
Los irresueltos problemas del libertarismo
Generación de Cristal
Tras haber definido en mi anterior artículo el libertarismo que debato, aquel basado en derechos naturales y autorregulación del mercado a la Nozick o Rothbard, solo queda responderlo. Este libertarismo es una filosofía política que, tras ser presentada, parece tener gran solidez. Se deriva de ciertos principios obvios en apariencia y, de ser verdaderos, es necesario que el libertarismo también lo sea. Niego en esta ocasión, por supuesto, estos principios y no sus conclusiones. En particular, critico tres pilares: su concepto de libertad es insuficiente, la autopropiedad no basta para garantizar resultados moralmente aceptables y su consideración de los impuestos como robo descansa sobre un supuesto falso.
En primer lugar, como vimos en el artículo previo, el libertarismo entiende la libertad como ausencia de coerción: en la medida en que nadie te pone límites antinaturales, eres libre. La idea es atractiva por ser simple y directa. No obstante, existe una crítica esencial. Imaginemos un esclavista genuinamente benévolo que tiene a su siervo en práctica libertad. No tiene intención alguna de usar su poder, y el esclavo lo sabe. Aun así, existe una estructura de poder. Podría, sí cambiara de opinión, llamarlo a trabajar bajo amenaza de violencia, y nadie podría impedirlo. En este caso, no existe coerción activa, pero hay una relación de dominación. ¿Tiene sentido decir que este esclavo es tan libre como su hermano, quien no es siervo de nadie?
Una minoría de libertarios respondería que esta estructura de dominación es, en efecto, coerción. Sin embargo, al no ser una interferencia directa, genera problemas para sus propios puntos en otras áreas. En particular, si una estructura de poder es coerción, ¿cómo podría quedar bien parado un mercado monopolístico que fue fundado sin coerción efectiva? Esta visión tan expansiva de coerción tendría que aceptar, por ejemplo, la «dominación económica» que tanto aterra a los libertarios. Por esto mismo, la respuesta de la mayoría de ellos es que, si no hay coerción efectiva o amenaza directa de ella en ninguno de los casos, son igual de libres. Queda aquí claro el límite de su concepto de libertad, pues o va en contra de sus propios principios o es, ya por pura intuición moral, ilógico.
Por supuesto, el libertario no lo dejará así y ya, por lo que intentará refugiarse en la autopropiedad. Dirá que la inmoralidad del caso anterior está en que el siervo debería ser propiedad de sí mismo más que en la falta de libertad, pues no la hay. Esta autopropiedad, sin embargo, puede mantenerse y aun así dejar a todos como siervos en la práctica. Imaginemos un mundo donde todos son dueños de sí mismos, pero todos los recursos naturales están en manos de una sola persona. El agua, la tierra, los minerales, todo. Se respetaría tanto la autopropiedad como la libertad entendida como no-coerción. Sin embargo, ¿cómo puede decirse que todo está moralmente bien, cuando todos los hombres, salvo uno, morirán de hambre y sed? La autopropiedad, sin una teoría robusta de distribución de los recursos —la cual jamás defendería un libertario del tipo que critico en este artículo—, solo es un derecho sin nada que lo ate a la realidad. Bien puedes ser dueño de ti mismo, pero no tienes nada con qué ejercer esa propiedad.
Luego, el argumento que quizás tiene mayores consecuencias prácticas: los impuestos como robo. El escenario libertario es tremendamente convincente. Yo trabajo en libertad y, contra mi voluntad, me quitan parte de los frutos de mi trabajo bajo amenaza de multas y cárcel para ser «filántropos» con este dinero robado. El problema es que, para ser verdadero, las ganancias de este individuo tendrían que ser independientes del Estado. Imaginemos que usted trabaja como carpintero. ¿Quién sostiene la infraestructura por la que pasan los camiones con la madera que necesita? ¿Quién da el marco de seguridad que permite la existencia del mercado en el que participa? Los impuestos, más que un robo, son el pago de regreso por los beneficios entregados por el Estado. Si son obligatorios, no es por la maldad de este, sino porque no puede elegir «este no pasa por mi carretera porque no pagó impuestos». De ser voluntarios, muchos se beneficiarían y solo unos pocos pagarían. Así, los impuestos se legitiman porque se gravan sobre ganancias habilitadas parcialmente por ciertos beneficios dados por el Estado, y son obligatorios por pura necesidad.
Puede argumentarse que el Estado provee ciertos bienes solo porque él mismo consiguió su monopolio. Es cierto, pueden concebirse carreteras privadas pagadas con peajes, y hay países con agua y electricidad privadas que funcionan bien. El problema está en un elemento que no puede privatizarse tan fácil: la protección del libre mercado mismo. Un mercado libre necesita que se respeten los derechos de propiedad y los contratos. Para esto no es suficiente la buena voluntad, pues por desgracia escasea, sino un órgano con capacidad de coerción para disuadir y penalizar a quienes los violen. La mayoría de libertarios admiten un Estado para esto, pero ese Estado necesita impuestos. Si los impuestos son un robo, el propio Estado que protege el libre mercado es ilegítimo. El libertario que acepta un Estado mínimo lo hace, entonces, por razones pragmáticas, no de principio. Y en el momento en que acepta esto, ya no puede decir «los impuestos son inmorales sin importar sus resultados».
Aquí puedo coincidir con cierta parte del espíritu libertario. Si se demuestra que el mercado es mejor proveedor de educación o salud que el Estado, que así sea. Lo contrario también siendo verdadero. Mi problema no es con la preferencia por el mercado cuando funciona mejor, sino con la derivación de un mundo entero a través de principios abstractos y rígidos aislados de la realidad. En esencia, recordando lo que mencioné en el primer artículo: el problema más importante, por el cual tiene sentido la reflexión en filosofía política, está en cómo hacer que el niño deje de morir de hambre y pueda vivir bien en comunidad.

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