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Reflexiones desde Iberoamérica sobre el mensaje del Rey

Idealis Mundi

Del mensaje de Felipe VI con motivo de la Navidad, lo primero que llama la atención, gratamente, es que la libertad es la palabra más mencionada visto que, aunque la mayoría de las personas valora esta condición, existen unos cuántos que no la aprecian y pocos que insistan en ella tanto como lo ha hecho el Rey. 

Por cierto, hay otros que deforman su significado por ignorancia, o deliberadamente como las izquierdas o derechas radicales que hablan de “liberación” llegando a la incongruencia de alentar una lucha armada, violenta, para conseguirla

En cualquier caso, lo cierto es que, al final del largo camino el sentido común prevalece (o prevalecerá) y se va notando que paz, progreso y libertad son casi sinónimos porque necesariamente se dan juntas. 

“… España ha experimentado una transformación sin precedentes… que permitió consolidar las libertades democráticas, el pluralismo político, la descentralización, la apertura hacia el exterior y la prosperidad”. Guste o no, y aunque prefiero mantener al Rey neutral, lo cierto es que esa frase podría haber sido dicha por cualquier partidario del libre mercado. 

Luego insistió en la convivencia y la confianza, y aunque probablemente no estaba el Rey pensando en ello, lo cierto es que estos dos son ingredientes necesarios y suficientes para un mercado libre. A ver, en un mercado natural -exento de violencia que es, como ya decía Aristóteles, lo que desvía el desarrollo natural, espontáneo del cosmos- todas las acciones se dan solo si existe mutuo acuerdo, por caso, el comprador y vendedor acuerdan la transacción, de otro modo, nada se realiza. 

En otras palabras, si hay convivencia -pacífica, se entiende- es porque no existe la imposición coactiva del Estado, ergo, hay mercado libre que, necesariamente, alienta la confianza que es lo que promueve e incentiva las transacciones, las interacciones entre las personas. Como contra ejemplo, si existe alguna institución de la cual los ciudadanos desconfían y temen es la oficina recaudadora de impuestos, aunque también de muchas otras dependencias estatales que suelen usar arbitrariamente la fuerza para imponerse. 

El Rey se refirió taxativamente a la “crisis de confianza” que afecta “seriamente… la credibilidad de las instituciones”, pues eso. Y “los extremismos, los radicalismos y populismos se nutren de esta falta de confianza”, dijo, y qué duda cabe.  

La falta de confianza implica que se teme y “El miedo solo construye barreras y genera ruido”, dijo Felipe VI. El miedo es un mecanismo adaptativo que nos alerta del peligro, pero se vuelve muy contraproducente si no se desactiva con razón y coraje y da origen a una reacción primitiva, la violencia. Insisto, la violencia es una reacción primitiva al miedo. 

Por ello, sin dudas, el temor es un instrumento que los políticos utilizan frecuentemente– supuestas guerras nucleares, desastres climáticos, pobreza y hambrunas por venir, etc.- con el fin de disparar una reacción primitiva del electorado que les permite ejercer la violencia que, desde el Estado, imponen a la sociedad “para salvarla” con intervenciones en la economía y la vida diaria. 

San Juan Pablo II instaba fervientemente a no tener miedo y la frase «no temas» está escrita en la Biblia 365 veces. “Las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas”, dijo el Rey y cuanta razón tiene porque en ambos casos se intenta utilizar la coacción para imponerlas.

Terminaré esta reflexión con una idea, un “sueño” muy “utópico” viviendo en una república como la Argentina, en una región, Iberoamérica, históricamente azotada por dictadores populistas y mesiánicos. Recuerdo aquel «¿Por qué no te callas?» que le dijo en la cara el entonces rey de España, Juan Carlos I, al presidente populista -por no decir dictador- de Venezuela, Hugo Chávez, como reprimenda tras las reiteradas interrupciones que este realizaba al presidente de España, durante la XVII Cumbre Iberoamericana, en Santiago de Chile.

Como decía, me mola soñar que tenemos un Rey que “no hace nada” en lugar de políticos que “trabajan” mucho, porque la verdadera autoridad es moral, el liderazgo por influencia y no la destructiva coacción de los políticos a través del monopolio de la violencia que se arroga el Estado.

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Alejandro A. Tagliavini

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

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