
La noche en que la moda se convirtió en voz
Hay noches que no se cuentan con el reloj, sino con el pulso. Noches en las que el brillo de los focos no deslumbra, sino que ilumina lo esencial. El pasado 14 de febrero, en el Hotel SB Diagonal Zero de Barcelona, la V edición de los Premios Iberoamérica Empresariales (PRIE) demostró que el reconocimiento, cuando se otorga con criterio, puede convertirse en un espejo donde se refleja lo mejor de una comunidad.
Doce categorías. Doce historias. Doce formas de entender que emprender no es solo ganar dinero, sino dejar huella.
Allí estaban, representando la savia que alimenta el desarrollo de Iberoamérica: Tentación Criolla en Gastronomía, llevando los sabores de nuestra tierra a nuevos horizontes; María Barcelona Peluquería en Belleza, demostrando que la estética puede ser arte; Dental Gloria en Salud, cuidando lo más preciado; Soraya Quintana en Literatura, construyendo mundos con palabras; ING Tony Rodríguez en Empresa, tejiendo el futuro del tejido productivo; Diego Mejía en Trayectoria profesional, ejemplo de constancia y excelencia; Fundación Espartanas en Labor social, recordándonos que nadie se salva solo; y junto a ellos, los galardonados en otras categorías que completaban un mapa excepcional del talento iberoamericano.
Pero hubo un instante preciso en que la velada dejó de ser una gala para convertirse en una declaración de principios. Ocurrió cuando Blanca Rigau, creadora de la firma sostenible e inclusiva que lleva su nombre, subió al escenario a recoger el galardón de moda.

El jurado —formado por Yamira Guijarro, escritora de «Abundancia de vida»; Ángel Higuera, propietario del restaurante Tío Papelon; Marco Sánchez, abogado y presidente de la Asociación de Profesionales Iberoamericanos; Pilar Espinoza, dentista y propietaria de Clínica Mar Dent; y Brenda Zambrano, directora de Xatruch 504 , el primer periódico hondureño en España— había tenido claro que la trayectoria de Rigau merecía este reconocimiento. No solo por la excelencia de sus diseños, sino por su compromiso con una moda que celebra la diversidad de tallas, edades y etnias, promoviendo una visión donde la belleza nace de la autenticidad y el respeto.
Allí estaban, entre las autoridades asistentes, Ernesto Carrión, diputado del Parlament de Catalunya; Jordi Martí Galvis, regidor y presidente de Junts Barcelona; Susana Cleresi, Secretaria de Migración del PPC y Consejera del distrito de Horta; Gina Pol, Secretaria de Igualdad de la Generalitat de Catalunya; y Marco Sánchez, también presente como parte del jurado. Todos ellos, junto a empresarios y profesionales llegados de distintos puntos de Iberoamérica.
«Esta nominación —comenzó Rigau con una serenidad que solo concede la convicción profunda— es un recordatorio de todo lo que se vuelve posible cuando la moda sirve a un propósito más grande que ella misma. Cuando camina de la mano del coraje. Cuando elige la compasión».
Y entonces sus palabras dejaron de ser las típicas de una agradecida galardonada para convertirse en un manifiesto, una declaración de intenciones. Porque cuando nos vestimos —prosiguió—, no solo cubrimos cuerpos. Construimos confianza. Restauramos dignidad. Y le decimos al mundo que quienes han sido ignorados, silenciados o heridos son vistos, importan y su historia tiene valor».
Ahí reside la grandeza de Blanca Rigau. No en los vestidos que diseña sino en la mirada con la que los concibe. Para ella, la moda no es frivolidad. Es herramienta de transformación social. Es armadura para los que han sido despojados de su dignidad. Es bandera para los que han sido silenciados.
Blanca dedicó el premio a quienes han sufrido acoso escolar o han dudado de sí mismos. «El físico siempre cambia —recordó—, pero la esencia permanece». Y lanzó un mensaje de aliento a todos aquellos que alguna vez se han sentido invisibles: con determinación y perseverancia, los sueños sí pueden cumplirse.
He cubierto decenas de galas a lo largo de mi carrera. He visto a artistas llorar, a empresarios emocionarse, a políticos fingir sentimientos que no tenían. Pero hacía años que no presenciaba a alguien hablar de su oficio con semejante convicción, casi mística.
Y entonces llegó la promesa. Esa que separa a los verdaderos líderes de los meros ocupantes circunstanciales del éxito:
«Prometo seguir utilizando mi voz, mi trabajo y esta plataforma para defender la bondad, la justicia y la inclusión. No como una idea, sino como una acción. No algún día, sino ahora. En equipo, porque en equipo siempre se llega más lejos».
El auditorio estalló en aplausos. No era el aplauso protocolario de compromiso. Era ese aplauso que nace del estómago, ese que no se puede fingir, ese que reconoce cuando alguien acaba de decir una verdad incómoda y necesaria.
Pasada la medianoche, cuando los invitados comenzaron a abandonar el Hotel SB Diagonal Zero, algo flotaba en el aire. Algo que iba más allá del éxito de una gala bien organizada. Quedaba, sobre todo, la certeza de haber presenciado algo importante. No un simple reparto de premios, sino una afirmación colectiva de que otro mundo es posible. Un mundo donde el éxito se construye colectivamente, donde la belleza tiene propósito y donde doce historias —las de todos los galardonados— nos recuerdan por qué merece la pena levantarse cada mañana a construir, crear y soñar.
Porque al final, como dijo Blanca Rigau, no se trata de ideas. Se trata de acciones. No se trata de algún día. Se trata de ahora.
Y aquella noche, en Barcelona, fue el momento de doce emprendedores que demostraron que Iberoamérica no es solo un concepto geográfico: es una forma de entender el mundo.
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