OpiniónColumnas

Soberanía y la Crisis del Siglo XXI (Parte 2)

Zoon Politikón

George Soros y el Poder Global: Consecuencias y Crisis.

El sociólogo conservador añade una advertencia: el financiamiento de movimientos ideológicos extremos genera fragmentación. Lo que se presenta como diversidad termina promoviendo tribalismo moral. Se multiplican las categorías de identidad —género, raza, orientación, clase— que fragmentan a la sociedad en grupos de interés irreconciliables. Esta polarización erosiona la fiducia socialis, la confianza horizontal que sostiene la convivencia democrática. Además, la opacidad del financiamiento transnacional alimenta la desconfianza: cuando las decisiones políticas parecen venir de actores sin rostro, florecen las teorías conspirativas. El resultado es una crisis de legitimidad que debilita tanto a los gobiernos como a las instituciones civiles.

La figura de Soros, en este contexto, se mueve entre símbolo y actor real. Es cierto que algunos populistas autoritarios lo han usado como chivo expiatorio para justificar sus abusos; pero también es cierto que el volumen de recursos, la influencia mediática y la red global de su filantropía lo convierten en un agente político con consecuencias tangibles. Negar su influencia sería ingenuo; exagerarla, una caricatura. Lo sensato es reconocer que representa una forma de poder moral-económico sin precedentes: un poder que no necesita territorio, ejército ni voto, porque opera desde la cultura y la conciencia.

Durante la pandemia de COVID-19, este tipo de poder alcanzó su madurez. La emergencia sanitaria permitió ensayar un modelo de control global donde la censura, la vigilancia y la regulación digital se justificaron en nombre de la salud pública. Los magnates de la filantropía y la tecnología, convertidos en intermediarios entre gobiernos y ciudadanos, consolidaron su papel de árbitros morales. Las políticas sanitarias se transformaron en precedentes normativos para futuras crisis, y la línea entre protección y manipulación se volvió difusa. En ese laboratorio de control, el globalismo comprobó que podía dirigir la conducta social sin recurrir a la fuerza, solo apelando al miedo y a la moral pública.

Ante este escenario, el Estado-nación enfrenta un desafío crucial: recuperar su capacidad de decisión. La defensa de la autonomía no implica aislamiento, sino equilibrio. Las naciones deben cooperar sin subordinarse, comerciar sin renunciar a sus principios y aceptar la ayuda externa sin entregar su soberanía. La verdadera apertura internacional se construye entre iguales, no entre tutores y tutelados.

El experto en relaciones internacionales concluye que la defensa de la autonomía estatal no puede basarse en el aislamiento, sino en la recuperación de la esfera política. Es un imperativo ético y estratégico: el Estado-nación debe reafirmar su soberanía en temas clave —economía, educación, cultura— y evitar la cesión de autoridad a tecnocracias no electas. Se requiere una auditoría rigurosa de los flujos de capital externo destinados a la actividad política y social, para que las decisiones públicas respondan a los ciudadanos y no a los filántropos del poder global.

El nacionalismo cívico, como proponen Laje y Peña Esclusa, surge entonces como respuesta legítima: defiende la soberanía cultural y la identidad nacional, no como xenofobia o cerrazón, sino como el único marco posible para la autodeterminación y la deliberación democrática. Y el sociólogo conservador advierte que, sin cohesión moral ni confianza social, la libertad política se convierte en una apariencia: la virtud cívica —virtus civica— es el dique de contención frente a la fragmentación ideológica que erosiona a las naciones desde dentro.

Cuando la libertad se subordina a la virtud impuesta y la soberanía se entrega a las manos invisibles del poder global, las naciones dejan de gobernarse para sí mismas y comienzan a obedecer los dictados de una moral diseñada fuera de sus fronteras. En América Latina, esta lección adquiere urgencia: defender la soberanía no es un acto de aislamiento, sino de dignidad política, de afirmación moral y de supervivencia cultural frente a los nuevos imperios sin bandera.

Area de Opinión
Libre emisión del pensamiento.

Le invitamos a leer más del autor:

Edgar Wellmann

Profesional de las Ciencias Militares, de la Informática, de la Administración y de las Ciencias Políticas; Analista, Asesor, Consultor y Catedrático universitario.

Avatar de Edgar Wellmann