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Romper la cadena del odio

Poptun

Hace dos semanas escribí sobre un tema que, aunque incómodo, resulta imposible de ignorar: el odio. Ese que se respira en las calles, en las conversaciones digitales y en los espacios donde debería primar el respeto. El odio hacia los migrantes, hacia quienes se identifican distinto, hacia quienes pertenecen a comunidades en condiciones de vulnerabilidad. El mismo odio que fue antesala de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales y que ingenuamente creímos sepultado en los libros de historia. Nos equivocamos: nunca se fue.

La reacción a aquella columna fue reveladora. Muchos lectores coincidieron en que el mundo, efectivamente, está saturado de odio. Sin embargo, me quedó resonando una pregunta que me hicieron varias veces: ¿qué hacemos frente a eso? Nombrar el problema es apenas el inicio; lo urgente es pensar cómo romper con él antes de que siga reproduciéndose sin control.

Hace algunos años circulaba una diapositiva de esas que viajan por correos y cadenas: hablaba de cómo frenar la cadena del odio. Recordaba que mucho depende de la persona, de la decisión íntima y cotidiana de no repetir lo mismo. Puede sonar ingenuo, pero en ese gesto mínimo se juega algo profundo: decidir no sumarse a las burlas, no aplaudir el insulto, no reenviar la descalificación que convierte al otro en menos que humano. Cada vez que dejamos pasar ese comentario “en broma” que ridiculiza a alguien por su aspecto, origen, religión o identidad, abonamos a la normalización de lo intolerable.

Un espacio donde se evidencia el odio con crudeza, es la plataforma X. Ahí, donde los mensajes circulan sin filtros ni matices, el odio encuentra terreno fértil. Lo preocupante no es solo la violencia de ciertos comentarios, sino la manera en que los aplausos parecen multiplicarse mientras las voces de rechazo se apagan. Hace dos o tres años, ante un mensaje racista o misógino, se podía leer una ola de respuestas indignadas. Hoy, esas voces se reducen y, en cambio, gana terreno el coro que aplaude la violencia.

Un ejemplo reciente lo mostró con claridad: una candidata política, con aspiraciones a ocupar un cargo público, decidió quemar un libro sagrado de una religión para atraer atención. El acto, de por sí repugnante, se amplificó con la respuesta: una avalancha de apoyos celebrando la acción, justificando la discriminación, repitiendo estereotipos. Sí, hubo críticas, pero ya no con la fuerza de antes. El odio ganó espacio. Y eso es un termómetro social peligroso.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cómo enfrentarlo? No existen fórmulas mágicas ni respuestas inmediatas, pero sí hay responsabilidades concretas. La primera es individual. Nadie nos obliga a retuitear un insulto, a reírnos de una burla, a dar “me gusta” a un comentario xenófobo. Cada clic es una decisión. Y en esas pequeñas decisiones cotidianas se define si el odio se amplifica o se frena.

También hay una dimensión colectiva. Las sociedades que normalizan el odio terminan justificando la violencia. El insulto se convierte en política pública, la burla en plataforma electoral, el prejuicio en ley. La historia nos lo mostró con brutal claridad en el siglo XX. Quien piense que “no es para tanto” debería recordar a dónde condujo esa indiferencia hace apenas unas décadas.

Romper la cadena del odio no significa ingenuamente creer que desaparecerá de un día para otro. Significa asumir que el odio no se combate con más odio, que la respuesta tiene que ser ética y firme. Significa decir “no” frente a la humillación, aun si somos minoría en la conversación. Significa recordar que, detrás de cada etiqueta o insulto, hay personas con historias, miedos y derechos.

En un mundo saturado de gritos, callar puede ser complicidad. Pero también lo es aplaudir. El reto está en sostener ese punto medio de dignidad: no convertirnos en replicadores de lo que degrada. El mundo no necesita más comentaristas del odio. Necesita personas dispuestas a interrumpir la cadena. Y eso empieza por lo más elemental: negarnos a ser cómplices. Promover la paz y la justicia social no es tarea exclusiva de gobiernos o instituciones internacionales; empieza en los gestos diarios, en la decisión personal de no alimentar la hoguera.

El odio es contagioso, pero también lo es la empatía. La pregunta es a qué cadena decidimos pertenecer.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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