Luis Enrique Pérez
Testimonio de un amigo
Conocí a Luis Enrique Pérez hace más de 50 años, cuando coincidimos en un grupo de lectura y discusión que llamamos «El ateneo liberal» y que muy pronto dejó de ser de lectura para convertirse solo en discusión. Lo integramos Manuel Ayau (Muso), y también Olga María la mayor de sus hijos. Durante su permanencia en Guatemala, Alberto Benegas Lynch, ahora honrado repetidas veces por Milei, llegaba siempre. Mario David García y Francisco Pérez de Antón también formaban parte del grupo.

Entonces, Luis Enrique trabajaba con Mario David en la creación de «Aquí el mundo» que llegaría a ser el telenoticiero mejor reputado del país. Una de esas “noches de Ateneo”, celebramos su primera teletransmisión.
Las reuniones eran en diferentes casas, al principio de la noche. Pero con mayor frecuencia sucedieron en la residencia de Marta Altolaguirre, quien siempre fue una anfitriona estupenda. También nos reunimos en la de Fernando Linares, la de Sandra y Ramiro Alfaro, la de Rosa María Gomar, donde Paco Pérez o en la mía.
Con Juan Carlos Simons y Julio Cole, a menos de que mi memoria haya tenido otro desliz, ellos cerraban aquel grupo que se mantuvo durante más de quince años. Después de varios años sin vernos como grupo, la última reunión del Ateneo fue a principios de 2022.
Luis Enrique era demoledor cuando tenía frente a él a un oponente ideológicamente opuesto. Recuerdo a un alemán que se presentaba como poderoso eco terrorista en los años 90, seguidor de Severn Cullis Suzuki, la ecologista que causó pavor con teorías de deshielo e inundaciones en todo el planeta. Este alemán, cuyo nombre olvidé, tenía sus oficinas muy cerca del Colegio Americano en la zona 16. Luis Enrique destruyó una por una todas sus teorías. Lo masacró.
Dionisio Gutiérrez invitaba con frecuencia a Luis Enrique a su programa «Libre encuentro», también invitaba a personajes importantes de otros países. La discusión terminaba siendo entre el invitado insigne y Luis Enrique, quien frecuentemente resultaba ganador.
A fines del siglo pasado, Fritz Garcia Gallont, siendo ministro de comunicaciones, nos invitó a integrar una comisión que buscaba ampliar el sistema portuario con seis nuevas terminales, tres en el Pacífico y otras tres en el Atlántico. La misión también era proveer de una nueva terminal aérea a nuestro país. Ambos proyectos quedaron muy avanzados pero sin terminar.
Luis Rabbé, el infame sucesor de Fritz sólo sabía que los puertos estaban cerca del mar y pensaba que los aeropuertos eran como parqueos, pero de aviones. Sospecho que Alfonso Portillo nunca supo cuánto daño causó a Guatemala cuando nombró a ese funcionario venal.
Una vez que lo invite a almorzar a mi casa, le llevo a mis hijos un juego para armar circuitos electrónicos. De haber sido mayores les habría llevado libros. Pero carritos o pistolas no. Lo suyo era la mente, la razón y, fundamentalmente, dentro de la filosofía, la lógica.
Ya en este siglo, me reuní algunas veces con Luis, para beber cerveza, charlar, discutir de política, o para oírlo discernir sobre Nietzsche, Schopenhauer o Kant. Alguna vez, Spinoza o Wittgenstein compartieron tertulia con nosotros. A ninguno de los dos nos gustaba Hegel. Desde luego, en esas reuniones Luis, quien sabía mucho más, era el maestro y yo el alumno.
También en música. Sus favoritos eran Beethoven y Bach. Conocía y reconocía sus obras. Una vez quise hacer un experimento con él: Lo llevaría a la escuela primaria de Joya de las Flores, en San Juan Sacatepéquez. También debíamos llevar unas bocinas de alta fidelidad y un buen reproductor para escuchar una de las obras de Beethoven a elección de Luis. Pediríamos a los niños cerrar los ojos y escuchar. Luis les explicaría la música, los sentimientos que expresaba e identificaría los diferentes instrumentos que participaban y su particular sonido. Dije que, si al experimento asistían unos 50 niños, quizá dos o tres serían músicos en el futuro. Quizá todos se queden dormidos bromeó Luis, mientras aceptaba hacerlo. Aquel experimento nunca se realizó.
Con el empuje del espíritu empresarial de Alfonso Rodríguez, Luis Enrique dirigió el telenoticiero “Sin Censura”. Contó con el apoyo de Jorge Jacobs en la parte noticiosa. La innovación era un editorial breve, diario, a cargo de conocidos y amigos suyos quienes aceptaron colaborar con el proyecto. Pero no consiguieron una pauta publicitaria adecuada y tuvieron que cerrar. “Sin Censura” tuvo una vida corta.
Los artículos de opinión que publicó en Prensa Libre, El País, Siglo Veintiuno, Pi, Plaza de Opinión y en sus redes sociales, tienen un distintivo: El uso de la razón lógica. Son como los peldaños de una escalera que le permiten llegar, peldaño por peldaño, hasta la conclusión que busca demostrar. Escoge las palabras con detenimiento, sin prisa, las sustituye varias veces, como un compositor que va cambiando notas en una melodía y las reproduce en el piano hasta encontrar la precisa. No se trata solo del fondo de la narración, decía. La forma es de la mayor importancia. Pero aquí ya no hablaba de periodismo sino de literatura.
Una vez, nos encontramos en un hotel para asistir a una conferencia donde había muchos periodistas y gente de letras. Luis llegó apoyándose en bastón y me explicó que tenía un problema en el oído que le hacía perder el equilibrio. En eso estábamos cuando se acercó a nosotros Marta Pilon de Pacheco, quien lo saludó con el aprecio y cariño de una vieja amistad. Le reclamó que ya no hubiera escrito poesía. No conocía esa faceta suya y pedí a Marta que me contara más. Dijo que era un gran poeta. Aquí, agregó viendo hacia los demás, no hay quien lo iguale. Y en la categoría de cuento, es excepcional. Marta era una autoridad y oírla expresarse así de Luis Enrique era un juicio que debía ser tomado muy en serio.
En los últimos años advertí que Luis Enrique se había vuelto un tanto intolerante. Estaba dispuesto a terminar con una vieja amistad por un desacuerdo poco importante. Una vez le dije que construir una relación de amistad es algo que toma mucho tiempo, mientras que romperla solo requiere de un instante. No me contradijo, aunque sí calificó los términos. De todas formas nuestra amistad entró en suspenso un par de veces en este siglo.
La última vez que lo vi fue en agosto del año pasado, durante un homenaje a Manuel Ayau en el Mayan Golf Club de Amatitlán. Luis presentó en esa ocasión su último libro (4.ago.25) titulado: Manuel Francisco Ayau Cordón. Pensamiento, obra y época. Una evocación en el centenario de su nacimiento. Compré un ejemplar para mí y otro para un buen amigo común. Luis fue muy generoso en la dedicatoria que escribió en mi copia.
Adiós, amigo.


