
¿Cuándo, cómo y por qué fueron seleccionados los libros del Nuevo Testamento?
Logos

El problema
En los primeros dos siglos de la Era Cristiana, los textos que exponían la naturaleza, la vida, la obra y la doctrina de Jesús eran no solamente los evangelios de Mateo, de Marcos, San Lucas y de Juan; y los Hechos de los Apóstoles, las epístolas (por ejemplo, epístolas de Pablo, Santiago y Pedro) y el Apocalipsis de Juan. También la exponían, por ejemplo, los evangelios de Tomás, de Felipe, de Judas Tadeo y de María Magdalena; o el evangelio y el apocalipsis de Pedro; o los evangelios de los Signos, de la Verdad, de la natividad de María, de Nicodemo, de Bartolomé y de Gamaliel; o el proto evangelio de Santiago; o El Pastor de Hermas (cuyo autor, Hermas de Roma, predicaba una modalidad de cristianismo judío),
Independientemente de esos textos, surgieron diversas doctrinas que las supremas autoridades eclesiásticas denominaron heréticas, o doctrinas incompatibles con la doctrina cristiana que ellas creían que era la verdadera. Algunas de esas doctrinas fueron el gnosticismo, el marcionismo, el adopcionismo, el docetismo y el montanismo.

Según el gnosticismo, había un Dios supremo y oculto, y un dios inferior creador del mundo material. El alma se salvaba mediante el conocimiento espiritual de la suprema y oculta divinidad. La auténtica “chispa divina” residía en cada individuo y podía manifestarse mediante una iluminación espiritual. Según el marcionismo, el auténtico Dios era el Dios del cristianismo, y no el Dios del judaísmo. Según el adopcionismo, Jesús era un ser humano que Dios había adoptado para liberar de la opresión al pueblo hebreo e instituir un reino divino en la tierra. Según el docetismo, Jesús era puramente espiritual. Su cuerpo era ilusorio y, por consiguiente, no había sufrido ni había muerto. Según el montanismo, el ex sacerdote pagano Montano era un nuevo profeta, inspirado por el Espíritu Santo, cuyas profecías tenían que agregarse a la enseñanza de Jesús y de los apóstoles.
Hacia un Nuevo Testamento.
Algunos teólogos del antiguo cristianismo se preocuparon por aquella diversidad de textos, llamados libros, y por las doctrinas heréticas. Entonces seleccionaron o propusieron seleccionar aquellos libros que las supremas autoridades eclesiásticas debían admitir oficialmente porque exponían la verdad sobre la naturaleza, la vida, la obra y la doctrina de Jesús; y de manera concomitante exponían también las creencias que debían profesarse.
Tales libros debían constituir el testamento del cristianismo, o Nuevo Testamento. Era nuevo con respecto a los libros sagrados del judaísmo, que los cristianos denominaron Antiguo Testamento.
Proceso de selección de los libros del Nuevo Testamento
Un primer intento de seleccionar los libros que debían constituir el Nuevo Testamento fue obra de Marción de Sínope (85-160. Marción seleccionó algunas epístolas de Pablo de Tarso y el Evangelio de Lucas, del cual excluyó las partes que, según él, eran judeo-cristianas.
En el final del siglo II o el comienzo del siglo III algunas comunidades cuya religión era el cristianismo, seleccionaron los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan; y los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de Pablo, la epístola de Judas, la primera y la segunda epístola de Juan, y el Apocalipsis de Juan. Así lo muestra un fragmento de texto descubierto por el erudito, sacerdote e historiador Ludovico Antonio Muratori (1672-1750). El fragmento fue llamado muratoriano.

Ireneo de Lyon (140-202) seleccionó veintidós libros, que fueron los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan; los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de Pablo (excepto la epístola a los Hebreos), la primera epístola de Juan, la primera epístola de Pedro, el Apocalipsis y el Pastor de Hermas. Ireneo afirmó que no podía haber más que cuatro evangelios, que eran aquellos cuatro evangelios, los únicos que la iglesia debía reconocer.
El notable teólogo Orígenes de Alejandría (184-253) seleccionó la mayoría de libros que posteriormente constituyeron el Nuevo Testamento; y admitió que había controversia sobre algunos libros, como la epístola a los Hebreos, la epístola de Santiago, la primera y la segunda epístola de Pedro y la tercera epístola de Juan.
El historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea (263-339) distinguió tres clases de libros: libros admitidos universalmente, libros discutibles y libros espurios. La primera clase consistía en los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan, seguidos por los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de Pablo, la primera epístola de Juan, la primera epístola de Pedro y, admisiblemente, el Apocalipsis de Juan. La epístola a los Hebreos debía incluirse entre las epístolas de Pablo.

El Concilio de Nicea celebrado en el año 325, no se ocupó de la selección de libros del Nuevo Testamento, sino deliberó sobre cuestiones doctrinarias y decretó el llamado Credo de Nicea. Este credo se opuso a la doctrina del sacerdote y teólogo Arrio, que predicaba que Jesús no era divino y, por no serlo, no era autosuficiente (porque su ser dependía del ser que lo había creado); ni era eterno, ni tenía la misma substancia que Dios. Sobre estas cuestiones, el credo afirmó: “Creemos… en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, unigénito, nacido del Padre… Dios verdadero… engendrado, no creado; y tiene la misma substancia que el Padre.”
El padre de la iglesia y teólogo Atanasio de Alejandría (296-373), en la epístola Festal o epístola Pascual, del año 367, seleccionó los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan; los Hechos de los Apóstoles, las siete epístolas generales (que eran la epístola de Santiago, la primera y la segunda epístola de Pedro, la primera, la segunda y la tercera epístola de Juan, y la epístola de Judas Tadeo); las catorce epístolas de Pablo y el Apocalipsis de Juan. Esa selección influyó en la selección final oficial de los libros del Nuevo Testamento.

El teólogo y filósofo Agustín de Hipona (354-430) seleccionó los evangelios de Mateo, de Marcos, de Lucas y de Juan; las epístolas del apóstol Pablo; los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis de Juan.
El Concilio de Roma, convocado por el papa Dámaso (304-384), celebrado en el año 382, seleccionó 27 libros, que finalmente constituyeron el Nuevo Testamento. Ellos son los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, trece epístolas de Pablo, las ocho epístolas llamadas generales (entre las cuales se incluye la epístola a los Hebreos, sobre cuyo autor no hay certeza) y el Apocalipsis atribuido a Juan.
El Concilio de Hipona, celebrado en el año 393, que fue presidido por Agustín, y el Concilio de Cartago, celebrado en el año 397, ratificaron la selección de esos 27 libros. En el año 495, el papa Gelasio (cuyo papado comenzó en el año 492 y finalizó en el año 496, cuando murió), emitió un decreto, llamado gelasiano, en el que reproducía la selección. El Concilio de Trento, celebrado desde el año 1535 hasta el año 1563, ratificó esa misma selección.
El Nuevo Testamento constituido por aquellos 27 libros no solo es testamento de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. También es Nuevo Testamento de la Iglesia Ortodoxa, y de las iglesias llamadas protestantes, y de la Iglesia Anglicana. La Iglesia Ortodoxa lo ratificó en el concilio de Jerusalén, celebrado en el año 1672, convocado por el patriarca Dositeo de Jerusalén (1641-1707).
Canon para seleccionar los libros
¿Por qué fueron seleccionados aquellos 27 libros? Fueron seleccionados porque satisfacían un canon. La palabra canon deriva de la palabra griega kanon, que significaba norma, o regla de medir.
El canon comprendía cinco criterios implícitos o explícitos:
Primero. La antigüedad o la autoridad apostólica: los libros tenían que haber sido escritos por un apóstol, o por un discípulo de un apóstol.
Segundo. La compatibilidad: los libros tenían que ser compatibles con la doctrina que profesaban las supremas autoridades de la iglesia.
Tercero. La coherencia: los libros no debían exponer hechos, creencias o doctrinas que fueran recíprocamente excluyentes.
Cuarto. La generalidad: los libros tenían que ser aquellos empleados en la mayoría de las iglesias.
Quinto. La liturgia: los libros o algunas partes de ellos, tenían que ser frecuentemente empleados en los actos ceremoniales del culto.
Los 27 libros seleccionados mediante la aplicación de estos criterios fueron llamados libros canónicos; y todos constituyeron un canon, es decir, una norma sobre aquello que oficialmente podía ser creído sobre la naturaleza, la vida, la obra y la doctrina de Jesús.
Objeciones
Se ha objetado que los libros canónicos que finalmente constituyeron el Nuevo Testamento, no fueron seleccionados por concilios eclesiásticos. Fueron seleccionados por las mismas comunidades cristianas, mediante un proceso gradual.
También se ha objetado que la selección de los libros haya comenzado en el siglo II y haya finalizado en el siglo IV; pues, se argumenta, ya en el siglo I había una selección reconocida y empleada en actos litúrgicos. Los libros seleccionados habían sido los cuatro evangelios y trece epístolas de Pablo.
Ambas objeciones presuponen que las comunidades cristianas, entre ellas, aquellas recíprocamente muy distantes, aplicaron el mismo canon y seleccionaron los mismos libros, o casi los mismos. Empero, ¿cómo podría haber ocurrido tal uniforme aplicación del canon?
La selección de los libros canónicos pudo ser obra de un proceso gradual en el que no intervinieron los concilios; o pudo haberse consumado ya en el siglo I. Empero, puede afirmarse, que los concilios confirieron estatus oficial a esos libros.
Post scriptum. Taciano de Siria (120 -173) escribió una obra llamada Diatessaron; palabra latina que significaba hecho de cuatro partes, y se derivaba de la palabra griega διὰ τεσσάρων, o dia tessarōn, que significaba de cuatro. La obra fue una compilación de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que pretendió ser un único evangelio coherente, es decir, que eliminaba diferencias y conservaba semejanzas de los cuatro evangelios, o resolvía discrepancias.

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