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La historia que no supimos evitar

Una Guatemala Diferente es Posible

En Guatemala solemos hablar del crimen organizado como si hubiera aparecido de la nada, como si un día nos despertamos y los cárteles, las maras y las redes de corrupción estuvieran ahí, listos para gobernar las calles y las instituciones, pero la verdad es otra: esta amenaza tiene raíces profundas, con causas políticas, históricas y geográficas muy claras.

Durante los años más duros del conflicto armado, el Estado a través de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional mantenía un control férreo del territorio, era un control autoritario, centralizado y muchas veces abusivo, motivado por la lógica contrainsurgente, pero también era un control que dificultaba que las mafias transnacionales encontraran espacio para crecer. La presencia militar se extendía incluso a las regiones más apartadas y fronterizas, en aldeas remotas, un destacamento podía significar el único símbolo visible del Estado, aunque fuera con fusil en mano.

Ese despliegue no permitía que redes criminales operaran a gran escala, los delitos existían, sí, pero solían ser de carácter local, fragmentados y con poco margen para expandirse, cualquier agrupación que pretendiera crecer, lo hacía en las sombras y bajo el riesgo constante de ser neutralizada por la fuerza.

La llegada de la democracia en 1986 y la firma de los Acuerdos de Paz en 1996 cambiaron por completo el paradigma, ganamos derechos y libertades que eran irrenunciables. Se redujo el tamaño del Ejército, se eliminaron destacamentos en muchas zonas rurales, y se separaron las funciones militares y policiales para dar paso a una fuerza civil de seguridad pública, fue un cambio necesario para transitar hacia un Estado democrático, pero cometimos un error histórico: retiramos al Estado de vastas zonas del país sin construir antes un modelo de seguridad moderno, profesional y eficaz.

La frontera con México es el ejemplo más claro, son más de 900 kilómetros lineales, en su mayoría selváticos, montañosos o de difícil acceso, antes, estas rutas eran controladas por militares, con la salida de estos de estas zonas fronterizas,  y sin refuerzo policial suficiente, estas se convirtieron en corredores perfectos para el contrabando, y más tarde, para el narcotráfico,  los cárteles encontraron en Guatemala no solo un paso estratégico hacia Estados Unidos, sino también un lugar para instalar operaciones logísticas, reclutar colaboradores y corromper autoridades.

El crimen organizado no apareció de golpe, se fue gestando en ese vacío de poder, en esos territorios olvidados donde el Estado dejó de ser una presencia real, el abandono institucional fue el terreno fértil en el que florecieron economías ilícitas que hoy nos afectan a todos, y cuando el Estado quiso reaccionar, ya no se trataba de frenar pequeños grupos, sino redes transnacionales con recursos, armamento y conexiones políticas.

Hoy la lección la tenemos frente a nosotros, la seguridad no se improvisa y los vacíos de poder siempre son ocupados por alguien, si ese “alguien” no es el Estado, lo será el crimen organizado, y cuando el crimen se instala, no solo se pierden territorios, se pierden vidas y  también, la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.

Si queremos revertir este rumbo, debemos hacerlo con una visión estratégica, un Estado presente en todo el territorio, respetuoso de los derechos humanos pero firme contra el delito; una policía profesional que inspire respeto y no temor; un sistema judicial blindado contra la corrupción. No es una tarea de un año ni de un gobierno, es la prioridad de una generación entera.

AL RESCATE DE GUATEMALA.

GUATEMALA NECESITA DE SUS MEJORES HOMBRES Y MUJERES.

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