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Paredes que definen, puentes que conectan

Zoon Politikón

Hablemos sobre paredes y puentes. En la actualidad, se observa una tendencia a simplificar y polarizar la discusión en torno a estos conceptos. A menudo, se considera que las paredes son negativas, ya que excluyen a las personas y crean un ambiente inhóspito. Se interpreta que tener paredes es un acto de xenofobia, mientras que los puentes son valorados positivamente porque nos conectan con los demás y simbolizan unidad.

Sin embargo, hay que señalar que, dependiendo de nuestra posición en la vida de la Iglesia, podemos enfatizar uno u otro. Tanto las paredes como los puentes son esenciales para vivir el cristianismo adecuadamente.

Para ilustrarlo, consideremos el libro de Nehemías, que raramente se lee en la liturgia, pero que, junto al libro de Esdras, representa un momento decisivo en la revelación del Antiguo Testamento. En esta etapa de la historia israelita, los cautivos de Babilonia regresan gradualmente de su exilio. Al llegar a Jerusalén, muchos de ellos probablemente nunca habían conocido la ciudad. Aquellos que sí la conocieron regresan a una capital que fue gloriosa, ahora destruida y en ruinas tras ser incendiada durante el cautiverio. Esta angustia se siente profundamente en las páginas de la Escritura.

Imaginemos que París fuera devastada y, tras setenta años, un anciano parisino regresara para observar las ruinas de su ciudad. O consideremos a un romano que, setenta años después de un nuevo saqueo, volviera a su hogar. La angustia de los corazones israelitas al contemplar su ciudad en ruinas es palpable. Una de las primeras tareas de Nehemías es reconstruir los muros de Jerusalén.

En el mundo antiguo, una ciudad se definía por sus muros, que representaban la defensa de su vida interna frente a influencias externas. Nehemías entiende que, para restaurar Jerusalén como capital, es esencial levantar esos muros. Así, el pueblo se une a este proyecto. Pero esto va más allá de la mera reconstrucción física; se trata también de restaurar la cultura, el corazón y el alma de la comunidad.

Los israelitas han sido exiliados de su patria y se encuentran en una tierra ajena, rodeados de personas con diferentes tradiciones y creencias. Con el paso de las generaciones, los descendientes de los exiliados podrían saber poco sobre su herencia. Muchos solo habrían escuchado las historias del lugar donde crecieron, mientras que pocos recordarían las narrativas que definieron a Israel. Nehemías reconoce la importancia de reconstruir no solo los muros físicos, sino también de reforzar el espíritu de su pueblo. Esdras, como sacerdote, también comprende que debe restaurar el alma del pueblo.

La lectura que se presenta es significativa. Esdras trae el libro de la ley ante la asamblea, compuesta por hombres, mujeres y niños. Su intención es clara: desea que todos, especialmente los más jóvenes, escuchen. Al abrir el libro, que contiene la Torá y los profetas, lee desde el amanecer hasta el mediodía. El pueblo, atento a su lectura, comienza a llorar, conmovido por la redescubierta identidad que emerge de las historias de Israel.

Este momento simboliza el restablecimiento de las paredes del alma de la comunidad. Al igual que un organismo cuya integridad se ve comprometida, la falta de límites que lo protejan puede llevar a la descomposición. Esdras y Nehemías comprenden la necesidad de reforzar tanto los muros físicos como los espirituales.

Es ingenuo afirmar que las paredes son malas y los puentes son buenos. Si bien los puentes son valiosos, las paredes también son esenciales, pues son a través de ellas que definimos nuestra identidad. Tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia buscó conectar con el mundo moderno, pero, en este proceso, las paredes que definían nuestra identidad católica comenzaron a desmoronarse. Con el tiempo, perdimos el sentido claro de quiénes somos como católicos y qué prácticas y convicciones nos definen.

Es en este ambiente que debemos considerar el relato de Lucas, donde Jesús regresa a su tierra natal y asiste a la sinagoga en el Sabbat. Al igual que Esdras, Él toma el pergamino y lee del profeta Isaías. Este acto es un momento de redefinición. Al proclamar su identidad, Jesús restablece el muro que define al pueblo de Israel.

Si bien en ocasiones se desestiman las paredes, es vital recordar que tanto estas como los puentes tienen su lugar en nuestra vida espiritual. Una vez que Israel ha redescubierto su identidad, se encuentra en la posición de compartir la Palabra con el mundo. El propósito de Israel y de la Iglesia, como nueva Israel, no es simplemente protegerse tras los muros, sino llevar la luz de Cristo a todas las naciones.

Pero, es necesario saber quiénes somos antes de poder proclamar esa luz. Si permitimos que nuestra identidad se vea comprometida, careceremos de la palabra que anunciar. Es fácil caer en visiones simplistas y dicotómicas, como afirmar que se está en contra de los muros y a favor de los puentes. Ambos, muros y puentes, son necesarios; el puente no tiene significado si no ha sido fundamentado en la identidad que ofrecen los muros.

El verdadero discernimiento pastoral no radica en ser exclusivamente muros o puentes, sino en saber qué es lo que se necesita en cada momento. Esdras y Nehemías entendieron que, en su época, era esencial reconstruir los muros y reafirmar la ley. Mantener el equilibrio entre muros y puentes, entre identidad y relevancia, entre la Palabra y su proclamación, representa el verdadero desafío.

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Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

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