
El otro precio del petróleo
Fectiva
La mayoría de las personas piensa en el petróleo como un combustible, un recurso que mueve autos, aviones y economías. Pero rara vez lo vemos como el cimiento que sostiene la producción de alimentos en todo el planeta. Por eso, cuando el mundo enfrenta tensiones geopolíticas como las que hoy sacuden a Irán y al Golfo Pérsico, conviene mirar más allá del precio del barril y preguntarnos cuál es el otro precio del petróleo, ese que no aparece en los mercados financieros, pero sí en los campos, en las cosechas y, finalmente, en nuestras mesas.
La agricultura moderna depende profundamente del petróleo. Los fertilizantes nitrogenados se producen a partir de gas natural; los pesticidas y herbicidas provienen de compuestos petroquímicos; la maquinaria agrícola funciona con diésel; y el transporte de alimentos, desde la semilla hasta el supermercado, requiere combustibles fósiles en cada etapa. Cuando el petróleo escasea o se encarece, toda la cadena alimentaria se vuelve vulnerable.
Hoy, esa vulnerabilidad está expuesta. El conflicto en Irán ha convertido al Estrecho de Ormuz en un punto de tensión militar. Ataques a buques, drones interceptados y amenazas cruzadas han elevado los costos de transporte y reducido la estabilidad del suministro energético. No hace falta un bloqueo total para generar estragos: basta con incertidumbre sostenida para que los precios suban y los mercados se tensen.
Los agricultores, especialmente en países en desarrollo, ya enfrentan costos crecientes para adquirir fertilizantes y pesticidas. Si estos insumos se vuelven inaccesibles, las cosechas se reducen y las plagas avanzan sin control. En regiones tropicales, donde los insectos y hongos atacan con mayor intensidad, la falta de agroquímicos puede significar pérdidas devastadoras. No es teoría: lo vimos en Sri Lanka cuando la prohibición abrupta de fertilizantes químicos provocó una caída histórica en la producción agrícola. Lo vimos en Ucrania, donde la guerra paralizó exportaciones clave de trigo y fertilizantes, afectando a países enteros en África y Medio Oriente.
Ahora, con la tensión en Irán, el riesgo se amplifica. Una crisis energética prolongada podría coincidir con una reducción global en la producción agrícola, creando un escenario donde los precios de los alimentos se disparen y millones de personas enfrenten inseguridad alimentaria. No es un escenario inevitable, pero sí un riesgo real que gobiernos y organismos internacionales observan con creciente preocupación.
El problema es que el sistema alimentario mundial está construido sobre la disponibilidad constante y barata de petróleo. Y aunque existen alternativas —agricultura: regenerativa, biopesticidas, energías renovables— ninguna está lista para reemplazar, en el corto plazo, la escala que exige alimentar a ocho mil millones de personas. La transición será larga, costosa y desigual.
Sin embargo, no todo es oscuridad. Las crisis, aunque dolorosas, también despiertan conciencia. Hoy más países están invirtiendo en la conversación global sobre seguridad alimentaria ya no es un tema técnico reservado a expertos; se ha convertido en una preocupación ciudadana, política y moral.
Y en medio de esta incertidumbre, vale la pena recordar que la esperanza no nace de la abundancia, sino de la confianza. La fe cristiana nos enseña que incluso en tiempos de escasez, Dios sostiene, guía y fortalece. No se trata de ignorar los desafíos, sino de enfrentarlos con responsabilidad y con la certeza de que no caminamos solos. La Biblia lo expresa con una sencillez poderosa: “El Señor dará fuerza al cansado y aumentará el vigor del que no tiene fuerzas.” (Isaías 40:29)
Que esa promesa nos inspire a actuar con prudencia, a cuidar la tierra que se nos ha confiado y a trabajar por un futuro donde la justicia, la solidaridad y la esperanza sean más fuertes que cualquier crisis energética.

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