
El Señor Arévalo, o Diez Meses de Desastroso Gobierno
Logos
En el pasado día 15 de noviembre, el Señor Bernardo Arévalo cumplió diez meses de usurpado ejercicio de la Presidencia de la República. Debió asumir la Presidencia de la República el día 14 de enero, por mandato de la Ley Electoral y de Partidos Políticos; pero ilegalmente la asumió el día 15 de enero. Por ello, el día 15 de noviembre, y no el día 14, cumplió diez meses de aquel usurpado ejercicio de la presidencia.
Con un sincero afán de objetividad, que prevaleciera sobre mi aversión y mi repudio por el Señor Arévalo, y sobre mi opinión de que es un usurpador de la presidencia, intenté encontrar alguna decisión, alguna acción o alguna obra de él, que demostrara el cumplimiento eficaz de las funciones que le adjudica a él la Constitución Política. No encontré ninguna. O intenté encontrar alguna decisión, alguna acción o alguna obra de él, que mereciera ser reconocida, admirada y elogiada por su contribución al bien de todos los guatemaltecos. No encontré ninguna.
O intenté atisbar en él la voluntad de gobernar para promover el progreso general de los guatemaltecos, mediante la eliminación de los obstáculos que impiden ese progreso. No la atisbé. O intenté observar que asignara su tiempo para ocuparse de resolver grandes problemas nacionales. No lo observé. O intenté comprobar que se esforzaba por asignar, con la mayor eficacia y la mayor economía, para los fines más urgentes de la sociedad, el dinero obtenido de los tributos. No lo comprobé.
Encontré, atisbé, observé y comprobé que ha sido inepto; que ha sido negligente y que ha sido irresponsable. Encontré, atisbé, observé y comprobé que ha ejercido desastrosamente la Presidencia de la República. Mi aversión y mi repudio por él se renovaron furiosamente.
El Señor Arévalo ha demostrado su ineptitud, negligencia e irresponsabilidad en esferas primarias de competencia del Organismo Ejecutivo. Por ejemplo, ha demostrado ineptitud, negligencia e irresponsabilidad en conservar, reparar o reconstruir caminos, carreteras, puentes y puertos. Y en detener la criminalidad y reducir el costo de conservar la vida y los bienes. Y en brindar servicios públicos de salud que prometan salud y vida, y no enfermedad y muerte. Y en detener embestidas sindicalistas que han convertido al Ministerio de Educación, mediante delictivos y obligados pactos secretos, en óptimo servidor de maestros y en pésimo servidor de alumnos. Por su ineptitud, negligencia e irresponsabilidad ha propiciado un peligroso aumento del presupuesto general del Estado y un conexo aumento cuantioso de la deuda pública, con el cual la patria avanza más hacia el colapso financiero.
El Señor Arévalo ha ejercido la Presidencia de la Presidencia de la República para pronunciar discursos, disfrutar el turismo político y diplomático; participar en sucesos empresariales, asistir a festivales de flores, vestir trajes indígenas, celebrar sesiones con autoridades indígenas, asistir a ceremonias mayas, saludar o felicitar a políticos extranjeros ganadores de procesos electorales; y disfrutar de las piscinas presidenciales. Lo ha ejercido para pedir la destitución de la Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República; defender a ex fiscales y ex jueces prófugos; votar, en la asamblea general de la Organización de las Naciones Unidos, en favor de una de las más temibles organizaciones terroristas; y promover la intervención extranjera e internacional en asuntos internos de la patria.
Se argumentará que grandes decisiones, grandes acciones y grandes obras del Señor Arévalo son regalar dinero a los pobres, conceder crédito baratísimo para adquirir casa y otorgar becas a los mejores estudiantes para cursar estudios universitarios. Empero, ¿quién no regalará, a los pobres, dinero ajeno? ¿Quién no cobrará por un crédito concedido con dinero ajeno, una tasa de interés extraordinariamente menor que la tasa convenida en el mercado por el deudor y el acreedor? ¿Quién no otorgará, con dinero ajeno, a los mejores estudiantes, becas para cursar estudios universitarios? No es ningún mérito otorgar beneficios con dinero ajeno. El auténtico benefactor los otorga con su propio dinero.
Es dinero ajeno, es decir, no es dinero del Señor Arévalo. Es dinero de quienes pagan tributos. Y se plantea esta cuestión: ¿aprobarían, los tributantes, que su dinero fuera regalado a pobres presuntos, o que fuera regalado para pagar una tasa de interés financiero políticamente rebajado, o que fuera regalado para financiar estudios universitarios? Con ese regalo de dinero, el Señor Arévalo incurre en malversación de los tributos; lo cual no es precisamente un incentivo para pagarlos. Por otorgar beneficios privados con dinero público, es decir, con dinero coercitivamente obtenido mediante tributos, el Señor Arévalo no es un benefactor. Es un malefactor.
Es el caso que la autoridad gubernamental debe cumplir funciones públicas generales que posibiliten la lícita obtención de particulares beneficios privados. Es el caso que esa autoridad no debe obstruir el surgimiento de oportunidades que el pobre pueda aprovechar para tener dinero, y que el que no tiene casa propia pueda aprovechar para ganar dinero y tenerla, y que los padres del mejor estudiante puedan aprovechar también para ganar dinero con el que puedan pagar su educación universitaria.
El Señor Arévalo pretende que Guatemala sea un Estado benefactor, como lo son algunos Estados europeos. Empero, el Estado benefactor ha surgido coercitivamente del Estado que es rico. Efectivamente, el Estado benefactor brinda bienestar con recursos obtenidos mediante una coercitiva expropiación de una proporción de la riqueza privada ya creada. Quiero decir que solo un Estado rico, y no un Estado pobre, puede convertirse en Estado benefactor. Un Estado pobre solo puede ser un ridículo simulacro de Estado benefactor, que consume recursos que tendrían que ser invertidos para incrementar el capital de la sociedad.
Ha sido tan desastroso el gobierno del Señor Arévalo que, azotados por los hechos, algunos de sus intrépidos admiradores o apresurados panegiristas, o algunos de aquellos que saludaron en él a un salvífico mesías, han iniciado un doliente proceso de decepción, que intentan ocultar con una crítica cortés. Y las investigaciones estadísticas ya no miden su popularidad, sino su impopularidad.
Post scriptum. No me regocija el desastroso gobierno del Señor Bernardo Arévalo; pues ello equivaldría a regocijarme de la maldición que sufre la patria. Empero, me preocupa que los guatemaltecos toleren a tal señor y no sean los gloriosos ciudadanos que, legalmente, dispuestos a ejercer plenamente, y con coraje, sus derechos, actúan para destituirlo.

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