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Guatemala en el terremoto global (Entrega II de VI)

Zoon Politikón

«Cuando el petróleo sube, el reclutador llega»

La conexión que los análisis de seguridad no quieren hacer

El Estado de Sitio de enero de 2026 demostró algo que muchos dudaban: que Guatemala puede controlar su territorio cuando decide hacerlo. Ciento cuarenta y nueve votos en el Congreso, operaciones coordinadas en tres centros penitenciarios, estructuras criminales interrumpidas temporalmente. El Estado actuó. Lo que ese decreto no respondió —y lo que nadie ha querido formular en voz alta— es qué pasa cuando el deterioro económico externo le quita al Estado los recursos para seguir decidiendo.

La cadena que describió la entrega anterior —petróleo, fertilizantes, transporte, canasta básica— no termina en la tienda del barrio. Tiene un sexto eslabón que los análisis económicos raramente incluyen porque cruza de disciplina: cuando el ingreso real de las familias cae y el Estado retrocede por presión fiscal, el crimen organizado no necesita reclutar activamente. Solo necesita estar disponible donde el Estado no está.

El mecanismo es preciso. El shock energético encarece combustibles e insumos agrícolas. El ingreso real de las familias rurales cae, especialmente en los municipios de alta dependencia agrícola y remesas. La crisis fiscal comprime el gasto público en presencia territorial: policía, salud, educación y servicios básicos en zonas marginales son los primeros en sentir el recorte.

En ese vacío, el crimen organizado opera con una eficiencia que ningún ministerio ha igualado. Tiene liquidez permanente. Tiene presencia territorial consolidada en zonas donde el Estado lleva años siendo intermitente. Y tiene algo que el mercado formal no puede ofrecer en condiciones de crisis: una oferta de ingreso inmediato sin requisitos ni espera.

No es reclutamiento activo. Es disponibilidad estratégica. Y funciona porque el Estado, en esos territorios, ya no está.

Ese mecanismo no es abstracto. Tiene rostro. Para un joven en un municipio de San Marcos con el jornal reducido, sin remesas suficientes y sin servicios públicos funcionales, la oferta no llega con violencia ni con amenaza. Llega con trabajo, con ingreso inmediato, con jerarquía clara. Según reportes de organizaciones especializadas en seguridad regional como InSight Crime, la presencia del Cartel de Sinaloa en el occidente guatemalteco —documentada desde finales de 2025 en municipios fronterizos de San Marcos y Huehuetenango— no ocurrió en el vacío. Ocurrió en comunidades donde el deterioro económico acumulado había erosionado las condiciones de vida y donde la presencia estatal nunca fue sólida. La confrontación con estructuras locales vinculadas al Cártel Jalisco Nueva Generación que siguió no fue una irrupción súbita. Fue la expresión visible de un proceso de expansión que llevaba meses avanzando en silencio.

Los carteles leen la coyuntura económica con más precisión que muchos ministerios porque de esa lectura depende su expansión. Un municipio con remesas en caída, empleo agrícola deprimido y servicios públicos deteriorados no es solo una comunidad en crisis. Es, para un actor criminal con recursos, una oportunidad de mercado.

Eso es lo que la guerra en Irán activa en el occidente guatemalteco. No directamente. No con misiles ni con comunicados. Con la cadena silenciosa que va del precio del barril al ingreso del jornalero, del ingreso del jornalero al presupuesto del Estado, y del presupuesto del Estado a la presencia territorial que decide quién manda en cada comunidad.

Conviene ser precisos sobre lo que el Estado de Sitio puede y no puede hacer frente a este mecanismo. Puede interrumpir estructuras criminales existentes, como demostró en enero. Puede recuperar el control de centros penitenciarios que operaban como sedes administrativas del crimen. Puede generar un período de alivio operativo para las comunidades y empresas que pagaban cuotas de extorsión. Todo eso es real y tiene valor.

Lo que no puede hacer es resolver las condiciones que generan la vulnerabilidad original. Si el shock económico externo sigue deteriorando el ingreso de las familias rurales y la presión fiscal sigue reduciendo la presencia del Estado en territorios marginales, el reclutamiento criminal encuentra condiciones estructuralmente favorables que ningún decreto de excepción puede eliminar. El Estado de Sitio es el instrumento correcto para el problema incorrecto. Resuelve la manifestación. No toca la causa.

Guatemala no puede detener la guerra en Irán. No puede evitar que el precio del petróleo suba ni que el ingreso rural caiga. Lo que sí puede decidir es si el Estado estará presente en los territorios vulnerables antes de que el crimen llegue, o si llegará después, cuando recuperar ese espacio costará mucho más de lo que habría costado no perderlo.

En los territorios del occidente guatemalteco, cuando el Estado llega tarde, ya no llega a gobernar. Llega a recuperar lo que alguien más administra. Y recuperar siempre cuesta más que no perder.

«Guatemala en el terremoto global» es una serie de seis entregas sobre el impacto del reordenamiento geopolítico global en Guatemala.

Próxima entrega: «El ministerio que no existe» — Veinte mil millones de dólares sin política de Estado.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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