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​​Guatemala en el terremoto global (Entrega III de VI)

Zoon Politikón

«El ministerio que no existe»

Veinte mil millones de dólares sin política de Estado

Hay un ministerio que Guatemala nunca creó. No tiene edificio, no tiene titular ni plan estratégico publicado. Sin embargo, administra el activo económico más grande del país, el que supera en valor a todas las exportaciones tradicionales combinadas, el que sostiene la alimentación, la salud y la educación de millones de familias guatemaltecas. Ese ministerio inexistente se llama política de remesas. Y su ausencia, en el momento en que más se necesita, no es un accidente. Es una decisión que nadie ha querido reconocer como tal.

Los números no admiten interpretación. Según datos del Banguat, las remesas familiares representaron en 2025 aproximadamente el 20% del PIB guatemalteco, superando los 19,800 millones de dólares. Para ponerlo en perspectiva: ese flujo supera la suma del valor exportado de café, cardamomo, azúcar, palma africana y banano. Es el primer ingreso de divisas del país por un margen amplio. Es el oxígeno económico de más de un millón de hogares. Y no existe una sola institución del Estado guatemalteco cuya función principal sea protegerlo, estabilizarlo o potenciarlo.

Arabia Saudita construyó un fondo soberano sobre su renta petrolera: una regla fiscal que convierte ingreso volátil en estabilidad intergeneracional. Noruega hizo lo mismo con el petróleo del Mar del Norte, y hoy ese fondo financia pensiones e infraestructura sin tocar el capital original. Filipinas creó en 2004 la Overseas Workers Welfare Administration: una agencia dedicada a proteger el estatus de sus trabajadores en el exterior y canalizar sus remesas hacia inversión productiva. Tres países. Tres decisiones de tratar sus activos como lo que son. Guatemala sabe administrar salud, pensiones y estabilidad monetaria. No sabe administrar su principal fuente de ingreso.

Para una familia en Quetzaltenango que depende del envío mensual de un hijo en Los Ángeles, la guerra en Irán no existe como noticia. Existen quetzales que no alcanzan. La guerra en Irán activó el mecanismo de vulnerabilidad que las dos entregas anteriores describieron. Pero tiene un canal de transmisión adicional que golpea directamente ese flujo: la desaceleración de la economía estadounidense.

Cuando el precio del petróleo sube, la inflación en EE.UU. sube con él. Cuando la inflación sube, la Reserva Federal mantiene tasas altas. Cuando las tasas son altas, la actividad en construcción, manufactura y servicios —los tres sectores que concentran a la diáspora guatemalteca— se contrae. El empleo hispano en esos sectores cae primero y más profundo porque es el más sensible al ciclo económico. Y cuando ese empleo cae, las remesas caen con él.

La elasticidad histórica es documentable. Según datos del Banguat, durante la recesión de 2008-2009 las remesas hacia Guatemala cayeron un 9.3% en un solo año. En escenarios de estrés alto asociados a recesión prolongada en EE.UU., los modelos de organismos multilaterales proyectan caídas de entre el 15 y el 30% del flujo anual para economías de alta dependencia remesera como Guatemala. Eso equivale a entre 3,000 y 6,000 millones de dólares que dejan de llegar en doce meses. No como ajuste fiscal. Como ausencia en la mesa de las familias que dependen de ese envío para vivir.

Ese no es un riesgo futuro. Es un proceso en curso. Y Guatemala no tiene ningún instrumento diseñado para amortiguarlo porque opera con lo que podríamos llamar soberanía delegada: administra su territorio y recauda sus impuestos, pero su principal fuente de divisas la administran, de facto, las decisiones de empleo de Los Ángeles, Houston y Nueva York. Un país que no controla ese flujo no controla su propia estabilidad macroeconómica. La gestiona por inercia, mientras otros la deciden.

Y tiene una consecuencia que la entrega anterior documentó: cuando el ingreso de las familias cae y el Estado retrocede por presión fiscal, los territorios más dependientes de remesas son exactamente los más vulnerables a la expansión del crimen organizado. La cadena no termina en la canasta básica. Termina en quién administra el territorio cuando el Estado ya no puede sostenerlo.

Conviene ser honestos sobre los límites de lo que los siguientes instrumentos pueden lograr. Ninguno elimina la dependencia estructural de las remesas respecto al ciclo económico estadounidense. Ninguno protege a Guatemala si la recesión en EE.UU. es profunda y prolongada. Lo que sí pueden hacer es reducir la vulnerabilidad en el margen, convertir parte del flujo en activos permanentes y darle al Estado instrumentos de respuesta que hoy simplemente no tiene. Esa diferencia, entre vulnerabilidad total y vulnerabilidad parcialmente administrada, es toda la diferencia que un gobierno responsable puede ofrecer.

Tres instrumentos concretos existen en otros países con alta dependencia de remesas. Guatemala no ha desarrollado ninguno.

El primero son los bonos de inversión de la diáspora. Israel los usa desde hace décadas. India los ha emitido en momentos de presión de balanza de pagos. El principio es simple: permitir que los guatemaltecos en el exterior inviertan en proyectos productivos nacionales con rendimiento garantizado, convirtiendo parte del flujo de consumo en capital de inversión con efecto multiplicador. El resultado no es solo económico: genera un vínculo entre la diáspora y el desarrollo del país que ninguna campaña de imagen puede replicar.

El segundo son los fondos de contrapartida comunitaria. La lógica también es directa: el Estado iguala cada dólar que la diáspora invierte en proyectos productivos en sus comunidades de origen. Por cada dólar privado, un dólar público. El resultado es infraestructura, empleo y activos locales permanentes en los municipios de mayor emigración, que son precisamente los más vulnerables al deterioro que las entregas anteriores describieron. México opera versiones de este mecanismo desde los años noventa con impacto documentado en comunidades de alta migración.

El tercero son los acuerdos bilaterales de protección migratoria. Instrumentos diplomáticos que blindan el estatus de los remitentes en momentos de presión política en EE.UU. No como concesión sino como negociación: Guatemala tiene algo que Washington necesita —cooperación migratoria, seguridad fronteriza, estabilidad regional— y puede negociarlo a cambio de garantías que protejan a sus ciudadanos en el exterior y con ello el flujo que sostiene su economía.

Ninguno de los tres requiere reforma constitucional. Ninguno requiere presupuesto extraordinario significativo. Todos requieren lo que ha faltado sistemáticamente: una cancillería que negocie con visión estratégica y un gobierno que trate las remesas como el activo nacional que son.

La diferencia entre los dos enfoques no es semántica. Un país que trata las remesas como ingreso privado espera que lleguen, registra que llegaron y celebra que crecieron. Un país que las trata como activo estratégico las protege cuando están amenazadas, las potencia cuando hay condiciones favorables y tiene instrumentos listos para cuando el ciclo se invierte.

Guatemala lleva treinta años en el primer grupo. La crisis actual es la prueba más costosa hasta ahora de lo que eso significa en términos concretos de bienestar de sus ciudadanos. No es tarde para cambiar de grupo. Pero cada mes que pasa sin política es un mes de vulnerabilidad que alguien paga con su canasta, con su medicamento, con la colegiatura de sus hijos.

El ministerio que no existe puede seguir sin existir. Esa también es una decisión. Y como todas las decisiones que Guatemala no toma explícitamente, tiene consecuencias que sí son explícitas para quienes las viven.

«Guatemala en el terremoto global» es una serie de seis entregas sobre el impacto del reordenamiento geopolítico global en Guatemala.

Próxima entrega: «El chip que no vemos» — Por qué una guerra en Taiwán sube el precio de la lavadora en Villa Nueva.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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