
Entre Bolas y Bolos
Del Escritorio del General
La semana pasada cierra con una serie de hechos aparentemente aislados, pero que, en conjunto, permiten esbozar ciertas conclusiones sobre la situación política, institucional y moral de nuestro país.
Primero, el debate judicial en torno al partido Movimiento Semilla y los mandatos emitidos por un juez, en relación con el traslado de detenidos sindicados a otro tipo de prisiones, ha generado un profundo escándalo en el gobierno. Más allá de la forma, preocupa el fondo: la aparente intención del juzgador de intimidar, más que de impartir justicia. Si un juez actúa con ánimo de amedrentar, en lugar de garantizar un debido proceso y velar por la correcta persecución penal, todos los ciudadanos debemos alzar la voz. No se trata de defender culpables o inocentes, sino de salvaguardar los principios del Estado de Derecho, que nos protegen a todos.
Segundo, la investigación penal contra el director de organizaciones políticas y el director de informática del Tribunal Supremo Electoral, un órgano que ha venido acumulando descrédito, abre una ventana para esclarecer la duda nacional: ¿Fueron limpias las elecciones de 2023? ¿Se respetó la voluntad del pueblo o fuimos objeto de una imposición cuidadosamente orquestada? Son preguntas legítimas que, dos años después, siguen sin respuesta. En medio de esta tormenta, los ciudadanos se debaten entre bolas de rumores y bolos de poder que hacen y deshacen sin rendir cuentas.
A esto se suma una aparente fractura interna dentro del oficialismo. Los semilleros no están en paz. Se habla de vendettas políticas, de rupturas entre el presidente y algunos congresistas que consideran que el poder se les escapa. Se percibe desorden, falta de rumbo y ausencia de una línea clara de conducción. Lo jurídico se entremezcla con lo político, y el resultado es una justicia contaminada, una ciudadanía desinformada y un sistema institucional tambaleante.
La gran sorpresa de la semana llegó desde Costa Rica, cuando su presidente afirmó que la primera dama de Guatemala se encuentra en condición de exiliada. Esta declaración, de enorme gravedad, compromete no solo al gobierno guatemalteco, sino la imagen misma de la República. La Secretaría de Comunicación de la Presidencia respondió, intentando desmentir la versión y asegurando que la primera dama estaba cumpliendo funciones protocolares. Sin embargo, el vocero cometió un grave error al decir que los gastos no estaban siendo cubiertos por el Estado. Si la primera dama realiza funciones oficiales, debe haber respaldo institucional. Si no, se abre la puerta a conjeturas sobre una posible huida o encubrimiento. Hoy, la prensa internacional dice que se encuentra en México, aparentemente coordinando su seguridad ante una supuesta persecución penal contra ella, su esposo y la cúpula del partido oficialista.
La falta de transparencia en este caso solo refuerza el ambiente de incertidumbre. La ausencia de una declaración clara por parte del presidente sobre la situación de su esposa es inadmisible. No se trata de un chisme de cantina ni de una riña de bolos, sino de un asunto de Estado que debe aclararse con seriedad y responsabilidad.
Se suma a esto el rumor —quizás más que rumor— de una acalorada discusión entre un diputado oficialista y el propio presidente, donde se dice que hasta llegaron a los gritos. Esta escena, lejos de tranquilizar, expone una crisis de gobernabilidad que se percibe en todos los niveles: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La ciudadanía necesita certezas, no espectáculos.
Por si fuera poco, el país atraviesa una preocupante oleada de violencia. Asesinatos, ataques armados, muertes de niños, mujeres y hombres en distintos puntos del territorio reflejan una inseguridad creciente. Mientras tanto, la viceministra de Gobernación se limita a declarar que “las pandillas están en crisis”. Puede que así sea, pero el pueblo necesita explicaciones, soluciones y resultados, no frases vagas ni diagnósticos parciales. No se trata solo de maras o pandillas; hay una descomposición social más profunda que no se está enfrentando con la seriedad necesaria.
La sensación generalizada es que el Estado ha perdido el control. Cada funcionario parece actuar por cuenta propia, guiado más por intereses personales que por el bienestar nacional. La falta de liderazgo es evidente. No se observa una cabeza que coordine, que dirija, que imponga el orden y trace el rumbo. El desorden parece institucionalizado, y eso es lo más peligroso.
Guatemala está inmersa en una crisis política, institucional, social y moral. Entre bolas de rumores y bolos de poder que se tambalean, la Nación corre el riesgo de quedar atrapada en una espiral de descomposición sin retorno.
Pero la patria no se abandona en tiempos de crisis. La patria se salva, O se salva.
Adelante, con espíritu de vencedores.

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