
El trabajador frente a la inteligencia artificial
Poptun
Hay una escena que se repite con creciente frecuencia en Guatemala y que debería encender todas las alarmas. Cuando una persona necesita presentar un reclamo, obtener información o resolver un problema con su banco, su empresa de telefonía o el servicio de energía eléctrica, marca el número de atención al cliente y, al otro lado de la línea, encuentra una voz digital que la conduce por un menú interminable de opciones prediseñadas o un chatbot incapaz de comprender las particularidades de su situación.
Lo mismo ocurre cuando acudimos a un restaurante de comida rápida y vemos que las pantallas han sustituido a los cajeros. En los supermercados las cajas tradicionales con personas cobrando están desapareciendo en cambio hay cajas rápidas donde cada comprador realiza su cobro. En los parqueos ya no hay empleados en cabinas cobrando tarifas ni entregando tickets, en cambio hay maquinas cobradoras o bien cámaras con lectura de matrículas con inteligencia artificial que hacen el cobro directamente a la tarjeta de crédito de los suscriptores.
Poco a poco descubrimos que son cada vez menos las decisiones que dependen del criterio humano y cada vez más las que obedecen a algoritmos, protocolos automatizados o programaciones previamente definidas. La automatización se ha integrado de tal manera a nuestra vida cotidiana que hemos terminado por asumirla como algo natural, sin detenernos a reflexionar que detrás de cada pantalla, de cada respuesta automática, de cada chatbot, existe una persona que dejó de aparecer en la planilla. Hay una familia cuyos ingresos disminuyeron, una cotización menos al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social y un trabajador que no fue desplazado por falta de capacidad, sino porque una máquina resultó más rentable.
Durante mucho tiempo se creyó que las máquinas únicamente reemplazarían las tareas físicas o repetitivas, aquellas que exigían fuerza o movimientos mecánicos. Sin embargo, los avances recientes han demostrado que prácticamente ninguna actividad profesional es completamente inmune. Hoy existen programas capaces de elaborar diseños gráficos en segundos; plataformas que redactan contratos, analizan jurisprudencia y generan borradores de asesoría jurídica; sistemas que traducen documentos, producen textos periodísticos y colaboran en diagnósticos médicos con niveles de precisión cada vez mayores.
En China y Estonia por ejemplo, ya existen jueces robots que son sistemas de inteligencia artificial encargados de resolver casos de menor cuantía o disputas del entorno digital y en distintos países, la inteligencia artificial ya colabora con jueces y operadores jurídicos en la clasificación de expedientes, la búsqueda de precedentes y la elaboración de proyectos de resolución. En el deporte profesional, hay sistemas capaces de procesar millones de datos en tiempo real que permiten ajustar estrategias y maximizar el rendimiento de los equipos. En Arabia Saudita, Sophia, el robot humanoide desarrollado por Hanson Robotics, recibió la ciudadanía saudí. En el Reino Unido surgió incluso una candidatura política impulsada por inteligencia artificial bajo la promesa de adoptar decisiones libres de corrupción y nepotismo, y con dichas promesas obtuvo el cuarto lugar.
Sin lugar a dudas, la inteligencia artificial y la automatización han hecho más eficientes innumerables procesos, pero también nos recuerdan que las máquinas, por sofisticadas que sean, carecen de una capacidad esencialmente humana: comprender que no todos los casos son iguales y que detrás de cada situación existe una realidad que no siempre puede reducirse a datos y patrones estadísticos.
Sería un error interpretar estas reflexiones como una declaración de guerra contra la tecnología. La inteligencia artificial representa uno de los avances más extraordinarios de nuestra época. Gracias a ella se optimizan procesos, se reducen tiempos y se multiplican las capacidades humanas. Sin embargo, también resulta indispensable abrir una discusión seria sobre sus efectos en el empleo y sobre las medidas necesarias para evitar que el progreso tecnológico se traduzca en nuevas formas de exclusión social.
No es casual que el propio papa León XIV haya abordado esta preocupación en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, en la que advierte que la inteligencia artificial no debe convertirse en un instrumento de dominio sobre el ser humano ni provocar nuevas formas de exclusión. La automatización puede aumentar la eficiencia, pero pierde legitimidad cuando reduce a la persona a un dato, un algoritmo o un costo prescindible.
Frente a esta realidad, Guatemala no puede permanecer como un simple espectador. La velocidad con la que avanzan la inteligencia artificial y los procesos automatizados exige una respuesta legislativa urgente, derivado que cada vez hay más trabajos amenazados. Si el derecho laboral nació para proteger al trabajador frente a los excesos de la Revolución Industrial, hoy corresponde al Congreso de la República anticiparse a los desafíos de la revolución tecnológica.
La búsqueda de eficiencia y reducción de costos constituye una lógica natural de cualquier actividad empresarial. Sin embargo, la protección del empleo, la dignidad del trabajador y la estabilidad social son responsabilidades que corresponden al Estado. Por ello, resulta necesario debatir reformas que impidan que la automatización sea utilizada como una justificación para el despido masivo de trabajadores cuando existan alternativas de reconversión, capacitación o reasignación laboral.
La inteligencia artificial debe servir para potenciar las capacidades humanas, no para sustituir indiscriminadamente a quienes dependen de su trabajo para sostener a sus familias. El progreso tecnológico no puede medirse únicamente por el dinero que ahorra una empresa, sino también por la capacidad de una sociedad para garantizar que nadie quede excluido de sus beneficios.
La respuesta, desde luego, no consiste en combatir la inteligencia artificial. Sería tan absurdo como haber intentado detener la electricidad o Internet. El verdadero desafío consiste en impedir que el trabajador se convierta en la primera víctima de una tecnología creada precisamente para mejorar la vida humana. Porque una sociedad verdaderamente avanzada no es aquella que reemplaza a las personas por máquinas, sino aquella que utiliza las máquinas para mejorar la vida de las personas.




