OpiniónColumnas

Cuando la Gramática se convierte en Filosofía

Ventana Cultural

¿Qué pensaríamos si nos dijeran que la gramática no solo sirve para hablar correctamente, sino también para comprender cómo una civilización entiende al ser humano? 

La idea puede parecer extraña, pero precisamente esa es una de las reflexiones más sugerentes que plantea Rafael Lara-Martínez en el primero de los seis ensayos dedicados a las lenguas originarias de El Salvador. En esta oportunidad nos acercaremos al náhuat, al ch’ortí’ y a las diferentes lenguas lencas, no desde la filología, sino desde la filosofía que permanece oculta en sus estructuras lingüísticas.

Conviene recordar que la gramática, tal como hoy la conocemos, no existía en los pueblos prehispánicos. Muchas de sus lenguas se transmitían por tradición oral y, en algunos casos, mediante sistemas propios de representación gráfica, como la escritura jeroglífica o los registros simbólicos. La gramática surgió en el mundo clásico para ordenar la lectura y la escritura, y siglos más tarde Antonio de Nebrija publicó la primera gramática del castellano. Durante la conquista, los misioneros adaptaron ese modelo europeo para describir las lenguas americanas, aunque estas respondían a formas de organización muy distintas.

Pero la verdadera pregunta no es cuándo apareció la gramática, sino qué revela sobre quienes hablan una lengua. ¿Y si detrás de cada pronombre, de cada verbo y de cada forma de conjugar existiera una manera diferente de comprender la identidad humana? Esa es la interrogante que atraviesa el ensayo de Lara-Martínez.

Las lenguas náhuat, ch’ortí’ y lenca demuestran que cada idioma organiza la realidad de manera singular. Ninguna lengua clasifica el mundo exactamente igual que otra. Mientras algunas privilegian el tiempo, la individualidad del sujeto o la posesión, estas tradiciones lingüísticas centran su atención en las relaciones, el proceso, la acción y la experiencia. La gramática deja entonces de ser un simple conjunto de reglas para convertirse en el reflejo de una forma particular de pensar y de habitar el mundo.

Desde esta perspectiva, la identidad tampoco aparece como una esencia inmóvil. En las lenguas estudiadas por Lara-Martínez, el «yo» se construye a partir de lo que la persona hace, vive y comparte con los demás. Más importante que una definición estática del ser resulta el proceso continuo de «estar haciendo», «haber hecho» y «seguir haciendo». La persona no se entiende como una realidad terminada, sino como alguien que se transforma constantemente a través de su experiencia.

Esa visión también se manifiesta en la forma de expresar las acciones. Algunas estructuras lingüísticas distinguen entre aquello que permanece en desarrollo y aquello que ya ha concluido. Sin embargo, esta diferencia no busca encerrar a la persona en una categoría fija, sino mostrar que toda vida se encuentra en permanente construcción. El pasado forma parte de la identidad, pero no la determina por completo; simplemente testimonia el camino recorrido.

Uno de los aportes más interesantes del ensayo aparece al comparar el ch’ortí’ con el lenca. Aunque ambos pertenecen al ámbito mesoamericano, cada uno organiza la experiencia humana desde perspectivas diferentes. El ch’ortí’ destaca el papel del sujeto como protagonista de la acción, mientras que el lenca concede mayor importancia a la experiencia vivida y a aquello que el individuo recibe e incorpora a su existencia. No se trata de decidir cuál visión es superior, sino de reconocer que ambas expresan respuestas distintas a una misma pregunta: ¿qué significa ser persona?

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de este ensayo. Las lenguas originarias no solo conservan palabras antiguas; preservan formas de pensar, de interpretar la realidad y de comprender al ser humano. Cuando una de ellas desaparece, no se pierde únicamente un vocabulario: también se extingue una manera irrepetible de explicar el mundo. Por eso, estudiar el náhuat, el ch’ortí’ o el lenca no constituye un ejercicio de arqueología lingüística, sino un acto de recuperación de la memoria intelectual y filosófica de Centroamérica. Comprender su gramática es, en el fondo, comprender que cada lengua guarda una respuesta distinta a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: quiénes somos.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

Avatar de Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.