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Guatemala en el terremoto global (Entrega IV de VI)

Zoon Politikón

«El chip que no vemos»

Por qué una guerra en Taiwán sube el precio de la lavadora en Villa Nueva

Hay una pregunta que nadie en Guatemala se ha formulado todavía con la seriedad que merece. No es sobre el precio del petróleo ni sobre las remesas ni sobre el crimen organizado en el occidente del país. Es más simple y más perturbadora: ¿qué tienen en común el celular en su bolsillo, el equipo de ultrasonido en el hospital Roosevelt, el sistema de frenos de su vehículo y la lavadora en su casa? Todos dependen de semiconductores. Y según estimaciones de la industria, más del 90% de los semiconductores de última generación —los nodos más pequeños y potentes— los fabrica una sola empresa, en una sola isla, a 180 kilómetros de la costa de China.

Taiwán Semiconductor Manufacturing Company —TSMC— no es una empresa tecnológica en el sentido ordinario. Es la infraestructura invisible sobre la que funciona la manufactura global contemporánea. Sin sus chips no hay teléfonos inteligentes, no hay vehículos modernos, no hay equipos médicos de diagnóstico, no hay electrodomésticos complejos, no hay maquinaria agrícola con sistemas de precisión.

La dependencia no es parcial. Es estructural. Y está concentrada en un territorio del tamaño del departamento de Alta Verapaz, rodeado por el mar y por la ambición territorial de la segunda economía más grande del mundo.

China considera a Taiwán provincia propia desde 1949. Lo que ha cambiado en los últimos años no es la reclamación sino la capacidad para ejecutarla. Analistas del Council on Foreign Relations y del Center for Strategic and International Studies asignan al escenario de bloqueo naval chino del Estrecho de Taiwán una probabilidad de entre el 25 y el 35% en los próximos cinco años. No es certeza. Pero tampoco es fantasía de prospectivistas alarmistas. Es el rango de probabilidad que maneja quien toma decisiones con información.

Un bloqueo naval no destruiría edificios en Ciudad de Guatemala. Haría algo más silencioso y más duradero: detendría la cadena de producción de todos los bienes manufacturados complejos en entre 60 y 90 días. En seis meses, los precios de importación de bienes manufacturados en Guatemala subirían entre un 15 y un 25% adicional. Eso se suma al shock energético del conflicto en Irán que las entregas anteriores describieron. Dos crisis simultáneas sobre una economía que no tiene reservas para absorber ninguna de las dos por separado. Hay países que están diversificando proveedores de semiconductores y construyendo reservas estratégicas de equipos críticos precisamente porque calcularon este riesgo con anticipación. Guatemala no figura de manera relevante en ninguna de esas conversaciones.

Para una familia de clase media en Villa Nueva que llevaba dos años ahorrando para cambiar la lavadora, eso no es geopolítica. Es la decisión de postergarlo otros tres años, o de endeudarse para comprarla antes de que suba más. Para el hospital que necesita renovar su equipo de ultrasonido, es una lista de espera que se extiende. Para el agricultor que depende de maquinaria con sistemas electrónicos de precisión, es un costo de mantenimiento que no estaba en ningún presupuesto.

Ninguno de ellos tiene a Taiwán en su mapa mental. Ninguno debería tenerlo. Pero el sistema en que viven sí lo tiene, y las consecuencias llegarán independientemente de si alguien las anticipó o no.

Eso es exactamente lo que diferencia a un riesgo gestionado de uno ignorado. No la probabilidad de que ocurra. La preparación para cuando ocurra.

Pero hay una segunda dimensión del riesgo taiwanés que Guatemala específicamente no ha gestionado con la profundidad que el momento exige.

Guatemala es uno de los trece países que mantiene reconocimiento diplomático formal de Taiwán. Esa relación ha sido consistente, estable y valiosa en términos políticos y de cooperación. Tiene décadas, tiene coherencia histórica y tiene valor simbólico real para Taipéi. Esa relación, precisamente por su valor, exige hoy más estrategia que nunca. Lo que requiere ahora es un análisis estratégico actualizado sobre cómo gestionarla en el mundo que existe hoy, no solo en el mundo de 1960 en que fue adoptada.

En un escenario de bloqueo o confrontación militar en el Estrecho, EE.UU. activaría sanciones contra China y presionaría a sus aliados para sumarse. Guatemala, como reconocedor formal de Taiwán, estaría en la primera línea de esa presión. Pero China es el origen de aproximadamente el 18% de las importaciones guatemaltecas según datos de comercio exterior disponibles públicamente. Administrar simultáneamente la relación política con Taiwán y la dependencia comercial con China en condiciones de crisis energética, recesión de remesas y shock tecnológico simultáneos no es un ejercicio de política exterior abstracto. Es la gestión más exigente que ningún canciller guatemalteco ha tenido que ejecutar. Y para la que ninguno se ha preparado con análisis riguroso.

Los cinco países centroamericanos que reconocen a Beijing —Panamá, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica— no tomaron esa decisión por ideología. La tomaron por cálculo. Guatemala tiene una decisión distinta y una relación distinta. Lo que no tiene es el análisis actualizado que esa relación merece en el entorno actual.

Conviene ser claros sobre lo que este artículo no dice. No dice que Guatemala deba cambiar su reconocimiento de Taiwán. No dice que el camino de sus vecinos centroamericanos haya sido correcto. Dice algo más exigente: que una relación estratégica valiosa requiere ser gestionada estratégicamente con los números actuales sobre la mesa, con participación del sector privado que comercia con China, con análisis de los escenarios militares que organismos especializados ya calculan, y con honestidad sobre los desafíos reales que el entorno presenta.

Mantenerla sin un análisis actualizado limita la capacidad del país para gestionarla estratégicamente en un entorno más complejo. El desafío no es entre lealtad e interés. Es entre gestión activa e inercia que deja que otros decidan por Guatemala.

El chip que no vemos está en casi todo lo que usamos. La guerra que no seguimos se libra a 10,000 kilómetros. Y la relación estratégica que no administramos activamente tiene sesenta años de valor acumulado que merece mejor gestión que la inercia. Las tres cosas convergen en el mismo lugar: una Guatemala que puede y debe estar mejor preparada para el mundo que ya llegó.

Las relaciones estratégicas no se sostienen por inercia, sino por la capacidad de adaptarse sin perder coherencia. Guatemala tiene una relación con Taiwán que vale la pena sostener. Lo que necesita es la inteligencia estratégica para hacerla viable en un mundo más complejo que el que existía cuando fue construida.

«Guatemala en el terremoto global» es una serie de seis entregas sobre el impacto del reordenamiento geopolítico global en Guatemala.

Próxima entrega: «Cómo sobrevivir a un mundo que no diseñaste» — Manual mínimo para un país pequeño en una crisis grande.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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