
100 días de un opaco liderazgo
Reflexiones
Los guatemaltecos cual Ave Fénix, creemos regenerarnos de las cenizas en cada elección general, luego de arder por cuatro años en las llamas de la corrupción, la impunidad, la incompetencia y la negligencia de las autoridades que nos han sometido en los últimos gobiernos. En el 2023 no fue la excepción. Un porcentaje considerable de guatemaltecos voto contra la vieja política, dándole el beneficio de la duda a quien ofreció crear las condiciones para una segunda primavera democrática.
El gobierno de Giammattei atravesó una crisis de legitimidad por la falta de ética, moral y desdén por el estado de derecho desde el inicio de su gestión, cuando salieron a luz pública los primeros actos de corrupción y la forma tan deleznable en que fue abordada en todos los ámbitos la pandemia del covid-19. En las elecciones pasadas los guatemaltecos manifestaron la necesidad de un nuevo liderazgo. Un liderazgo transformacional, democrático y participativo que diera un golpe de timón, que sacudiera las estructuras del sistema, y nos guiara por un mejor destino como país.
El liderazgo es el proceso de influir en los demás y dirigir sus esfuerzos hacia la consecución de metas y objetivos comunes. El liderazgo se basa en la capacidad de inspirar, motivar y guiar a otros. Implica establecer una visión compartida, fomentar el trabajo en equipo y cultivar relaciones sólidas. El liderazgo es mucho más visible cuando las personas ostentan posiciones de autoridad formal.
Un liderazgo político sólido es esencial para la estabilidad y el progreso de una nación. Los líderes políticos deben equilibrar su poder con la responsabilidad de servir al interés público y proteger los derechos y libertades de los ciudadanos. El liderazgo político efectivo implica la capacidad de tomar decisiones informadas, escuchar a los ciudadanos, a la oposicion y trabajar en colaboración con líderes de los sectores sociales, políticos y económicos.
El liderazgo político efectivo va más allá del simple ejercicio de poder. Implica la capacidad de inspirar, unir a las personas y trabajar hacia el bien común. Algunos políticos pueden tener poder sin ser verdaderos líderes, mientras que otros pueden liderar sin necesariamente tener una gran cantidad de poder formal. La relación entre liderazgo y poder es dinámica: un líder puede ganar poder a medida que su liderazgo se fortalece.
Los líderes políticos a menudo utilizan el poder para lograr sus objetivos y promover sus agendas. El liderazgo puede derivarse de la autoridad formal (como un cargo electo), la posición económica, la influencia en las redes sociales, el conocimiento en el área académica y el carisma (la habilidad para generar seguidores). El liderazgo político implica la habilidad de articular una visión, movilizar apoyo y tomar decisiones que afectan a la sociedad en su conjunto.
Al analizar el liderazgo del presidente Bernardo Arévalo se observa que tiene un déficit considerable y que hasta el momento ha sido un liderazgo opaco. Algunos analistas opinan que por el momento él es prudente, otros justifican que su condición moral y académica no le permite actuar fuera del marco de las buenas costumbres, otros dicen que su paso por el servicio exterior ha influido en su carácter.
Muchas podrán ser las especulaciones que se emitan, pero el asunto de fondo es la evidente falta de liderazgo. Los cuatro años en que participo como diputado en la IX Legislatura no se le observo tomando acciones de fiscalización, no se pronunciaba como orador en las reuniones ordinarias y su participación en el fortalecimiento de su partido fue escasa. Foucault y Maquiavelo coincidieron en afirmar que poder que no se ejerce no es poder y el liderazgo se demuestra tomando decisiones, ejerciendo el poder que le fue delegado por el soberano en las urnas el 20 de agosto de 2023.
En Guatemala urgen nuevos liderazgos.

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