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LA HISTORIA DEL MANGO

Editado Para La Historia

Dedicado a mi amiga-hermana María Eugenia Núñez, amante de los mangos de mi jardín.

En casa tengo un jardín bastante grande con varios árboles frutales. Uno de ellos es un mago Manila cuya producción este año fue de más de mil mangos. En honor a ese árbol escribo esta crónica. 

Hay frutas que uno come y no calan en el gusto, mientras que hay frutas que parecen traer bajo el brazo su larga historia y nos seducen por su exquisito sabor. El mango pertenece a esta segunda categoría. No sé si a ustedes les ocurre lo mismo, pero cada vez que pelo uno bien maduro y aparece esa pulpa dorada, perfumada y casi insolentemente dulce, me cuesta creer que semejante maravilla sea simplemente una fruta. Tiene algo de tesoro tropical, de regalo de la naturaleza, de algo inalcanzable para algunos y que uno tiene al alcance de la mano. Y, como suele suceder con los grandes regalos, su origen está rodeado de antigüedad, viajes y leyendas.

El mango nació hace miles de años en el sur de Asia, particularmente en la región que hoy ocupan partes de la India, Bangladesh y Myanmar. Allí crecía silvestre mucho antes de que existieran los imperios que luego dominarían aquellas tierras. Los botánicos piensan que los seres humanos comenzaron a cultivarlo hace más de cuatro mil años. Cuando uno piensa en esa cifra, resulta inevitable sentir cierta humildad. El mango lleva milenios acompañando a los hombres.

Sin embargo, la India regaló el mango a la humanidad y también le dio un lugar privilegiado en la imaginación. En pocas culturas una fruta ha sido tan querida. Los antiguos textos sánscritos ya lo mencionaban. Inspiraba a poetas, los artistas lo pintaban, los jardineros de los reyes competían por producir los ejemplares más bellos. Incluso hoy, para muchos indios, el mango sigue siendo el rey de las frutas.

Las leyendas comenzaron pronto. Una de las más conocidas cuenta que el árbol del mango fue un regalo de los dioses. En algunas versiones aparece asociado a la fertilidad, la abundancia y el amor. No es difícil entender la razón. Un árbol maduro puede producir cientos de frutos, incluso más de mil como el mío. En algunos países, bajo su sombra se reúnen familias enteras. Sus hojas se utilizan en ceremonias religiosas y decoraciones festivas. Y es que el mango alimenta tanto el cuerpo como el simbolismo.

Existe una historia particularmente hermosa relacionada con el budismo. Se dice que Buda recibió como obsequio un huerto de mangos de parte de una cortesana llamada Amrapali. Allí habría enseñado a sus discípulos y pasado temporadas de meditación. Otra tradición relata que plantó una semilla de mango y que, milagrosamente, el árbol creció en una sola noche. Como ocurre con muchas narraciones antiguas, lo importante no es determinar cuánto hay de verdad histórica, sino comprender el mensaje: el mango aparecía asociado a la sabiduría, a la generosidad y a la vida espiritual.

Pero si las leyendas le dieron un origen celestial, fueron los comerciantes quienes lo llevaron por el mundo. Los viajeros, mercaderes y navegantes descubrieron pronto que aquella fruta extraordinaria merecía cruzar fronteras. Hacia el siglo IV antes de nuestra era, ya era conocido en amplias regiones del subcontinente indio. Más tarde, los comerciantes persas ayudaron a difundirlo hacia el oeste. Luego llegaron los árabes, grandes maestros del intercambio cultural y comercial, que lo introdujeron en nuevas tierras.

Sin embargo, el verdadero salto global ocurrió muchos siglos después, durante la era de las grandes navegaciones. Los portugueses, fascinados por el mango cuando llegaron a la India en el siglo XVI, decidieron llevarlo a sus colonias de África y posteriormente a Brasil. Desde allí inició una nueva etapa de conquistas, esta vez pacíficas, dulces, deliciosas… Poco a poco se extendió por la América tropical hasta convertirse en una presencia habitual en México, el Caribe y por doquier donde una temperatura generosa lo permitiera. El mango recorrió miles de kilómetros gracias a personas que reconocieron su valor y quisieron compartirlo con otros pueblos.

Con el tiempo surgieron cientos de variedades. Algunas son pequeñas y muy dulces. Otras son grandes y fibrosas. Algunas desprenden aromas florales. Otras recuerdan a la miel o a las especias. Los agricultores fueron seleccionando cuidadosamente los árboles más productivos y sabrosos, hasta crear la extraordinaria diversidad que conocemos hoy. Cuando observamos un mercado repleto de mangos de distintos colores y formas, estamos viendo el resultado de siglos de paciencia agrícola de muchos que nos precedieron y cuyos nombres fueron olvidados. Unos hablan de más de 70 variedades, otros llevan esta cifra a más de 2000.

Quizás por eso el mango conserva un encanto especial. A diferencia de muchos lujos, sigue siendo profundamente cercano. No exige ceremonias complejas ni conocimientos sofisticados. Basta con pelarlo y dejar que su aroma haga el resto. Tal vez esa sea la razón por la que ha sobrevivido a imperios, religiones, rutas comerciales y cambios de civilización. Durante más de cuatro mil años ha acompañado a millones de personas en momentos cotidianos: una comida familiar, una tarde calurosa, un mercado bullicioso, una sombra fresca bajo un árbol… un deleite asegurado.

Cada vez que saboreamos uno, de alguna manera participamos en una historia que comenzó hace milenios en los bosques húmedos del sur de Asia. Una historia de agricultores, viajeros, emperadores y monjes. Una historia que demuestra que, en ocasiones, las mayores aventuras del mundo tienen el color dorado de un mango maduro.

Ahora dígame querido lector. ¿A que no le satisface un rico mango frío en una tarde de verano? Y eso que no ha probado los de mi árbol.

Franck Antonio Fernández Estrada

traductor, intérprete, filólogo ([email protected])

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