
La ironía del poder: entre populismos, regresiones ideológicas y el extravío continental
Del Escritorio del General
Irónicamente, nos enfrentamos a un escenario disímil, convulso e inexplicable. Esta situación se manifiesta tanto a nivel global como en nuestra Guatemala y las regiones latinoamericanas. Resulta paradójico que en Colombia se esté condenando al expresidente Álvaro Uribe, un líder liberal exitoso en su gestión administrativa; mientras tanto, en Brasil, Jair Bolsonaro es perseguido por sus opositores, a pesar de haber dado estabilidad y dirección a un país desgarrado por la corrupción. En contraste, su adversario Lula da Silva, sentenciado en el pasado por corrupción, ha vuelto al poder por el voto popular. Tremenda ironía.
En Centroamérica, la paradoja continúa: Nicaragua persiste en un socialismo populista y dictatorial; Honduras comienza a perfilarse en esa línea; y El Salvador ha tomado un rumbo autoritario, limitando procesos democráticos bajo la excusa del orden. Todo esto configura una ironía política regional donde gobiernos marcadamente autoritarios y de izquierda afirman representar la voluntad popular, aunque sus políticas empobrecen, reprimen y fragmentan.
Colombia, por ejemplo, es hoy gobernada por un liderazgo con pasado guerrillero, permeado por la influencia del narcotráfico. Nicaragua mantiene un régimen nefasto, corrupto y represivo. Brasil vive una contradicción entre el liderazgo progresista de Lula —cuestionado por su historial judicial— y una oposición de derecha cada vez más arrinconada. Y sin embargo, los pueblos votan por estos líderes. Una ironía monumental. ¿Qué tipo de desarrollo político puede esperarse cuando las decisiones electorales parecen ignorar la lógica, la historia y la experiencia?
Irónicamente, estos nuevos gobiernos parecen estar más interesados en perpetuar una narrativa de lucha de clases y dependencia estatal, que en impulsar desarrollo real. Marxistas radicales, disfrazados de demócratas, han encontrado fórmulas para manipular instituciones, reescribir historias y empobrecer pueblos en nombre de la justicia social. Así ocurrió en Venezuela con Chávez, así sucede con Ortega en Nicaragua, y así pretenden hacerlo muchos otros a lo largo del continente.
La prensa reporta escándalos cada semana: fugas de prisión, intentos de asesinato contra líderes opositores, juicios politizados, persecuciones judiciales y legislaturas controladas por ideologías extremas. En Guatemala, como en otros países, se observa una peligrosa normalización de estas prácticas, mientras los ciudadanos son distraídos con dádivas que sustituyen la política pública. Es el “pan de hoy, hambre de mañana”, como decía mi abuela.
Es irónico que la izquierda, que tanto pregona justicia, se limite a repartir bienes en lugar de construir futuro: ni infraestructura económica, ni inversión en ciencia, ni educación tecnológica. La inteligencia artificial, que está revolucionando el mundo, no ocupa un lugar en la agenda de estos gobiernos. Y peor aún, en lugar de formar jóvenes para competir en un mundo globalizado, se les adoctrina con consignas del siglo pasado.
Otro ejemplo absurdo —y profundamente irónico— es el caso de los médicos cubanos contratados por países como Guatemala. Se les paga sumas millonarias al régimen cubano, mientras a los médicos se les retribuye con una miseria. Esta relación colonial disfrazada de cooperación es una bofetada a la ética y a la soberanía. Somos incongruentes. Atrofiamos nuestros sistemas de salud y premiamos a un régimen opresor.
Irónicamente, estas decisiones generan cada vez más controversia, más polarización y menos desarrollo. Quienes hoy ejercen el poder, en muchos casos, no están preparados para gobernar. Actúan para el momento, no para el largo plazo. Reparten productos y prebendas como si fueran logros de gestión, mientras ignoran que la historia —tarde o temprano— los juzgará con crudeza.
La situación política del continente, y de muchas partes del mundo, avanza sin ninguna ventaja para la población. Solo crece la confusión, el fanatismo, la persecución de ideas y el enfrentamiento de ocurrencias. En lugar de construir consensos y visión de futuro, nos sumimos en discursos estériles y confrontaciones ideológicas.
No podemos —ni debemos— resignarnos ante esta realidad política tan irónica, confusa y corrupta. Provocar disociaciones sociales es fácil para la izquierda radical: generan los problemas, aparentan tener las soluciones, crean pobreza y la usan como excusa para obtener más poder. Pero jamás proponen verdaderos caminos para el desarrollo.
Lo verdaderamente grave es que, irónicamente, se presentan como los únicos con una solución total. Y su propuesta es simple: empobrecer a todos por igual. Esa es la gran mentira del igualitarismo radical. Seguimos atrapados en este juego perverso, donde lo viable se sustituye por lo ideológico, y la esperanza se sacrifica por el control absoluto.
Los ciudadanos conscientes debemos mantenernos firmes. Defender la libertad no es una consigna, es una acción diaria. Debemos seguir adelante con espíritu de vencedores.

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