Cultura

El Lepra

Por fin llegó a la habitación de Enio. Su detective, quien estaba postrado en una cama con las sábanas sucias, sonrió al ver al comisario. En son de broma y como solía hacerlo, expresó que la Navidad se había adelantado y que Santaclós lo visitaba tempraneramente. El comisario Pérez Chanán revisó los comentarios del médico, los cuales estaban colgando de la cama de Enio. El olor del sitio era espantoso. Era una mezcla de tufos nauseabundos, fétidos, con alcohol, anestesia, sangre y sudor. Algunos pacientes se quejaban, otros bufaban con máscaras en la cara y alguno que otro comenzaba su proceso de fallecimiento. Las enfermeras caminaban con vasos de ponche. Las paredes permanecían decoradas con figuras navideñas, pascuas y venados.

Le lanzó algunas preguntas a Enio sobre posibles amenazas a su persona, algún problema de faldas o algún caso que pudiera estar relacionado con su ataque.

Enio expresó lenta y dificultosamente que había participado prácticamente en todos los casos con Fabio y él. Además, que estaba retirado de los amores furtivos y que por su cuenta no había nada pendiente o algo que no hubiera contado. Wenceslao le relató las llamadas telefónicas, las amenazas, la acción que derivó de ellas, o sea, el ataque al propio Enio y las exigencias de asesinar a los tres detenidos en el preventivo.

—¿Quiénes son esos muñecos a los que hay que matar, comisario?

—El lepra, El Cucaracha Eléctrica y El Muerto bañado. ¿Le dicen algo estos tres muñecos, Enio? —el comisario trató de contenerse, pues su detective no estaba para investigaciones, pero a como se desarrollaban los acontecimientos, prefirió lanzar la pregunta, como para refrescar la memoria del oficial herido sobre los delitos que habían cometido estos tres personajes.

Enio echó la cabeza y como niño que va a recitar la lección a la maestra comenzó a repasar mentalmente. Sus ojos reprodujeron en el sucio techo de la habitación las figuras imaginadas de lo que sus recuerdos rescataban del olvido.

—Como usted siempre dice, comisario, “vamos por partes”. El Lepra es miembro de una clica de la Mara Salvatrucha. Recuerdo que fue capturado en pleno centro de la ciudad, cuando caminaba con la cara cubierta con un pañuelo. Según testigos, había atracado varios negocios, pero en uno de los lugares donde robaba se desvaneció debido al exceso de droga dentro de su cuerpo. Algunos peatones llamaron a bomberos y policías. Los primeros le dieron respiración artificial y los nuestros le encontraron dentro de las bolsas de su pantalón montones de objetos robados, dinero, cocaína y algunas identificaciones falsas.

Anteriormente había participado en ataques contra miembros de nuestra institución, comisario, en extorsiones a pilotos del transporte público y a particulares. Su apodo derivaba del mal aspecto de su piel. Según investigaciones del Ministerio Público, siendo niño se acercó a la estufa y le cayó en los brazos una olla hirviendo con tamales en su interior. Las heridas en sus brazos, vientre y piernas ofrecen un aspecto bastante peculiar de su piel, ¿me entiende?

—Hay algo que me gustaría saber de este individuo. ¿Quién quisiera eliminarlo físicamente?

—Comisario. Déjeme decirle que podrían ser varios, comenzando por los pilotos de autobuses, pues usted sabe perfectamente que el hecho de que esté ahora detenido podría significar para ellos que se haya caído sobre ellos todo el peso de la ley. Otros interesados en que deje de existir podrían ser los comerciantes, pues la clica del Lepra robó almacenes durante un buen tiempo. Finalmente las víctimas de extorsión, que a estas será difícil su localización, pues usted sabe bien que la gente no siempre está dispuesta a denunciar.

—Enio, siento mucho que tenga que pasar por esto, pero le pido un esfuerzo más. Vamos a ver, ¿cómo está su información sobre El Cucaracha Eléctrica?

—Que se le activen las antenas comisario, pues déjeme recordarle que fuimos nosotros quienes lo fumigamos, perdón, capturamos. Ahora recuerdo. Solo déjeme pensar un poco porque tengo la boca reventada y realmente me duele mucho.

El médico entró intempestivamente. Con toda la jerga médica, le pidió al comisario Pérez Chanán que abandonara el recinto, ya que el paciente se encontraba aún en estado de shock y cualquier exceso podría provocarle serios daños emocionales o físicos.

Wenceslao se disculpó y salió de la habitación. Comenzó a caminar por los pasillos. Había pasado casi una hora desde la primera llamada. El individuo le había advertido claramente que los presos debían estar muertos a las doce.


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