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Necesitamos un Estado Fuerte, Honesto y Decidido

Una Guatemala Diferente es Posible

Las cifras del crimen organizado en Guatemala pueden impresionar, toneladas de droga incautadas cada año, porcentajes alarmantes de homicidios, armas decomisadas por miles, pero detrás de esos números fríos hay historias humanas que pocas veces escuchamos, historias de aldeas que, en cuestión de meses, pasaron de ser lugares donde se podía dejar la puerta abierta, a convertirse en territorios bajo el control de mafias armadas que dictan quién vive, quién muere y quién puede prosperar.

Tras la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, el país emprendió una transición necesaria y largamente esperada, desmilitarizar la seguridad, reducir el tamaño del Ejército y profesionalizar a la Policía Nacional Civil, sin embargo, el cambio, impulsado en buena medida por presión internacional, fue más rápido y radical en el ámbito militar que en el institucional, se cerraron destacamentos, se retiraron tropas y se dejaron regiones enteras con poca o ninguna presencia estatal. La policía, que debía llenar ese vacío, no llegó con suficiente personal, equipo ni capacitación.

En muchas aldeas fronterizas, la transformación fue visible de un día para otro, donde antes se veía a soldados patrullando, comenzaron a aparecer camionetas con hombres armados, sin insignias ni uniforme, pero con autoridad de facto, no daban órdenes en nombre de la ley, sino de intereses privados y oscuros, primero controlaban el contrabando, luego el paso de droga, y más tarde la vida entera de la comunidad, era un nuevo poder, que no pedía permiso, que no rendía cuentas y que imponía su ley a punta de fusil.

Para los jóvenes, la elección es cruel, en un país donde el Estado nunca les ofreció oportunidades reales, las opciones se reducían a aceptar trabajos temporales, mal pagados, y sin futuro, migrar o entrar a las filas del crimen organizado, donde el riesgo era alto pero la paga inmediata, muchos eligieron el tercer camino, no por ambición, sino por simple sobrevivencia. El dinero ilícito, proveniente del narcotráfico, comenzó a infiltrarse en todos los niveles, comprando voluntades en municipios, corrompiendo a miembros de las fuerzas de seguridad, llegando incluso a instituciones nacionales, el crimen organizado dejó de ser una amenaza externa para convertirse en un poder incrustado dentro del propio Estado.

Las historias individuales son las que más duelen, una madre que ve a su hijo de 15 años irse en una motocicleta con hombres armados, sabiendo que probablemente no vuelva, un agricultor que ya no puede vender su cosecha si no paga “cuota” al grupo que controla la carretera, comerciantes que bajan la cortina de sus negocios para siempre porque no pueden seguir pagando extorsiones, y miles de familias que, entre miedo y resignación, se encierran temprano, esperando que esa noche no les toque a ellos.

Cuando el Estado deja de ser un aliado de los ciudadanos honrados y se convierte en cómplice del crimen, la gente pierde el último refugio que tenía, un ciudadano puede convivir con la pobreza, puede sobrevivir a la violencia, pero no puede progresar en un país donde la justicia está en venta y la seguridad depende de quién pague más, esa es la verdadera derrota, cuando la esperanza deja de ser una opción.

Recuperar esos territorios y esa confianza no será fácil, pero tampoco imposible. Implica mucho más que enviar patrullas; significa reconstruir la presencia estatal con escuelas, centros de salud, empleo digno y una policía confiable que proteja a la gente, no que la extorsione, significa también cerrar la puerta a la corrupción que alimenta y protege a estas estructuras.

La pregunta es si tendremos el valor político para hacerlo, porque el crimen organizado no teme a las palabras ni a los discursos, teme a un Estado fuerte, honesto y decidido, y ese Estado solo puede construirse si lo exigimos, lo cuidamos y lo defendemos juntos, la historia nos ha demostrado que la indiferencia es el terreno más fértil para el poder criminal, y si no actuamos, no serán solo las cifras las que crezcan, sino el número de vidas perdidas, familias destruidas y sueños enterrados antes de tiempo.

AL RESCATE DE GUATEMALA.

GUATEMALA NECESITA DE SUS MEJORES HOMBRES Y MUJERES.

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