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Semáforos inteligentes, resultados pendientes

Poptun

Cuando se presentaron los llamados semáforos inteligentes, la promesa parecía sencilla: utilizar tecnología, sensores y datos para ordenar el tránsito, reducir los tiempos de traslado y hacer más eficiente la circulación en la ciudad. La Municipalidad de Guatemala los presentó como parte de la visión de una ciudad del futuro, con una red capaz de adaptarse a las condiciones reales del tráfico y dejar atrás una regulación basada únicamente en la programación fija de los semáforos.

La expectativa era razonable. La pregunta, varios años después, es si esa promesa se está cumpliendo.

La escena cotidiana genera dudas. En las horas de mayor demanda es frecuente encontrar agentes de la Policía Municipal de Tránsito regulando determinadas intersecciones. Su presencia, por supuesto, no constituye por sí misma una anomalía: existen situaciones en las que una obra, un accidente, una emergencia o una congestión extraordinaria hacen indispensable la intervención humana. El problema aparece cuando esa intervención, lejos de traducirse en mayor fluidez, parece producir el efecto contrario.

Muchos conductores experimentan diariamente la misma situación: cuando el tránsito queda bajo regulación manual, una vía recibe el paso durante varios minutos mientras en la otra se acumula una fila considerable de vehículos. Después cambia el sentido y ocurre algo similar. El resultado es una circulación poco previsible, con esperas prolongadas y congestionamientos que terminan trasladándose a las intersecciones siguientes.

Aquí está la verdadera pregunta: si existe una red de semáforos inteligentes respaldada por tecnología y un centro de control que, según la propia Municipalidad, permite monitorear las intersecciones y adaptar los tiempos de los semáforos a las condiciones del tránsito, ¿cómo se integra la intervención humana a ese sistema? Y, sobre todo, ¿cómo se determina que la decisión adoptada en la calle efectivamente mejora la circulación?

La tecnología no puede evaluarse por la cantidad de equipos instalados, cámaras colocadas o intersecciones conectadas. Su verdadero valor debe medirse por los resultados que produce. Un sistema es inteligente si utiliza información para tomar mejores decisiones; pero si la experiencia cotidiana del conductor continúa siendo la de avanzar, detenerse, esperar y volver a quedar atrapado en la siguiente intersección, resulta legítimo preguntar qué está funcionando y qué necesita corregirse.

La discusión adquiere mayor relevancia porque la inversión no fue menor. En el Congreso se cuestionó públicamente el proyecto de semáforos inteligentes y la inversión de Q52 millones, señalándose además dudas respecto del cumplimiento de los objetivos anunciados. La Municipalidad había proyectado reducciones importantes en los tiempos de traslado por intersección. Por ello, más que entrar en una discusión política sobre si el proyecto fue acertado o equivocado, corresponde pedir algo elemental: resultados medibles.

¿Cuánto se redujo realmente el tiempo promedio de traslado? ¿En qué intersecciones se produjo una mejora? ¿Cuáles continúan generando mayores niveles de congestión? ¿Cuántos semáforos funcionan bajo coordinación automática y en qué circunstancias se requiere intervención de los agentes? ¿Qué indicadores utiliza el centro de control para determinar cuándo debe modificarse un ciclo? Y, cuando un agente interviene manualmente, ¿esa decisión queda registrada y posteriormente evaluada?

Son preguntas que deberían tener respuestas claras.

Hay además otro aspecto que merece atención: la proliferación de semáforos en determinados tramos. En algunos sectores existen intersecciones separadas por distancias relativamente cortas, lo que obliga al conductor a avanzar y detenerse repetidamente. Un semáforo no es necesariamente una solución por el simple hecho de ordenar un cruce. Si su programación no está coordinada con los siguientes, puede convertirse en un nuevo punto de interrupción del flujo.

Por eso también sería conveniente conocer los estudios técnicos que sustentaron la ubicación de cada nuevo semáforo y los resultados obtenidos después de su instalación. La pregunta no es cuántos semáforos tiene la ciudad, sino si cada uno cumple una función dentro de una red y si esa función contribuye a mejorar la movilidad.

A todo esto se agregan las obras que modifican temporalmente la circulación. El caso del Aerometro es ilustrativo. Los trabajos en el sector del bulevar Liberación han implicado cambios en los carriles y en la circulación habitual, generando mayor presión sobre rutas alternativas. Para miles de personas, las consecuencias no se expresan en estadísticas sino en tiempo perdido: salir mucho más temprano de casa, permanecer largos períodos dentro del vehículo y aun así llegar tarde al trabajo o a otras obligaciones.

Una ciudad que ejecuta grandes obras necesita anticipar sus efectos sobre la movilidad. Y cuando esas obras alteran los flujos vehiculares, la programación semafórica debería poder adaptarse con la misma rapidez. No tiene sentido hablar de inteligencia en la gestión del tránsito si cada componente opera de manera aislada.

El problema, entonces, no es la tecnología ni tampoco los agentes de tránsito. El problema es la coordinación.

Un agente puede ser indispensable para resolver una contingencia. Una cámara puede proporcionar información valiosa. Un sensor puede detectar el flujo vehicular. Un centro de control puede modificar los tiempos de un semáforo. Pero todos esos elementos deben formar parte de un mismo sistema, con protocolos definidos, información compartida y evaluación permanente de resultados.

La ciudadanía tampoco debería conformarse con la explicación de que los semáforos son “inteligentes” porque incorporan tecnología. La inteligencia de un sistema público se demuestra cuando consigue resolver mejor el problema para el cual fue creado.

Y aquí hay una paradoja que merece ser discutida: tenemos más tecnología para gestionar el tránsito, pero la experiencia de muchos conductores sigue siendo la de una ciudad donde avanzar depende de encontrar el momento adecuado, superar una intersección y esperar que la siguiente no esté completamente congestionada.

La solución no consiste en eliminar la intervención humana. Consiste en hacer que esa intervención sea excepcional, coordinada y basada en información; que la tecnología realmente apoye las decisiones y que cada modificación pueda ser evaluada posteriormente.

Guatemala necesita menos discursos sobre la ciudad del futuro y más indicadores sobre la ciudad del presente. Si se invirtieron Q52 millones en hacer más inteligente la movilidad, la ciudadanía tiene derecho a conocer qué resultados produjo esa inversión.

Porque un semáforo inteligente no se demuestra por lo sofisticado de su tecnología, sino por algo mucho más sencillo: que permita llegar más rápido, circular con mayor seguridad y perder menos tiempo atrapados en el tráfico. Si eso todavía no ocurre de manera evidente, la discusión no debería ser si los semáforos son inteligentes, sino qué hace falta para que realmente lo sean.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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