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Fantástico poder persuasivo de San Bernardo Arévalo

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Estoy profundamente impresionado por el fantástico poder persuasivo de San Bernardo Arévalo: en casi siete meses de gobierno ha logrado que los miles de pecadores que votaron por él, convertidos en millones mediante un indiscutible fraude electoral, se hayan arrepentido. La mayoría de los pecadores quizá intenta ocultar su arrepentimiento; pues si no lo ocultaran, y lo manifestaran con sorprendente honestidad, reconocerían haber pecado.

Hay varias clases de arrepentidos. Una primera clase es aquella de quienes, con absurda ingenuidad, creyeron que San Bernardo Arévalo era un enviado de la Historia, cuya sublime misión era rescatar, con secreto poder divino, viejas primaveras, y renovarlas, y crear promisorios amaneceres que iluminarían la patria con novedosas auroras. Siete meses después no hay indicio de que sea tal enviado, ni de que haya tales amaneceres y tales auroras. Hay indicios de que es un impune impostor.

Una segunda clase de arrepentidos es aquella de quienes, con inocencia próxima a la estupidez, creyeron que, ya durante el mismo primer mes de gobierno, San Bernardo Arévalo comenzaría a sembrar, apresurado e impaciente, con la energía de un estadista, y el vigor de un patriota y el entusiasmo de un redentor, las diez semillas de su delirante plan de gobierno.

Esas semillas se convertirían en grandes árboles, tan grandes como la Secuoya, o el Eucalipto de Tasmania, o el Pino de Oregón; o tan grandes como el árbol nacional de nuestra patria: la Ceiba. O se convertirían en árboles de cuyos densos ramajes vigorosos caerían enormes frutas deliciosas, exclusivas del paraíso que crearía aquel santo varón mesiánico.

Él sería, pues, el sembrador que arrojaría semillas, no sobre el camino, en el cual serían comidas por las aves. Ni sobre la roca, en la cual se secarían. Ni entre los espinos, que la extinguirían. Arrojaría semillas sobre fecunda tierra, en la que germinarían jubilosas y darían frutos gloriosos. La primera semilla sería la semilla del desarrollo social, que comprendería una radical transformación de la educación pública, una estelar explosión de la cultura, una revolución de la salud pública; una oferta de casas maravillosas para pobres, semejantes a palacetes; una expansión arrasadora de servicios públicos; y una milagrosa multiplicación de oportunidades de trabajo que convertirían el ideal de pleno empleo de trabajadores, en una celestial realidad.

Simultáneamente, o en próxima sucesión, serían sembradas las restantes nueve semillas: protección, asistencia y seguridad social; lucha contra la desnutrición, infraestructura económica, tecnología e innovación; seguridad democrática, cuidado de la naturaleza; nueva relación con los guatemaltecos emigrantes, función pública legítima y eficaz; y nuevo contrato social. Sería un supra contrato jurídico mediante acuerdos, pactos y convenios, en los cuales él, San Bernardo Arévalo, adquiriría incondicionales obligaciones y renunciaría a cualquier derecho. Sería un esclavo servidor del pueblo, su amo.

Casi siete meses después, ninguna de las diez semillas ha sido arrojada, ni sobre el camino, ni sobre la roca, ni entre espinos, ni sobre la buena tierra, que es la patria. El sembrador era una ridícula ilusión de sembrador; y las semillas eran una grotesca ficción de semillas.

Podría haber una tercera, cuarta, quinta o décima clase de arrepentidos, que contribuirían a demostrar el fantástico poder persuasivo de San Bernardo Arévalo para provocar arrepentimiento. Lo provocó, por supuesto, en la extraordinaria minoría de guatemaltecos que votó por él, y que ignoraba que incurría en pecado.

San Bernardo Arévalo también tiene un fantástico poder de provocar frustración en quienes confiaron en sus ilusionantes promesas, explícitas o implícitas. Aludo a etnias indígenas que confiaron en que San Bernardo Arévalo les entregaría 60% u 80% de los ministerios y 50% o 70% de las secretarías del Estado. Aludo a los guatemaltecos emigrantes, residentes en Estados Unidos de América, que confiaron en que San Bernardo Arévalo emprendería acciones agresivas, intrépidas y persistentes para legalizar su estatus migratorio.

Aludo a miembros de la arco-iridiscente comunidad de la diversidad sexual, que confiaban en que San Bernardo Arévalo crearía el Ministerio de la Sagrada Diversidad Sexual. Confiaban en la creación de ese ministerio, porque el partido Movimiento Semilla, que propuso la candidatura presidencial del santo varón, había expresado, en uno de sus principios, un respeto profundo por esa diversidad y declaraba urgente la creación, implementación y fortalecimiento de medidas adicionales que permitan protegerla de actos de violencia y discriminación.

Principalmente aludo a la mayoría de los ciudadanos guatemaltecos que, aunque, por supuesto, no votaron por San Bernardo Arévalo, tenían la expectación de que él gobernaría como lo demanda la Constitución Política. Empero, no gobierna. No tiene aptitud para gobernar. Es inepto, no relativamente, sino absolutamente. No accidentalmente, sino esencialmente.

Socialmente, una prueba de su ineptitud es la inseguridad de la vida y de los bienes. Gobiernan los asesinos, los ladrones y los extorsionistas. Gobierna la criminalidad. Podría uno admitir que es una criminalidad que prosperó, con éxito inaudito, durante las administraciones gubernamentales anteriores; pero él, San Bernardo Arévalo, no ha emprendido alguna acción para comenzar a detener, por lo menos, esa criminalidad.

Económicamente, una prueba de su ineptitud es el estado catastrófico de las vías terrestres, entre ellas, la vía principal entre la ciudad capital y la costa del Pacífico. La reparación de esta vía se ha demorado y la demora ha provocado una incuantificable pérdida económica. Se argumenta que el clima lluvioso es causa de tal demora, como si pudiera haber una pronta reparación solamente con un espléndido clima primaveral, o con un benéfico cielo diurno despejado y una plácida luz solar; o con un cielo nocturno igualmente despejado, inundado de estrellas y decorado por cíclicas fases lunares. También económicamente, una prueba de su ineptitud es el estado catastrófico del principal aeropuerto internacional del país; y no hay indicio alguno de que actúa, con angustiosa preocupación, para reformarlo administrativamente o para reconstruirlo.

Políticamente, una prueba de su ineptitud es la ineptitud misma de sus ministros, excluido Víctor Hugo Ventura, Ministro de Energía y Minas. Supuesta esta excepción, tengo la impresión de que el criterio que emplea San Bernardo Arévalo para designar a sus ministros es su propia ineptitud. Opino que lo emplea con excesivo rigor. Debería, piadosamente, reducir ese rigor. La última designación, la del Ministro de Comunicaciones y Obras Pública, fue una exhibición de renovado empleo de ese criterio. Notoriamente designó a un inepto para presidir un ministerio importantísimo en la economía del país.

No afirmo que San Bernardo Arévalo es culpable de su ineptitud. No. Es intrínsecamente inepto; y volverse apto no es cuestión de voluntad, como no es cuestión voluntad que quien no es inteligente se vuelva inteligente. Es culpable de su irresponsabilidad; pues tendría que ser consciente de su ineptitud y del mal que esa ineptitud causa a la patria. Por supuesto, no tengo yo la imprudente expectación de que, en un acto supremo de encomiable responsabilidad, combinado con admirable honestidad, San Bernardo Arévalo renunciará. No. La ineptitud no impide ser arrogante ni prohíbe ser irresponsable.

Post scriptum. ¿Qué sucederá durante los meses siguientes del simulacro de gobierno de San Bernardo Arévalo? Creo que puede haber incertidumbre sobre la interrupción o no interrupción plenamente legal de semejante simulacro, es decir, incertidumbre de que el simulacro pueda durar 41 meses más. Empero, creo, no con pretensiosa intención profética, sino con verosímil pretensión probabilística, que no puede haber incertidumbre, sino certidumbre, sobre aumento del riesgo de conservar la vida y los bienes, y aumento del costo privado de la seguridad civil; y sobre aumento del costo de producción, intercambio y consumo de bienes y servicios económicos; y sobre una mayor intervención extranjera en asuntos internos de la patria.

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