
¿Por qué ya no sabemos pensar?
Generación de Cristal
No hay tema más recurrente en los profesores que el sufrimiento que les causa ver a los jóvenes modernos. Una catedrática escribía en un foro de profesores que llevaba más de veinte años dando un curso con un libro en específico. Al inicio de su carrera, los problemas eran exclusivos de unos pocos a los que se les dificultaba más la materia, pero los ayudaba sin problemas. Un poco más adelante se encontró con que empezaba a crecer la proporción de aquellos que necesitaban guía, pero siguió apoyándolos. Pero es en los últimos años que se despertó realmente su preocupación: ya ni sus mejores estudiantes eran capaces de leerlo sin ayuda. Las historias como esta se cuentan por los miles y, lamentablemente, no es pura paranoia. Nuestro nivel en lectura y en matemáticas ha pasado por la caída más fuerte de la historia en casi todo el mundo, por supuesto, eso incluye a Guatemala. ¿Por qué ya no sabemos pensar?
Hay varias posturas que explican las causas de este declive educativo. Unos afirman que fue por culpa de la pandemia. Los niños y jóvenes no aprendieron en ella las habilidades básicas para avanzar de nivel. No se puede aprender a multiplicar antes de sumar, a dividir antes de multiplicar, a usar fracciones antes de dividir, etc. Es una cadena donde, al romperse un eslabón, caen todos los que le siguen. Es una teoría lógica, pero incompleta. Cuando buscamos desde cuándo ha ido cayendo el nivel educativo, vemos que no es desde el 2020, sino desde el 2012. Eso es lo que despierta otra postura: el problema estuvo en la masificación de los teléfonos y, en particular, las redes sociales. No quisiera explicarme demasiado sobre este punto, pues ha sido repetido hasta al hartazgo. El punto principal es que las redes sociales generan muchísimas emociones en cortos periodos, fatigándonos y dejándonos incapaces de pensar con claridad, con una sensación de tener la mente nublada. Esta es, en mi opinión, una mejor teoría, pues se adaptan mejor los tiempos y es un fenómeno fácilmente observable. Aun así, que el uso de los teléfonos haya llegado a una cuasiadicción es, por su parte, producto de un contexto más grande.
Explicaré este último punto. En el siglo pasado se realizó una serie de experimentos en ratas analizando la drogadicción. La metodología era bastante clara: se encerraba a una rata en una jaula y se le daban dos fuentes de agua, una con agua natural y la otra con agua mezclada con heroína u otras drogas. Como era de esperar, las ratas elegían el agua con heroína. Podríamos pensar que, es un efecto esperable de una droga que cause placer. Lógicamente, las ratas no sabían que el agua con heroína era dañina, lo único que sabían es que les daba placer. En consecuencia, la gran mayoría de ratas moría de sobredosis. En ese contexto llegó un investigador que se dio cuenta de algo: ¿por qué todos los experimentos son con ratas solas y encerradas? Así fue como en los 70’s diseñó el experimento conocido como Rat Park. En este se colocaban varias ratas en una especie de “parque” con abundancia de comida, lugares para esconderse y lugares para socializar. Allí les dio a elegir de las mismas dos fuentes de agua de los experimentos anteriores. Sería de esperar que, de nuevo, al no comprender lo dañino del agua con heroína, eligieran esta al darles placer, pero no fue así. Ni una sola rata la eligió, y la sobredosis paso de casi el 100% al 0%. Esto cambió totalmente nuestro pensamiento sobre las adicciones. Una persona adicta es una persona enferma, y esta personalidad no es exclusiva de ella, sino de su contexto. ¿No es eso, acaso, lo que pasa hoy?
Evidentemente, los teléfonos no son heroína, pero sí causan “síntomas” similares a los de las personas adictas. Solo es cuestión de preguntarle a cualquier profesor que enseñe a estudiantes de recién ingreso para que cuenten historias más bien preocupantes. No es raro que algunos estudiantes se pongan agresivos al decirles que dejen de utilizar el teléfono en clase, y que otros no puedan dejar de revisarlo cada pocos segundos. Pero, al ver como funcionan las adicciones, podemos comprender que los problemas que vemos hoy son un reflejo de otros más profundos. Y es que, siendo serios, ¿estaríamos así de haber llegado los celulares a una sociedad sana?
Ahora el problema ya está aquí, así que no podemos hacer más que enfrentarlo. Para los jóvenes más grandes no hay más que hacer que intentar convencerlos de salvar su mente. Es una tarea complicadísima, pero no imposible. De todas formas, eso sería intentar resolver el problema desde los síntomas y, aunque útil, lo realmente importante es solucionar los problemas de raíz. Es ahí donde nace mi mayor preocupación: los niños. Hoy en día no hay estudios grandes que analicen a profundidad el efecto que tienen las pantallas en el desarrollo de los niños pequeños, pero dudo seriamente que sea algo bueno. Estoy profundamente convencido de que en pocos años veremos con el mismo horror a un niño con un teléfono que hoy sentimos al ver uno con una cerveza. Soy consciente de que ser padre es una tarea enorme, y que hablo desde la más profunda ignorancia, pero la pregunta es inevitable: ¿de verdad es absolutamente necesario destruirle la mente a quienes heredarán la sociedad?
Todos los problemas que hoy vemos en los jóvenes son solo una gota de prueba del mar que se viene en los próximos años. Es necesario evitar las pantallas, pero, además, crear un entorno que no permita caer en el exceso. Es deber nuestro construir un parque donde no crezcan las adicciones. No se trata de aislar los niños de la sociedad, eso solo pospone el problema. Lo que construye una buena sociedad son unos buenos ciudadanos. Uno que piensen, que decidan, que comprendan el valor de sus mentes. Existen muchas formas para lograr que un niño se convierta en miembro de este parque, pero hay una que sobresale sobre todas: hacer que los niños lean. Esto no es una solución novedosa y es precisamente por eso que es la mejor. No es una teoría lanzada al aire, sino que es la estrategia que hemos utilizado con éxito por siglos. ¿Por qué? Porque funciona. No por nada lo dijo Einstein:
“Si quiere que sus hijos sean inteligentes, léales cuentos de hadas. Si quiere que sean más inteligente, léales más cuentos de hadas”.

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