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Parece que fue ayer

Antropos

Parece que fue ayer, cuando te vi aquella tarde en primavera. Parece que fue ayer cuando las manos te tomé por vez primera”. Cantan los cantantes Armando Manzanero, Vicente Fernández y Ana Gabriel.

Es un verso de una canción romántica mexicana que resuena en mis oídos al recordar tantas cosas de mi propio caminar. Por ejemplo, cuando al subir las gradas hace algunos años de un bus con destino a Costa Rica, mi madre me despidió con sus ojos llorosos y una sonrisa de alegría en sus labios, porque desde su tierno corazón, percibía que era por un destino mejor para mi persona. Nos bendijo y dejó en nuestras manos un paquete de panes franceses con frijoles volteados para el camino. Mientras tanto, mi padre a esas horas sudaba a chorros en trabajos de construcción como carpintero que era.

Fue un boleto sin retorno y hoy al recordar, “parece que fue ayer”, cuando siento que los pasos suenan sobre aquellas gradas y el rugir del motor del bus que nos aleja de la ciudad para recorrer rectas y curvas de una carretera que nos conducía a otros países. Llevaba en mis maletas unas cuantas “mudadas” y cartas de recomendación. Junto con mi amigo de aventuras, cantamos canciones rancheras como “no volveré….”  Lo cual escuchaba un español que se hizo amigo de nosotros. Nos contó sus propias historias de andariego lo cual motivaba aún más la imaginación de caminantes.

Entre el trecho de El Salvador y Nicaragua, una nicaragüense nos invitó cariñosamente, a dormir en la cama ancha de su casa. No fue posible porque Tica Bus tenía su propio hotel. Tiempo después me contaron que esta cama, no era ni más ni menos, que el propio piso de la casa. Aun así, fue un gesto de afecto que nunca olvidaremos.

Llegó el momento y cruzamos la frontera de Costa Rica. Nos extasiamos de ver tantos árboles y vegetación variada en el camino a la par de casas de madera bellamente arregladas con jardines y pintura en sus paredes. No veíamos covachas. Ni pobres con pantalones remendados y mucho menos, niños sin zapatos con cuerpecitos flacos. Recorrimos la sabana y nos adentramos por una carretera curveada en medio de la montaña, desde donde se divisaba a lo lejos el azul del mar. Muy cerca de nuestro recorrido, pasamos por un poblado que me dijeron se llama San Ramón. Fue ahí donde recordé el verso de los cantantes mexicanos, porque una mujer de mis amores en Guatemala me contaba que su madre era de ese poblado.

Llegamos al final de la parada del bus. Bajamos nuestros bultos y comenzamos a caminar preguntando por donde quedaba la pensión Morazán. Era de noche y David, mi amigo de esta travesía fue el conecte con el dueño del lugar, porque en tiempos de juventud, fue compañero de su padre. Don Adolfo Noguera nos recibió sentado en una silla del comedor y siendo bromista, nos empezó a fregar. Este señorón era de origen ipalteco, jodón y mujeriego como ninguno.

Amanecimos como en otro planeta. Moribundos y desorientados desayunamos. Con mis veinticinco dólares que fue regalo de mis tíos Manuel y Paco, se convirtió en mi único capital, al cual, le hice un nudo en el calcetín para no perderlos y que duraran hasta encontrar trabajo, el cual tuve la suerte de obtenerlo como oficinista en Transportes Palmieri, junto a Cesar otro normalista que ocupó el cargo de bodeguero.

Don Carlos Palmieri, dueño de transporte pesado a nivel de la región, nos ofreció una cena en el Hotel Balmoral. Ahí, con la recomendación de don Adolfo, este transportista de pensamiento democrático, nos abrió las puertas reconociendo en nuestra juventud, sus propios ideales de cambio y superación a través de la educación. Este fue el comienzo de una vida llena de vueltas y revueltas que me condujo al igual que a David y César, a graduarnos y pasar a ser parte de la planta de docentes de la universidad. Hoy, “parece que fue ayer”, se me agolpan los recuerdos de amores y estudio. Hicimos otras amistades y logramos, al final del día, asentar un destino dominado por la academia, el cariño, el trabajo y la profundización de nuestra conciencia social de los males de la sociedad que se han desmejorado ahora, mucho más.

Ahora, en la madurez de nuestra vida, todo esto perdura, como aquel primer instante cuando subimos las escaleras de Tica Bus, huyendo de la violencia social y política, lo cual, hoy más que nunca, se acrecienta como una enfermedad endémica. Dan ganas de nuevo de hacer lo mismo que ese primer viaje hacia la vida y el gozo por el estudio y el trabajo. Por eso, “parece que fue ayer”.

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