OpiniónColumnas

El Costo de ser Amigo de Estados Unidos (Edición Especial)

La Política Exterior de Trump, la Realidad del Eje Chino-Ruso y la Erosión del Orden Global

Sinopsis: La reconfiguración estratégica que Donald Trump propone para Ucrania revela una apuesta audaz pero riesgosa: sacrificar a un aliado estratégico en aras de reposicionar a Rusia frente al ascenso de China. Basado en un análisis histórico y geopolítico riguroso, este artículo examina las profundas diferencias entre el contexto actual y la diplomacia de la Guerra Fría, advirtiendo sobre los riesgos de debilitar las alianzas occidentales y subestimar la solidez del eje chino-ruso. En un mundo marcado por la competencia sistémica, la traición de principios y aliados podría acelerar la erosión de la primacía estadounidense.

«La política internacional no es la arena de la moralidad, sino la de los intereses nacionales definidos en términos de poder.» Así sentenció Hans Morgenthau, uno de los padres del realismo clásico. Medio siglo después, esta máxima resuena en el ámbito de las decisiones estratégicas que enfrenta Estados Unidos bajo el regreso de Donald Trump a la presidencia. «Puede ser peligroso ser enemigo de América, pero ser amigo de América es fatal», advirtió Henry Kissinger, y Ucrania parece estar descubriendo esta amarga verdad en carne propia.

El cambio de postura de Trump hacia Ucrania ha causado alarma tanto en Europa como en sectores del propio establecimiento estadounidense. Durante su primer mandato, Trump se mostró favorable a la asistencia militar a Kiev, pero hoy parece decidido a negociar un acuerdo con Moscú que podría dejar a Ucrania abandonada. Informes provenientes de círculos diplomáticos indican que el equipo de Trump habría propuesto concesiones sustanciales a Rusia: el reconocimiento de territorios ocupados, la reducción de sanciones, el retiro de tropas estadounidenses de Europa del Este y la exclusión definitiva de Ucrania de la OTAN.

Mientras el Kremlin ofrece escasas concesiones a cambio, el giro de Trump plantea un interrogante: ¿qué visión estratégica impulsa semejante decisión? Para comprenderlo, es necesario mirar hacia el tablero geopolítico más amplio: la competencia global con China. Desde el final de su primer mandato, Trump ha identificado a Pekín como el principal desafío estratégico para la supremacía estadounidense. En su visión, perpetuar la guerra en Ucrania es una distracción que consume recursos vitales. Sacrificar a Ucrania podría ser, desde su perspectiva, un precio aceptable para lograr un realineamiento estratégico mayor: apartar a Rusia de China y centrar todo el aparato de poder estadounidense en la contención del ascenso chino.

Esta concepción remite a la diplomacia triangular diseñada por Kissinger en los años setenta, cuando Estados Unidos logró acercarse a China para aislar a la Unión Soviética en plena Guerra Fría. Pero, aunque la lógica superficial pueda parecer similar, las condiciones estructurales han cambiado de manera fundamental. Durante la década de 1970, las tensiones entre Moscú y Pekín eran abiertas, violentas y profundas. La rivalidad chino-soviética había alcanzado niveles de confrontación militar directa en la frontera del Amur. China, aislada internacionalmente tras la Revolución Cultural, buscaba desesperadamente un contrapeso frente al poder soviético. Estados Unidos, hábilmente, explotó esas divisiones.

Hoy, la relación entre Rusia y China es de naturaleza distinta. Aunque no son aliados ideológicos, son socios estratégicos firmemente unidos por intereses convergentes: debilitar el orden liberal internacional liderado por Washington, erosionar el poder de las democracias occidentales y reconfigurar el equilibrio de poder hacia un sistema multipolar. Desde la anexión de Crimea en 2014, y aceleradamente tras la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, Moscú ha profundizado su dependencia económica, tecnológica y militar de China. El comercio bilateral alcanzó cifras récord en 2024; las exportaciones energéticas rusas encuentran en China su principal mercado; las importaciones de tecnología, maquinaria, microelectrónica y componentes industriales provenientes de Pekín mantienen a flote la economía rusa bajo las sanciones occidentales.

La cooperación militar también se ha intensificado: ejercicios conjuntos, intercambio de inteligencia, coordinación estratégica en foros multilaterales como la ONU o los BRICS son manifestaciones concretas de una alianza que, aunque pragmática y asimétrica, es fundamental para la supervivencia geopolítica de ambos actores frente a la presión estadounidense. Para Moscú, la asociación con Pekín constituye un salvavidas indispensable y una garantía de proyección de poder en un mundo crecientemente fragmentado.

Pretender que Rusia abandonará esta asociación estratégica a cambio de concesiones de corto plazo ofrecidas por Trump revela una grave subestimación de las dinámicas reales del poder contemporáneo. Como advierte John Mearsheimer, los estados, especialmente las grandes potencias, actúan primordialmente en función de su percepción de amenazas existenciales. Y para Moscú, la amenaza percibida proviene de Occidente, no de Pekín. La desconfianza hacia Estados Unidos está profundamente enraizada, alimentada por décadas de ampliación de la OTAN, de apoyo occidental a movimientos democráticos en el espacio postsoviético, y de sanciones económicas diseñadas explícitamente para debilitar a Rusia.

Más aún, el factor temporal agrava esta desconfianza. Mientras que Trump solo podría ejercer un mandato limitado hasta 2029, Vladimir Putin proyecta su permanencia en el poder hasta bien entrada la década de 2030. Desde la perspectiva rusa, cualquier acuerdo con Trump carecería de garantías de continuidad, mientras que la asociación con China ofrece previsibilidad, estabilidad y beneficios materiales tangibles.

En paralelo, las consecuencias de la política de Trump serían devastadoras para la arquitectura de seguridad europea y para el prestigio global de Estados Unidos. La retirada de tropas estadounidenses del flanco oriental de la OTAN, sumada al sacrificio explícito de Ucrania, destruiría la credibilidad de las garantías de seguridad que Estados Unidos ha ofrecido a sus aliados desde 1945. Países como Polonia, Rumanía o los Estados bálticos, sintiéndose vulnerables, podrían buscar alternativas autónomas, incluyendo el desarrollo de capacidades nucleares propias, desestabilizando aún más el sistema de no proliferación.

El poder blando estadounidense, basado en la confianza, el respeto a los compromisos y la promoción de un orden internacional basado en normas, sufriría un golpe del que podría no recuperarse en una generación. La percepción de Estados Unidos como un socio fiable se erosionaría no solo en Europa, sino también en Asia, América Latina y África, debilitando su capacidad para formar coaliciones estratégicas en futuras crisis.

En términos de competencia sistémica, la apuesta de Trump podría tener efectos paradójicos: lejos de debilitar el eje chino-ruso, podría fortalecerlo aún más. Al demostrar la inconsistencia del compromiso estadounidense, Washington incentivaría a Moscú y Pekín a consolidar su alianza, acelerando la formación de un bloque euroasiático antioccidental capaz de desafiar la primacía estadounidense en el siglo XXI.

La historia ofrece lecciones claras para quienes quieran verlas. Como subrayó Zbigniew Brzezinski, Eurasia es el tablero geopolítico más importante del mundo; perder influencia allí equivale a perder la primacía global. Abandonar Ucrania sin lograr una ruptura efectiva entre Rusia y China equivaldría a una retirada estratégica que tendría consecuencias de largo alcance no solo para Europa, sino para la posición de Estados Unidos en todo el mundo.

En definitiva, la política exterior no puede basarse en ilusiones ni en apuestas temerarias. Como enseñó Morgenthau, la fuerza de una gran potencia reside en su capacidad de leer correctamente la correlación de fuerzas y actuar de manera coherente con sus intereses permanentes. Sacrificar a un aliado estratégico, debilitar alianzas fundamentales y apostar por la ruptura improbable de una asociación consolidada entre adversarios constituye una receta para el declive, no para el fortalecimiento.

La historia de la diplomacia enseña que las maniobras audaces solo triunfan cuando se fundamentan en un entendimiento lúcido de las realidades estructurales. Ignorar esta verdad, en un momento de competencia global intensificada, podría acelerar la erosión del orden internacional que Estados Unidos ha construido y liderado durante más de setenta años. En geopolítica, como en la vida, traicionar tus principios y tus aliados a cambio de espejismos no solo es inmoral: es suicida.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer o escuchar más del autor:

Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

Avatar de Edgar Wellmann