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La deuda pendiente con el agua

Poptun

Guatemala vive una de las contradicciones más profundas de su historia ambiental. Es un país privilegiado por la naturaleza, con veinticinco cuencas hidrográficas, cientos de ríos, lagos y una extensa red de acuíferos subterráneos; sin embargo, actúa como si el agua fuera un recurso inagotable. El resultado es devastador: el 96 % de los ríos del país se encuentran contaminados, según datos difundidos con motivo del Día Mundial del Agua. La cifra debería haber provocado una reacción nacional. En cambio, pasó casi inadvertida. Hubo discursos, fotografías junto a ríos agonizantes y promesas de siempre. Después, el silencio. Mientras tanto, el Congreso continúa sin aprobar la Ley de Aguas que Guatemala lleva décadas esperando.

La contaminación tiene responsables identificables y causas conocidas. Cada invierno, toneladas de basura abandonadas en calles y barrancos terminan en ríos y lagos. A ello se suma que alrededor del 95 % de las aguas residuales generadas en la ciudad capital se descargan sin tratamiento, consecuencia de una infraestructura de drenajes insuficiente y de un crecimiento urbano desordenado. Lo que se observa en la superficie es apenas una parte del problema. Durante décadas, los desechos industriales, agrícolas y domésticos han infiltrado lentamente los mantos freáticos, las reservas subterráneas que abastecen miles de pozos y nacimientos de agua en todo el país. La sobreexplotación de estos acuíferos ya es crítica en el área metropolitana, mientras diversas investigaciones han detectado contaminación microbiológica en gran parte de las fuentes de abastecimiento. Un río puede recuperarse con inversión y voluntad política; un acuífero contaminado puede tardar generaciones en hacerlo, si es que llega a recuperarse.

Todos los días, cientos de toneladas de aguas residuales llegan sin tratamiento a los cuerpos de agua. La degradación ambiental avanza bajo el amparo de la impunidad. Y esa impunidad tiene un origen político. Guatemala continúa siendo uno de los pocos países de América Latina que carece de una legislación integral sobre el agua. No porque falten estudios o diagnósticos, sino porque una ley significaría establecer reglas claras, definir prioridades de uso, limitar abusos y sancionar a quienes utilizan o contaminan el recurso sin asumir los costos ambientales. Regular el agua implica tocar intereses económicos que históricamente han encontrado en el Congreso un aliado para impedir cualquier reforma que afecte sus privilegios.

Mientras tanto, los conflictos aumentan. Comunidades enfrentadas con empresas; municipios disputándose fuentes de abastecimiento; consumo humano compitiendo con actividades agrícolas, industriales y extractivas. Paradójicamente, Guatemala dispone de abundantes recursos hídricos, pero carece de un marco jurídico que garantice su administración sostenible y equitativa. La ausencia de reglas claras no solo favorece la sobreexplotación y la contaminación, sino también la incertidumbre jurídica y el incremento de los conflictos sociales.

En los últimos meses se ha impulsado una nueva iniciativa de Ley de Aguas mediante un amplio proceso de consulta que incorporó a organizaciones sociales, autoridades indígenas, academia, municipalidades y sectores empresariales. Sin embargo, la verdadera prueba apenas comienza. No basta con redactar un buen proyecto. Será necesario mantener el respaldo técnico y la presión ciudadana para evitar que la iniciativa termine archivada, como ha ocurrido con otras propuestas que, después de años de discusión, sucumbieron frente a la oposición de grupos con suficiente poder para influir en las decisiones legislativas.

La eventual creación de una Autoridad Nacional del Agua solo tendrá sentido si se diseña como una institución verdaderamente técnica, autónoma e independiente. De lo contrario, únicamente concentrará enormes facultades administrativas que podrían terminar capturadas por los mismos intereses que durante años han obstaculizado una regulación efectiva. El país necesita una normativa integral que ordene el uso del recurso hídrico, establezca prioridades claras para el consumo humano y fortalezca los mecanismos de fiscalización sobre las actividades que generan mayores impactos ambientales. Una ley sin autonomía institucional, sin transparencia y sin capacidad sancionadora sería apenas otra pieza de legislación simbólica.

Pero el problema ya supera las fronteras ambientales. El agua se ha convertido en uno de los recursos estratégicos más importantes del siglo XXI. El cambio climático modifica los patrones de lluvia, intensifica las sequías, incrementa la frecuencia de eventos extremos y ejerce una presión creciente sobre las fuentes de abastecimiento. Para Guatemala, donde la contaminación de los ríos y el deterioro de los acuíferos avanzan de manera simultánea, la amenaza ya no pertenece al futuro: forma parte del presente. La seguridad hídrica comienza a ser inseparable de la seguridad alimentaria, de la salud pública, de la producción energética y del desarrollo económico.

La escasez de agua también tiene un profundo impacto en la gobernabilidad. Allí donde el recurso disminuye, aumentan los conflictos comunitarios, la migración, la pobreza y las disputas por el acceso a los bienes naturales. Sin una gestión integral, la presión sobre las fuentes de agua seguirá creciendo conforme aumente la población y se expandan las actividades productivas. Cada año que pasa sin una política pública efectiva reduce la capacidad del Estado para responder a una crisis que ya comenzó.

Las generaciones que hoy tienen menos de veinte años heredarán las consecuencias de las decisiones que la clase política adopte —o decida posponer— en el presente. Si nuevamente prevalecen los intereses particulares sobre el bien común, el costo no recaerá sobre quienes bloquearon la ley, sino sobre millones de guatemaltecos que encontrarán un recurso cada vez más escaso, más costoso y de peor calidad. La omisión legislativa no solo compromete el ambiente; compromete el derecho de las futuras generaciones a vivir con dignidad.

El agua no espera los tiempos del Congreso. Los mantos acuíferos no distinguen períodos legislativos. Cada día sin regulación significa más contaminación, más extracción descontrolada y menos posibilidades de recuperación. Guatemala todavía está a tiempo de proteger una de sus mayores riquezas naturales, pero esa oportunidad se reduce con cada invierno que arrastra basura hacia los ríos y con cada sesión legislativa que posterga una decisión impostergable.

Porque hay deudas que pueden pagarse con dinero. La deuda hídrica, en cambio, termina pagándose con el futuro. Y cuando un país deja escapar su agua entre las manos, también comienza a dejar escapar su propio porvenir.

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Mireya Batún Betancourt

Abogada, Notaria y Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales, postgrado en Criminología, especialista en ejecución penal con estudios en Doctorados de Ciencias Penales y Derecho Constitucional Internacional.

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