conservadora o progresista— pretende, de una u otra manera, lo mismo: preservar la posibilidad de una vida en común que merezca ser vivida. Y eso, en esencia, no es otra cosa que el bien común.

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