
La historia de la porcelana
Editado Para La Historia
Tengo que reconocer que soy decadente. Me gustan las cosas finas. El arte de la mesa es un símbolo de buen gusto y de respeto al invitado a una cena. En particular me gusta el buen cristal y la porcelana fina para los utensilios que se utilizan en una buena cena, y es que la porcelana tiene algo de milagro doméstico. Uno toma una taza fina entre las manos, la golpea apenas con la uña y escucha ese sonido claro, casi musical. Siempre me ha parecido extraordinario que un objeto tan delicado pueda atravesar siglos, imperios, guerras y océanos para llegar hasta nuestra mesa. Y, como suele ocurrir con las cosas extraordinarias, su origen está envuelto tanto en la historia como en las más antiguas e inverosímiles leyendas.
Los chinos atribuyen la invención de la porcelana a una paciencia que parece sobrenatural. No fue un descubrimiento repentino, como alguien que se encuentra algo en la calle al caminar. Fue el resultado de siglos de observación, de hornos encendidos día y noche, de alfareros que aprendieron a comprender los secretos de la tierra y del fuego. Los arqueólogos sitúan los antecedentes de la porcelana hace más de dos mil años, pero la porcelana verdadera, la que conocemos por su blancura translúcida y su dureza, alcanzó su perfección durante las dinastías chinas Tang y Song.
La explicación técnica se refiere al caolín, una arcilla blanca muy pura, mezclada con otras rocas y cocida a temperaturas altísimas. Pero las explicaciones técnicas rara vez satisfacen el alma humana. Cuando una creación es tan bella, la imaginación reclama su parte. Por eso nacieron las leyendas.
Una de las más antiguas cuenta que los primeros alfareros soñaban con crear un material que fuera sólido y, al mismo tiempo, luminoso. Pasaron generaciones buscando la fórmula. Algunos mezclaban arenas, otros cenizas de plantas, unos terceros lo que mezclaban era polvos de piedra. Cada fracaso dejaba fragmentos quebrados alrededor de los hornos.
Otra leyenda habla de una joven llamada Pai, hija de un alfarero. Su padre había dedicado la vida entera a fabricar una cerámica tan blanca como la nieve. En el pueblo se burlaban de él porque cada intento terminaba en piezas agrietadas o deformes. Una noche, desesperado, decidió abandonar su búsqueda. La muchacha, viendo la tristeza de su padre, fue a rezar a los espíritus de la montaña. Según el relato, un anciano inmortal apareció entre la niebla y le mostró una veta de arcilla blanca escondida en una colina. Gracias a aquella arcilla, el padre logró crear una cerámica de belleza nunca vista. Los vecinos dejaron de reírse y comenzaron a imitarlo. Naturalmente, nadie sabe si Pai existió realmente, pero la historia expresa algo muy afincado en la creencia de cada chino: la idea de que la perseverancia acaba siendo recompensada. Otros nos dicen que Pai, en una suprema muestra de amor filial, se entregó al fuego para ayudar a su padre en su maravillosa creación.
No es difícil comprender cómo surgieron esas creencias. Los hornos antiguos eran impredecibles. Una diferencia mínima en la temperatura podía arruinar semanas de trabajo. Los artesanos dependían de fuerzas que no podían controlar del todo.
Con el tiempo, la porcelana dejó de ser sólo una artesanía. Se convirtió en símbolo de refinamiento, riqueza y prestigio. Durante siglos, los emperadores protegieron cuidadosamente los secretos de su fabricación. La ciudad de Jingdezhen se volvió famosa como el gran centro productor de porcelana imperial. Allí trabajaban miles de artesanos. Algunos preparaban la arcilla, otros modelaban las piezas, otros se dedicaban a pintar los delicados diseños azules y blancos que hoy asociamos inmediatamente con China, de la misma forma como se hace hoy.
Los comerciantes extranjeros quedaron fascinados. Cuando las primeras porcelanas llegaron a Medio Oriente y luego a Europa, parecían objetos casi mágicos. Los europeos no entendían cómo podían ser tan ligeras y resistentes al mismo tiempo. Durante siglos intentaron reproducirlas sin éxito. Había quien pensaba que los chinos poseían un ingrediente secreto conocido sólo por unos pocos sabios. La realidad no era algo tan misterioso. Sólo era una combinación singular de materiales, experiencia y conocimiento acumulado durante generaciones.
Después fueron los artesanos de Meissen, en Sajonia, los que lograron entender el secreto. Luego le tocó el turno a los de Viena y a los de otras ciudades alemanas, hasta que llegó Sèvres, cerca de París, ya en el siglo XVIII, que competiría con la refinada porcelana producida en Viena y Meissen. Madame de Pompadour, la conocida favorita del rey francés Luis XV, fue una gran mecenas de esta manufactura. El rosa característico de algunas de sus porcelanas llegaría a asociarse con su nombre: el célebre rosa Pompadour, una tonalidad de rojo entre frambuesa y rojo mexicano.
Cuando veo una hermosa pieza de porcelana pienso en toda esta larga historia. Pienso en los hornos encendidos en la oscuridad, en los artesanos vigilando el fuego durante la noche, en los comerciantes que transportaban aquellas maravillas por la Ruta de la Seda y en las historias que viajaban junto a ellas. Quizá la verdadera magia de la porcelana no esté en la arcilla ni en el horno. Quizá resida en la capacidad que tenemos los hombres de transformar un poco de tierra blanca en un objeto capaz de despertar asombro, incluso mil años después. Y eso, leyenda o no, sigue pareciéndome un milagro.


