
El ataque a la identidad humana
Fectiva
La batalla más profunda que enfrenta el ser humano no es económica ni política. Es una batalla por la identidad. Lo que una persona cree acerca de sí misma determina cómo vive, cómo se relaciona y qué decisiones toma. Por eso la crisis de identidad se ha convertido en uno de los desafíos centrales de nuestra época.
Fenómenos contemporáneos, como el de jóvenes que afirman experimentar una identidad animal y adoptan comportamientos simbólicos para expresarla, han abierto debates sociales y psicológicos. Más allá de la polémica, estos casos reflejan algo más profundo: una generación que lucha por responder a la pregunta fundamental de la existencia humana: ¿quién soy y a dónde pertenezco?
La psicología del desarrollo confirma que la adolescencia es la etapa crítica para la formación de identidad. La Asociación Americana de Psicología advierte que el aumento de ansiedad, depresión y soledad en jóvenes está vinculado a dificultades en la construcción del sentido personal. Más del 40 % de adolescentes reportan sentirse persistentemente tristes o sin esperanza. A esto se suma el impacto de las redes sociales, donde la validación externa se convierte en un marcador de valor.
La pérdida de identidad adopta muchas formas cotidianas. El joven que mide su valor por los “likes”; aquellos que se identifican como therians buscando pertenencia; otros que cambian de identidad según el grupo al que desean agradar hasta perder claridad sobre quiénes son. Ocurre cuando el fracaso escolar se convierte en “soy un fracaso”; cuando el rechazo sentimental se transforma en “no soy suficiente”; cuando el bullying redefine la propia percepción; cuando la comparación constante genera la sensación de nunca estar a la altura. Sin una identidad clara, algunos adoptan conductas de riesgo solo para sentirse parte de algo o para escapar del vacío.
Y esta crisis no es exclusiva de la juventud. También se manifiesta en adultos que confunden su valor con su profesión, en quienes se definen por sus traumas o en los que viven pendientes de la aprobación digital. En todos los casos, la raíz es la misma: una identidad frágil que busca afirmación en lo externo, no en un fundamento estable.
La narrativa bíblica ofrece un diagnóstico más profundo. En el Edén, la serpiente no atacó con violencia, sino con palabras. Sembró duda sobre lo que el ser humano ya era: creado a imagen de Dios. El enemigo les ofreció una identidad que ya poseían, pero les hizo creer que debían obtenerla por sus propios méritos. Desde entonces la estrategia ha sido la misma: distorsionar la identidad y romper la relación con el Padre.
Jesús vino precisamente a restaurar lo que se había perdido. Cuando declaró que vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido”, señaló que la pérdida no fue solo moral, sino relacional. El evangelio presenta la salvación no solo como perdón, sino como restauración de paternidad: el regreso a la condición de hijos. Por eso su lenguaje constante fue siempre “vuestro Padre celestial”. Su mensaje no era solo creer en Dios, sino regresar a Él. Y así como en el huerto del Edén, el enemigo se acercó a Jesús con la misma táctica: sembrar duda sobre su identidad. Le dijo: “Si eres Hijo de Dios…”. Pero Jesús sabía quién era y de quién era; por eso respondió con firmeza. Su identidad no dependía de la aprobación de nadie, sino de la voz del Padre que había declarado: “Este es mi Hijo amado”.
La parábola del hijo pródigo lo resume con claridad: la transformación comenzó cuando el joven “volvió en sí” y regresó a casa. No encontró condena, sino un abrazo paternal, restauración y un Padre que le recordó quién era y le devolvió todo lo que había perdido. Hubo fiesta porque el hijo había regresado a su identidad. La Biblia repite este patrón: Gedeón pasó de verse débil a ser llamado valiente; Pedro fue restaurado después de negar a Jesús; Zaqueo cambió su conducta después de ser tratado como hijo.
La historia humana demuestra que cuando la identidad se construye sobre percepciones cambiantes, la persona vive en constante inseguridad. Pero cuando se ancla en una relación estable, surge propósito, dirección y coherencia.
Y quizá la pregunta más urgente de nuestro tiempo no sea qué podemos llegar a ser, sino recordar quiénes somos realmente.
La restauración de la identidad no consiste en inventarnos a nosotros mismos, sino en recordar de quién venimos y a quién pertenecemos. Porque la mayor crisis de nuestro tiempo no es falta de información, sino olvido de identidad. Fuimos creados a imagen de Dios, amados por el Padre y llamados a vivir como hijos.

Le invitamos a leer más del autor:
Descubre más desde El Siglo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



