Un año en pie de lucha
Hoy hace exactamente un año que la ciudadanía se volcó a las calles, en una gesta cívica contra la corrupción. No pudo haber mejor conmemoración de esa efeméride que la concentración de treinta mil ciudadanos en el parque el viernes pasado, demandando agua y justicia.
Después de marchar por once días bajo un sol inclemente, los indígenas y los campesinos volvieron a sacudir a la amodorrada capital. Su temple, organización y liderazgo social tuvo que ser reconocido por los presidentes de los tres poderes del Estado, quienes los recibieron a sabiendas de que trataban con una fuerza social histórica. Nada menos que aquellos que nos alimentan y quienes son creadores y portadores de la cultura que nos engrandece.
Llegaron en el momento justo, encontrando una generalizada condena ciudadana a las corruptelas millonarias por el fraudulento usufructo conferido a TCQ, en el que está involucrado el Banco Mundial, el Banco G&T y los directivos de las cámaras empresariales, pisoteando la ética más elemental, sostienen que el negocio debe seguir, en aras de una competitividad sin integridad; arribaron para conocer cómo, mediante el litigio malicioso, los defensores de los militares genocidas retardan los juicios de los casos CREOMPAZ y Molina Theissen; vinieron a tiempo para enterarse cómo Zury Ríos y sus adláteres lanzan una cortina de humo con la pena de muerte, para ocultar el juicio al general genocida.
Las corruptelas de políticos y empresarios, las masacres de los militares y el robo de los ríos nacen de una misma matriz: la impunidad. Corruptos, finqueros y genocidas actúan al margen de la ley, porque se consideran intocables; pero la gesta ciudadana del último año ha sacudido al sistema putrefacto y clientelar que ellos crearon, y los órganos de justicia abarrotan cárceles y tribunales con delincuentes de cuello blanco.
Sin embargo, la multitudinaria concentración del sábado tuvo un perfil diferente, lo que se constata por cuatro elementos. En primer término, el movimiento partió de la Guatemala profunda, la indígena, rural, pobre y marginal, para despertar a la Guatemala urbana. En segundo lugar, tres cuartas partes de las mujeres y hombres presentes eran trabajadores de manos y pies callosos, de esos que ni se rinden ni se venden.
En tercer término, en esta gesta no tuvo participación ni la Cicig ni la Embajada, ni la cooperación internacional, dependió de fuerzas vivas. Y, finalmente, el reclamo de agua y saneamiento es de primera necesidad, no puede esperar a largos procesos institucionales, y reclama medidas inmediatas para liberar ríos y nacimientos, pues de ello depende, literalmente, la vida de miles de niños y adultos. Si el Estado no atiende un reclamo de tal urgencia e importancia, dará pie a que las comunidades sedientas hagan justicia ambiental por su propia mano, como sucedió en el río Madre Vieja.
Como ha sostenido la ONU, el tema del agua está vinculado a la alimentación y a la energía, por lo que asuntos tan delicados como el hambre y las hidroeléctricas ilegales se ponen a la orden del día.
Aún estamos a tiempo de construir una solución pacífica y concertada a la crisis del agua, pues hay suficiente si no se acapara. Respondiendo al clamor ciudadano, la Usac ha llamado a un diálogo nacional, que debe ser democrático y representativo, y las soluciones deberán ser sostenibles, transparentes, equitativas y justas.
No dejemos que unos cuantos acaparadores del agua nos ahoguen en una confrontación fratricida. El agua es vida, conservemos ambos valores.

