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Del Poder Social al Poder Político

Del Escritorio del General

La soberanía de una nación reside, por principio, en su pueblo. Es la ciudadanía quien posee el derecho de elegir y ser elegida, delegando temporalmente el ejercicio del poder a quienes considera capaces de administrar los asuntos públicos. De esta premisa nace la democracia: un sistema concebido para que el poder político sea una expresión legítima de la voluntad popular y esté siempre al servicio del bien común.

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que la democracia puede ser desvirtuada cuando la voluntad ciudadana es sustituida por la manipulación política, la propaganda y el clientelismo. Es precisamente en ese momento cuando el poder deja de pertenecer al pueblo para convertirse en un instrumento al servicio de intereses particulares.

Con frecuencia, los ciudadanos son atraídos por promesas de campaña, discursos emotivos y ofertas inmediatas que buscan satisfacer necesidades momentáneas, pero que rara vez se traducen en soluciones estructurales. La demagogia transforma al elector en un simple medio para alcanzar el poder, mientras el verdadero propósito del gobierno —servir a la población— queda relegado a un segundo plano.

La ciencia política ha estudiado ampliamente este fenómeno. Diversos autores coinciden en que una democracia solo puede mantenerse saludable cuando existe una ciudadanía informada, crítica y participativa. Cuando el pueblo renuncia a ejercer un control permanente sobre sus gobernantes, estos terminan concentrando el poder y utilizándolo para perpetuar sus propios intereses.

Al hablar de grupos de poder no nos referimos únicamente a los partidos políticos. También participan actores económicos, sociales, ideológicos e incluso organizaciones criminales que buscan influir en las decisiones nacionales. Todos ellos procuran orientar la voluntad popular hacia objetivos que favorezcan sus agendas particulares, muchas veces alejadas del interés nacional.

La historia contemporánea ofrece numerosos ejemplos de países donde dirigentes cuestionados por corrupción, abuso de poder o autoritarismo logran mantenerse en el gobierno mediante narrativas cuidadosamente construidas. A través del control de la información, de programas asistencialistas o del uso de recursos públicos con fines electorales, consiguen que una parte importante de la población continúe respaldándolos, aun cuando los resultados de su gestión sean claramente negativos.

La pregunta fundamental es: ¿cómo puede un pueblo soberano permitir que su propio poder le sea arrebatado?

La respuesta suele encontrarse en la combinación de pobreza, desinformación, dependencia económica y pérdida de confianza en las instituciones. Cuando el voto termina condicionado por la entrega de bienes materiales, subsidios temporales o pequeñas cantidades de dinero, la voluntad ciudadana deja de expresarse libremente y comienza a ser objeto de negociación.

Los recursos utilizados para estas prácticas no pertenecen a los gobernantes. Provienen de los impuestos que pagan todos los ciudadanos. En consecuencia, el dinero público, que debería destinarse a mejorar la educación, la salud, la infraestructura, la seguridad y el desarrollo nacional, termina utilizándose como instrumento para conservar el poder político.

Este fenómeno deteriora profundamente la calidad de la democracia. Mientras una reducida élite política incrementa su patrimonio, el ciudadano común continúa enfrentando pobreza, desempleo, inseguridad, deficientes servicios públicos y una creciente pérdida de oportunidades para las nuevas generaciones.

Por ello, el llamado es especialmente para quienes ejercen el derecho al voto. La decisión electoral no debe basarse en promesas, regalos o discursos emotivos, sino en la capacidad, la integridad, la experiencia y los resultados demostrables de quienes aspiran a gobernar.

La democracia exige ciudadanos responsables, capaces de analizar propuestas, exigir transparencia y fiscalizar permanentemente a sus autoridades. Votar constituye un derecho, pero también una enorme responsabilidad con el futuro del país.

Guatemala posee enormes recursos humanos y naturales. Su potencial es incuestionable. Sin embargo, ese potencial seguirá desaprovechándose mientras prevalezca una cultura política basada en el clientelismo, la improvisación y el interés personal por encima del interés nacional.

Ha llegado el momento de transformar el poder social en un verdadero poder político, consciente, responsable y comprometido con el desarrollo de la República. El pueblo debe recuperar el protagonismo que la Constitución le reconoce y ejercer plenamente su soberanía mediante decisiones libres, informadas y responsables.

Solo así podremos construir una nación donde prevalezcan la justicia, la libertad, la seguridad, el respeto a la ley y la prosperidad para las presentes y futuras generaciones.

La democracia no se fortalece únicamente con elecciones periódicas; se fortalece con ciudadanos vigilantes, instituciones sólidas y gobernantes que comprendan que el poder no les pertenece, sino que les ha sido confiado temporalmente por el pueblo.

Adelante con espíritu de vencedores.

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Libre emisión del pensamiento.

Francisco Bermudez Amado

General de División ex Ministro de la Defensa, Analista político.

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