OpiniónColumnas

Ninguna reforma educativa funciona si el alumno no sabe pensar

Generación de Cristal

El sistema educativo guatemalteco tiene cada vez unos resultados más pobres en todos las pruebas internacionales, como PISA. Este problema no es, sin embargo, exclusivo de este: salvo tres o cuatro países, todos en el mundo han empeorado sus resultados desde la década pasada. De ahí se han despertado críticas y búsquedas de reforma, cada vez más populares en el mundo y en Guatemala. Se defiende enseñar temas que «de verdad sean útiles», cambiar la progresión de «por edad» a una por avance del niño, integración de inteligencia artificial (o tecnología en general), etc. Todos tienden a ser cambios interesantes, pero ciegos: intentan resolver los problemas del sistema con la mentalidad que lo llevó a su propio deterioro.

El problema del sistema educativo contemporáneo es, en el fondo, un problema de objetivos. No se conoce en verdad el motivo detrás de educar, o al menos no con la claridad necesaria. En el sistema educativo público, incluyendo el nuestro, existen tres objetivos esenciales: 1) dar herramientas a las personas para que puedan incrementar sus opciones laborales, tanto si buscan una educación posterior como si no; 2) desarrollar en ellos una especie de virtud cívica y patriótica; y 3) dar a conocer a la población sus deberes y el funcionamiento de la sociedad.

Por supuesto, en Guatemala no se cumple ninguno de los tres puntos. El niño que pasa por la educación obligatoria apenas conoce la existencia de su sistema legal y financiero. Ni hablar de la historia de su gente, o de mantener un actuar virtuoso en sociedad. Por otro lado, con solo la educación obligatoria, es incapaz de conseguir un trabajo con un sueldo mayor al mínimo. Incluso cuando busca una educación posterior, llega con un entendimiento tan disperso de los temas que tienen que enseñárselos de nuevo. La respuesta usual a esto es que existe un problema de método, de técnica. De darse los temas correctos de forma más eficiente, se cumplirían ambos objetivos. Se busca integrar la «inteligencia artificial» o métodos más tecnológicos, cambiar los temas a otros mejores, mejorar las técnicas de enseñanza; es a todo esto a lo que me refiero con ceguera.

Mi crítica está en que se trata a estos tres objetivos como si fueran primarios y se sostuvieran por sí mismos. No obstante, aun asumiendo que una mejora del método llevara a que se cumplieran, seguiríamos con una educación deficiente. Veamos primero el problema esencial de «dar herramientas laborales», pues es el que aparenta mayor urgencia para las personas en Guatemala. Hace unas pocas décadas, ser contador era el rey de los trabajos: no existía aún la masificación de las hojas de cálculo, por lo que se necesitaba una gran cantidad de contadores (siendo, además, un trabajo que requería cierto nivel de conocimiento). Imaginando que nuestro sistema hubiera sido efectivo en formar a estos contadores, ¿cuántos de ellos habrían perdido su trabajo una vez se masificara Excel y dejaran de ser necesarios en tales números? Luego, sería necesario dejar de enfocar la educación en contaduría y pasar a, por ejemplo, programación. Pero ¿no pasaría lo mismo en quien sabe cuántos años? Entonces, tendría que modificarse el currículum cada poco tiempo para adaptarse a las necesidades del mercado, y además de forma correcta para no generar cientos de miles de técnicos en habilidades ya inútiles; le adelanto la respuesta: eso jamás va a pasar.

El segundo punto es aún más indefendible. Se busca inculcar la virtud cívica en los ciudadanos: que «se sientan guatemaltecos y actúen como tales». Para esto se les enseña nuestra historia, cultura, geografía, valores, etc., pero se hace a través de información dispersa y, siendo francos, olvidable. Se les dan fechas y eventos clave a recordar, una serie de pueblos que deben conocer (aunque solo de nombre y, a veces, idioma), ríos y montañas que pasan por puntos importantes. Les repiten a los alumnos que Guatemala es un país multicultural y diverso, con una bellísima historia y cultura. Asumiendo que encontramos un método de enseñanza extraordinario que le permitiera al alumno recordar todas estas cosas, ¿cuánto esperan que cambie su carácter? Me parece que si la virtud fuera un problema de técnica entonces no habría un solo rey o noble de la historia sin virtud: total, ¡solo se lo tienen que enseñar! Es, ciertamente, imposible construir una población virtuosa a punta de la tecnificación de la educación.

El tercer objetivo, siendo el dar a conocer las obligaciones a los ciudadanos, me parece el más defendible. No se hace hoy, por supuesto, pero es cierto que buscar que todos en Guatemala comprendieran su sistema legal y financiero, cómo pagar impuestos e informarse de los cambios, etc., sería de gran beneficio para el país. Aun así, este punto en solitario es incapaz de justificar tantos años de educación obligatoria. Bastarían unos pocos cursos obligatorios para enseñarse todo lo necesario. De ahí que, en verdad, esta meta solo puede ser secundaria.

Si los dos objetivos mayores del sistema actual tienen problemas tan graves, y el tercero es insuficiente para justificar tanto tiempo y esfuerzo en el estudiante, ¿qué se supone que debe hacer la educación pública? 

La respuesta, por supuesto, no está en desechar los tres objetivos: sería un poco ridículo defender que «darles trabajo a los alumnos» no importa en un país con tanta hambre; que los ciudadanos conozcan la cultura de su país y actúen de forma virtuosa es, también, razonable; y quedamos en que dar a conocer las obligaciones a los ciudadanos es esencial, aun si como objetivo secundario. En realidad, mi punto va más bien a notar que los primeros dos objetivos son, igual al tercero, secundarios. Que quede claro: con esto no intento decir que son secundarios en importancia, sino que son secundarios en cómo se consiguen. La obtención de ambos es dependiente del alumno, y lo que debe desarrollarse es su capacidad para alcanzar ambos objetivos. Es decir: la meta principal de la educación es darle la independencia al alumno para que, por sus propias capacidades, sea capaz de decidir qué habilidades aprender y cómo hacerlo, desarrollando sus virtudes morales e intelectuales por su cuenta.

«Meta preciosa, pero irrealizable» es la respuesta inmediata que espero. Estoy de acuerdo, desarrollar las capacidades internas del alumno es aún más difícil que enseñarle a recordar ríos y ciudades. Pero, si de verdad es irrealizable, el problema ya no es la propuesta sino la disfuncionalidad de toda pretensión de educación masiva. De todas formas, el método que propongo es tal vez el más antiguo de todos: hagan que los niños (desde pequeños) lean de todos los temas que desarrollan el pensamiento. Enséñenles lógica, geometría y aritmética, historia y sociología, geografía y filosofía, etc. Al final, el problema no está en los temas que se enseñan hoy, sino en el objetivo detrás de esa enseñanza. 

Si se le enseña historia a un niño para que tenga un «mínimo de información y que así sea un ciudadano decente», poco se va a conseguir sin importar el método. Por el contrario, si se le enseña historia al niño para que desarrolle un «pensamiento histórico», los métodos, y con ellos los resultados, cambian. En realidad, no se necesita mucho más que hacerlos leer, discutir y escribir. El punto central de mi defensa es que el objetivo máximo de la educación es mejorar estos modelos de pensamiento de las personas, darles lucidez. De conseguirse, los demás objetivos también se desarrollan, pero ahora por parte del propio alumno. El niño sería capaz de investigar qué habilidades necesarias en el mundo laboral se adaptan a sus propias capacidades y gustos, además de saber investigar los métodos más eficientes para aprenderlas. Podrían, por supuesto, seguirse dando especializaciones más prácticas en los últimos años de enseñanza obligatoria, pero ya no sería al joven perdido que poca idea tiene de qué hace allí, sino al que entiende su importancia y es capaz de discernir si le interesa o no para su vida. 

Es muy difícil (quizá imposible) que suceda en algún momento de nuestra historia un cambio hacia esta forma de ver la educación, soy muy consciente de ello. Aun así, es necesario dejarlo claro: cualquier intento de mejora al sistema actual busca optimizarlo hacia unos objetivos que son, en sí mismos, disfuncionales. Por eso, a aquellos que tengan confianza en la posibilidad de reforma del sistema educativo, les digo: ninguna reforma educativa funciona si el alumno es incapaz de pensar.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:


Descubre más desde El Siglo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Ian André Castillo Morales

Estudiante de Comercio y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquin.

Descubre más desde El Siglo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo