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Instituciones con personalidad: por qué las reformas fracasan, aunque haya presupuesto

“Puedes digitalizar un proceso, pero si la institución conserva su personalidad de ‘papel carbón y fotocopias’, la tecnología solo se vuelve una impresora más cara.”

La frase suena dura, pero explica algo que ciudadanos, funcionarios y empresas conocen demasiado bien: no siempre faltan recursos; muchas veces falta una forma distinta de decidir, coordinar y asumir responsabilidad. En otras palabras, falla la personalidad colectiva de la institución.

Esto nos pasa en las empresas y también en las instituciones. Hay organizaciones que, aunque reciban presupuesto, sistemas nuevos o asesoría técnica, siguen funcionando con el reflejo del miedo: todo se escala, nadie resuelve, cualquiera se cubre y el trámite es un escudo. La gente imprime un correo “por si acaso”, luego lo firma, lo sella, le saca copia y lo manda a escanear. Uno se ríe, pero ahí está el costo: tiempo, retraso, cansancio y un ciudadano que siente que el sistema le pide paciencia como si fuera un impuesto adicional.

Si las instituciones fueran una persona, no necesitan motivación ni más dinero del contribuyente: necesitan dormir, comer bien y dejar de pelearse consigo mismas. En otras palabras: menos fricción interna, menos miedo a decidir y menos rituales que nadie cuestiona porque “así se ha hecho siempre”.

La cosa es que muchas reformas atacan la superficie, no la personalidad. Cambian el organigrama, compran software, rediseñan formularios y anuncian modernización. Pero debajo de eso sigue intacta la lógica que frena todo: centralización excesiva, aversión al riesgo, cultura de culpas y trámites como defensa.

La centralización excesiva se reconoce rápidamente. Todo pasa por una firma superior, incluso asuntos rutinarios. Se supone que eso da control; pero en la práctica, fabrica cuellos de botella. La institución se vuelve una fila eterna con un escritorio al final, aunque ese escritorio sea electrónico. Y cuando todo depende de pocos, nadie desarrolla criterio, porque decidir se percibe más peligroso que retrasar.

Luego viene la aversión al riesgo. No hablo de prudencia legal ni de controles sanos; hablo del hábito de evitar cualquier decisión que pueda incomodar a alguien. Es la cultura del “mejor no mover nada”. Ahí la innovación se vuelve sospechosa. El funcionario que propone simplificar recibe más preguntas que apoyo. El que no decide, en cambio, rara vez aparece en el radar. Así, la institución aprende una lección silenciosa: sobrevivir vale más que resolver.

La cultura de culpas completa el cuadro. Cuando algo falla, se busca al responsable y no la causa. Entonces todos aprenden a documentar su inocencia antes que a corregir el problema. Aparecen correos copiados a medio mundo, oficios preventivos, reuniones para “dejar constancia” y una coreografía burocrática en la que cada uno protege su esquina. No es maldad; es adaptación, solo que es carísima.

Y ahí entra el “trámite como defensa”. El trámite deja de ser una herramienta para ordenar y se convierte en una trinchera. Se piden requisitos redundantes, pasos innecesarios, validaciones que no agregan valor y controles duplicados que solo sirven para repartir el miedo. Resultado: procesos largos, usuarios frustrados, costos ocultos y pérdida de competitividad. Porque sí, la mala gestión pública golpea la competitividad empresarial y de país: encarece la operación, retrasa la inversión, castiga al pequeño negocio y desgasta la confianza social.

La buena noticia es que esta situación sí puede corregirse, no con discursos heroicos, sino con reglas simples. Las instituciones no cambian solo por inspiración; se transforman cuando cambian sus rutinas.

Primera solución: reglas de decisión claras

Cada proceso importante debería responder cuatro preguntas: quién decide, con qué criterio, en cuánto tiempo y qué pasa si no decide. Si el dueño de una decisión no está claro, la decisión no existe. Si el plazo no existe, el retraso se vuelve normal. Y si no hay consecuencia por no resolver, el sistema premia la parálisis.

Segunda solución: simplificación real, no cosmética

No es digitalizar veinte pasos; es preguntarse por qué existen veinte. Una regla útil: para cada paso, pedir una justificación concreta. ¿Qué riesgo evita? ¿Qué valor agrega? ¿Quién usa esa información? Si nadie puede responder, ese paso probablemente sobra. Digitalizar basura solo produce basura más rápida.

Tercera solución: tableros públicos simples

No tableros llenos de colores y siglas que solo entienden tres funcionarios expertos entrenados en el extranjero. Tableros de calle: cuántos trámites entraron, cuántos salieron, cuánto tardan, dónde se atoran y quién responde por ese tramo. Lo que se ve, mejora; lo que se esconde, se pudre. Además, un tablero simple le devuelve dignidad al trabajo serio.

Cuarta solución: seguimiento rápido

No reuniones eternas cada trimestre para lamentar los atrasos acumulados. Mejor encuentros breves, con foco en los cuellos de botella, decisiones pendientes y próximos pasos. Menos presentaciones, más resoluciones. Menos discurso, más compromisos.

Una lista de verificación útil para cualquier institución:

  • ¿Hay decisiones que suben más niveles de los necesarios?
  • ¿Existen requisitos que nadie sabe explicar?
  • ¿Se castiga más el error que la demora?
  • ¿Los equipos saben qué deben resolver esta semana?
  • ¿El ciudadano puede ver resultados simples, no promesas?

Si la respuesta es “sí” en las primeras tres y “no” en las últimas dos, no falta presupuesto: sobra fricción.

Las reformas fracasan cuando intentan modernizar sus herramientas sin reformar sus conductas. Una institución no mejora solo porque compre tecnología, contrate gente o reciba más fondos. Mejora cuando deja de confundirse protección con parálisis, control con centralización y formalidad con eficacia.

Al final, una institución sana no es la que produce más sellos ni más reuniones. Es la que resuelve mejor, más rápido y con menos desgaste. Y esa diferencia se llama carácter institucional.

La modernización no empieza en el software: empieza cuando el trámite deja de defenderse a sí mismo y vuelve, por fin, a servir a la gente.

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Saúl E. Morales

Desde 1999 es consultor y facilitador para organismos internacionales, empresas y gobiernos en 12 países, en temas de rediseño organizacional, modelos de negocio, estrategia, modos de pensamiento y dinámica humana Ha sido catedrático universitario para programas de Licenciatura, Maestría y Doctorado, y ha realizado investigaciones en temas de dinámica humana, estrategia y gestión de negocios. Cuenta con grados universitarios en Gerencia, Administración de Empresas, Administración Corporativa y Conducta Humana. Es facilitador certificado, Investigador registrado en el CONCYT, y ha tenido posiciones gerenciales y de dirección regional en organizaciones internacionales. Es uno de los creadores del sistema psicotécnico 9FP galardonado por AGEXPORT en la categoría de Exportador de Tecnología Disruptiva Es el autor del libro ¿Y si tu empresa fuera una persona?

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