
El Lenca
Ventana Cultural
Hace poco leí un texto revelador del investigador Rafael Lara-Martínez sobre la antiquísima cultura lenca. Diversos estudios —respaldados por la memoria oral de las comunidades— señalan que su presencia en los territorios que hoy ocupan El Salvador, Honduras y Nicaragua se remonta a más de doce mil quinientos años. A ese amplio espacio lo llamaban Manawara, una denominación que ya sugiere una forma profunda de concebir el territorio y la vida comunitaria.
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es el conocimiento matemático desarrollado por los lencas, organizados en comunidades como los Maías y los Púkaras, dentro del sistema del Guancasco. Investigaciones de María de Baratta, citadas por Lara-Martínez, confirman la existencia de diversas variantes lingüísticas: el cacaopera o cacawira no es lo mismo que el potón o el ulúa. Sin embargo, más allá de las diferencias, estas comunidades compartían una lógica común: el cuerpo humano como base del pensamiento abstracto. Sus sistemas de conteo —quintesimal, decimal o vigesimal— partían de las extremidades, haciendo del cuerpo el primer instrumento para comprender el número y el orden.
Tras la independencia, El Salvador se constituyó como un país oficialmente monolingüe. Este proceso, impulsado por élites económicas y políticas, se consolidó con hechos traumáticos como la matanza de 1932, después de la cual se prohibió el uso de las lenguas maternas. Desde entonces, la recuperación de estas lenguas —y, en algunos casos, incluso de su memoria— ha sido una tarea compleja para los pueblos originarios, entre ellos el lenca.
Aunque esta reseña no se centra exclusivamente en el análisis lingüístico, es inevitable detenerse en algunos elementos clave. En la aritmética ancestral, el cuerpo sostiene la abstracción del número. Solo una falta de recuerdo —de volver a pasar por el corazón— impide reconocer que el cuerpo también es fuente de conocimiento. Algo similar ocurre en el ámbito lingüístico. Las lenguas originarias revelan estructuras diversas: lenguas acusativas como el náhuat; lenguas como el lenca, donde la posesión parece ligada a la experiencia recibida; o lenguas ergativas, como algunas variantes mayas, en las que la acción define la identidad. No se trata de simples diferencias gramaticales, sino de distintas formas de entender la relación entre el sujeto, la acción y el mundo.
El aporte central del trabajo de Lara-Martínez no radica solo en describir una lengua, sino en desmontar la idea de una identidad nacional homogénea. Al mostrar que categorías aparentemente técnicas —como el sistema de conteo o la relación entre posesión y acción— están arraigadas en el cuerpo y la experiencia, el autor evidencia que la lengua no es neutra: es una forma de pensar. Desde esta perspectiva, la exclusión de las lenguas maternas del ámbito educativo no fue un descuido histórico, sino una decisión ideológica que privilegió un modelo único de ciudadano y de pensamiento.
Este planteamiento dialoga directamente con la historia reciente del país. La imposición del castellano interrumpió la transmisión de saberes que vinculaban lengua, territorio y cosmovisión. El estudio del lenca demuestra que estas lenguas, lejos de ser “atrasadas”, contienen sistemas epistemológicos complejos que integran cuerpo, acción y experiencia. La pregunta que surge no es solo lingüística, sino educativa y ética: ¿qué tipo de ciudadanía se forma cuando se niega el derecho a pensar desde la lengua propia?
Conviene recordar que la lengua es el medio desde el cual interpretamos el mundo. Los lencas, una de las civilizaciones más antiguas de estas tierras, no pueden ser comprendidos desde categorías modernas sin caer en la negación. Juzgar las lenguas originarias con parámetros actuales no solo es un error metodológico; es una forma de silenciamiento cultural.
Volver la mirada al lenca no es un ejercicio de nostalgia. Es una tarea educativa urgente. Reconocer que, en estas lenguas, la identidad se define por lo que se hace y se vive obliga a replantear el concepto mismo de nación. El futuro cultural y educativo de El Salvador no se fortalece negando sus raíces, sino integrándolas con rigor y sentido crítico. Recuperar las lenguas maternas es recuperar la capacidad de pensar desde nosotros mismos. Sin esa base, ningún proyecto educativo puede sostenerse en el tiempo.

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