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Cuando el mundo guarda silencio

Una Guatemala Diferente Es Posible

Durante décadas, millones de personas en distintos países han vivido bajo regímenes que concentran el poder, restringen libertades y limitan el ejercicio pleno de la democracia. En América Latina y en otras regiones del mundo, los casos de Venezuela, Cuba y Nicaragua, así como el régimen teocrático de Irán, han despertado una pregunta que cada vez se escucha con mas fuerza entre los ciudadanos, ¿Por qué la comunidad internacional y particularmente las grandes organizaciones multilaterales, guardaron silencio durante tanto tiempo?

Muchos consideran que algunos líderes políticos en el escenario internacional han comenzado a asumir posiciones mas firmes frente a estos regímenes, entre ellos se menciona con frecuencia al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien en su administración ha  impulsado sanciones económicas y una política exterior mas confrontativa hacia gobiernos considerados autoritarios en la región y fuera de esta, pero más allá de las posiciones de un gobierno específico, el problema de fondo es mucho más amplio y profundo.

En Venezuela, el proyecto político iniciado por Hugo Chávez hace más de dos décadas transformó radicalmente las estructuras políticas, económicas y sociales del país; tras su fallecimiento, el poder fue asumido por Nicolás Maduro en medio de una creciente crisis económica, migración masiva y denuncias de persecución política contra sectores opositores, durante esos años, numerosas empresas fueron nacionalizadas, se realizaron expropiaciones de propiedades y se produjeron fuertes tensiones institucionales. A pesar de las denuncias y cuestionamientos, muchos procesos electorales fueron observados o reconocidos por organismos internacionales, lo que generó críticas de quienes consideran que la comunidad internacional reaccionó tarde ante el deterioro democrático.

Algo similar puede observarse en Cuba, desde la revolución encabezada por Fidel Castro en 1959, el país ha mantenido un sistema político de partido único que durante décadas ha sido objeto de críticas por las restricciones a la oposición política y a las libertades civiles, al mismo tiempo, Cuba ha defendido su modelo argumentando que ha priorizado la soberanía nacional y la justicia social frente a presiones externas.

En Nicaragua, el presidente Daniel Ortega ha sido señalado por organismos de derechos humanos por el debilitamiento de las instituciones democráticas y por acciones contra opositores políticos, especialmente desde la crisis política que estalló en 2018.

Por su parte Irán, el sistema político instaurado tras la revolución de 1979, dio origen a una república islámica, donde el poder político se encuentra estrechamente vinculado a la autoridad religiosa encabezada por los ayatolas. Las tensiones entre ese país y Occidente han sido constantes durante décadas, particularmente por su programa nuclear y por las restricciones a libertades políticas y sociales denunciadas por diversos sectores de la comunidad internacional.

Frente a todos estos escenarios, surge una pregunta inevitable, ¿Por qué organismos internacionales como la Organización de Naciones Unidas o la Organización de los Estados Americanos, no intervinieron con mayor firmeza cuando comenzaron a evidenciarse los problemas?

La respuesta, aunque no siempre satisfactoria para quienes sufren estas realidades, se encuentra en uno de los pilares del derecho internacional, el principio de soberanía de los Estados, según este principio, cada país tiene el derecho de organizar su sistema político sin intervención extranjera; las organizaciones internacionales pueden emitir resoluciones, recomendaciones o sanciones diplomáticas, pero la intervención directa es extremadamente limitada y requiere consensos políticos que rara vez se alcanzan. Este principio fue concebido para evitar conflictos entre naciones, pero también ha provocado que, en muchas ocasiones, la comunidad internacional observe con cautela situaciones internas que afectan profundamente a las poblaciones. El dilema es evidente, por un lado se defiende la soberanía nacional, por el otro, millones de personas pueden quedar atrapadas bajo gobiernos que limitan sus libertades o los encarcelan o los asesinan.

Al final, más allá de las ideologías o de intereses geopolíticos, el centro de esta discusión debería ser siempre el mismo, las personas, los ciudadanos comunes que desean vivir en libertad, con oportunidades, con instituciones fuertes y con gobiernos que respondan verdaderamente a sus intereses.

Cuando el mundo guarda silencio demasiado tiempo, quienes pagan el precio mas alto, no son los gobiernos o sus lideres, es el pueblo entero.

AL RESCATE DE GUATEMALA.

GUATEMALA NECESITA DE SUS MEJORES HOMBRES Y MUJERES.

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