
Lazos Culturales II
Ventana Cultural
Muchas veces, cuando estudiamos en el colegio, surge una pregunta inevitable: ¿por qué conocemos más sobre los aztecas, toltecas, mayas o incas, pero casi nada sobre culturas como la chavín, la lenca o la xinca? La respuesta es más simple de lo que parece. Al tratarse de civilizaciones extremadamente antiguas, profundamente simbólicas y espirituales, han sido sistemáticamente silenciadas, relegadas a una presencia marginal mediante la escasa o nula difusión de información.
En el caso de El Salvador, las evidencias arqueológicas hablan por sí solas. En distintos puntos del territorio se han encontrado cuevas con pinturas rupestres que confirman una ocupación humana milenaria. Las investigaciones señalan que la civilización lenca es mucho más antigua que los pueblos nahuas. Los primeros pobladores de este territorio fueron los lencas y los xincas; miles de años después aparecerían los nahuas y los mayas.
La cultura lenca fue enteramente matriarcal, organizada sobre la base de los guancascos, pactos sagrados establecidos entre los abuelos y los distintos pueblos. Estos se dividían en dos grandes formas de organización tribal: las maías y las púkaras.
El término Maía, entendido como territorio original, fue documentado durante el cuarto viaje de Cristóbal Colón. En las costas lencas de Honduras, los indígenas manifestaron proceder de Maía, razón por la cual el mapa recopilado en esa expedición denomina a la región lenca como Maían. Entre las maías o distritos reales se encuentran Sunsulaka, Chapeltike, Singualtike, Ikike, Tamanike, Manabike, Gualpilke, Raititi, Intipuká, Intibuká, Guarrapuka, Kauka, Akawa, Moncagua, Sapatagua, Salalagua, Moropala, Osicala, Arambala, Sensembra, Chilanga y Kelepa.
La púkara fue una segunda forma de organización dentro del mundo lenca. A diferencia de la maía, estaba conformada por poblaciones mixtas: familias de diversas tribus o lenguas, producto de la inmigración o la adhesión voluntaria de grupos foráneos que deseaban integrarse a la cultura lenca. Esto demuestra un sistema abierto, integrador y profundamente comunitario.
Al hablar de una cultura matriarcal, es indispensable no leerla con los lentes ideológicos actuales. En el sistema lenca, la mujer ocupaba un lugar central en la vida política, religiosa y cultural, no como figura de imposición, sino como eje de cohesión social y custodia de la memoria colectiva. Su autoridad no anulaba al hombre ni lo relegaba; organizaba los roles desde la complementariedad y el equilibrio. La transmisión del conocimiento, la toma de decisiones y el vínculo con la tierra estaban ligados a la figura materna, entendida como origen, continuidad y protección del pueblo.
Este orden social se sostenía en el anamelique, una norma espiritual que regulaba la vida comunitaria desde la armonía y el respeto al legado de los ancestros. No era una ley escrita, sino una ética viva: toda acción tenía consecuencias sobre el conjunto, y romper la armonía ponía en riesgo la continuidad del pueblo. Gobernar significaba cuidar, preservar y asegurar la permanencia de la vida común.
La organización política lenca se regía por dos fuerzas complementarias: la comishawal, líder espiritual y máxima autoridad política de las comunidades, y el manahuel, cacique y jefe militar. Las comishawales contaban con un cuerpo de mujeres guerreras llamadas quercas, quienes resistieron durante más de diez años el avance de los conquistadores españoles.
La historia de los lencas es extensa y aún poco explorada. Diversas investigaciones establecen vínculos con pueblos de Sudamérica, especialmente de Perú y Chile. El arqueólogo e historiador chileno Eduardo Latcham, por ejemplo, sostiene que los mapuches tendrían origen lenca, y señala la presencia de vocablos del quechua con raíz lenka, así como coincidencias culturales significativas.
En el territorio que hoy llamamos El Salvador —Managuara para los lencas y Kuxkatan para los nahuas pipiles— no nació una cultura menor ni tardía. Aquí se gestó una civilización profunda, antigua y silenciosamente resistente. Si durante mucho tiempo hablamos de mayas y aztecas como los “hombres de maíz”, especialmente los mayas, hablar de los lencas es hablar, con justicia, de los hombres y mujeres de raíz. Reconocerlos no es un gesto de nostalgia ni una concesión ideológica: es asumir que nuestra historia no comienza con la conquista ni con la colonia, sino con pueblos que entendieron la tierra como madre, la comunidad como destino y la memoria como deber. Volver la mirada a Managuara es volver a las raíces; y un país que reconoce sus raíces no retrocede, se afirma y se proyecta con mayor claridad hacia el futuro.

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