
Mitología Lenca
Ventana Cultural
A lo largo de la historia, las civilizaciones han creado relatos para explicar los misterios del mundo, de la naturaleza y del cosmos. Basta pensar en los mitos griegos, las historias bíblicas, el mito de Quetzalcóatl en las culturas de México, el Popol Vuh con la narración de Hunahpú e Ixbalanqué y su enfrentamiento con los señores de Xibalbá, la creación del Hombre de Maíz, o las historias recopiladas por el Inca Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales de los Incas, como el mito de los Hermanos Ayar y la fundación del Tahuantinsuyo, por citar solo algunos ejemplos. No existe civilización alguna que no haya desarrollado relatos para explicar los fenómenos naturales o cósmicos que la rodean.
Cuando afirmamos que no hay civilización —por avanzada o primitiva que se le considere— que pueda existir sin una historia que contar, los pueblos lencas no son la excepción. Esta cultura posee una rica tradición oral que merece ser retomada y valorada. Si bien existen relatos populares recopilados en la mitología de Cuscatlán por Miguel Ángel Espino —hermano del poeta Alfredo Espino—, como los de la Siguanaba, la Llorona o el Cipitío, algunas de estas historias han sido atribuidas erróneamente a la cultura lenca, cuando en realidad no forman parte de su cosmovisión original.
Veamos uno de los relatos propiamente lencas. Según la tradición oral, recogida por la abuela Chica, se decía que “desde allá, desde esas estrellas, descendieron unas canoas que flotaban por el aire. En ellas venía una muchedumbre de seres con sus saberes y herramientas. Su jefa era la pájara Guara, quien tenía su nido suspendido en el aire y les daba órdenes sobre lo que debían hacer. Entre estos seres ingeniosos venían las Chichintoras, con su jefe de legión. Estas eran —y son— serpientes encargadas de hacer posibles las corrientes de agua potable, la creación de ríos, quebradas, lagos, vertientes y tormentas”.
La Chichintora fue, en un inicio, un ser que llegó como parte de un grupo de trabajadores destinados a construir y reparar el mundo. Dentro de la cosmovisión lenca, estos seres elementales no son dioses; sin embargo, poseen el mandato de crear, mantener y regular ciertos componentes de la naturaleza. Se dice que las serpientes Chichintoras trabajan de manera discreta y subterránea, reparando las corrientes de agua potable, abriendo nuevas vertientes y alimentando quebradas, riachuelos y nacimientos de agua. Su propósito es distribuir este recurso vital para que esté disponible para los árboles, los animales y los seres humanos que habitan Managuara.
Dentro del relato de la Chichintora se entrelazan otras narraciones. En la tradición oral lenca se cuenta que el agua no existía originalmente en la Tierra, sino que fue robada de la luna por otros seres. Este acto provocó numerosos conflictos, incluidas batallas en las nubes y la constante amenaza de que, algún día, un ave vengadora descienda para absorber toda el agua potable y llevársela de regreso a su estrella. Otra historia asociada relata que las Chichintoras transportaban entre sus fauces las rocas que sirvieron para construir el puente que unía las dos partes del continente.
Otro de los relatos importantes es el de las canoas voladoras, vinculado a formaciones rocosas tanto en Honduras como en El Salvador. Se cuenta que era deber de la Comishawual en función o del Manahuelike, llamar a las canoas del cielo, conocidas como Tika Nukele, para que recogieran los cuerpos de aquellos seres que descendieron en un principio y que permanecieron en la Tierra cuidando a los pueblos y reparando el suelo. Según la tradición, se pidió permiso a los seres de las estrellas para darles sepultura en la tierra a la que habían servido, y estos concedieron su autorización.
Fue entonces cuando todas las tribus lencas cesaron sus guerras y conflictos para rendir homenaje a los grandes gigantes. A uno de ellos lo enterraron en el corazón de la montaña del Similitón, que llevaba su nombre, ubicada en lo que hoy es la República de Honduras. Cuando murió Eramón, se le dio sepultura en otra montaña, conocida actualmente como el Monte Eramón, situada en Chalatenango, territorio de la actual República de El Salvador.
Estos son solo algunos de los relatos que conforman la mitología lenca. Así como todas las culturas han desarrollado sus propias formas de explicar el mundo que las rodea, el pueblo lenca construyó una cosmovisión profunda, simbólica y estrechamente ligada a la naturaleza, la memoria y el equilibrio del universo.

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