
24 muertes: cuando la inteligencia llega tarde
Punto de vista
Han pasado horas desde una de las jornadas más violentas que recuerda Guatemala en mucho tiempo. La información preliminar que circula en las redes sociales habla de veinticuatro personas asesinadas en un solo sábado. Al momento de escribir esta columna, las autoridades aún no han ofrecido una explicación pública clara sobre lo ocurrido, una comparecencia que permita a la ciudadanía comprender qué está pasando, cuáles son las hipótesis que manejan las autoridades ni qué acciones se están tomando para evitar que la violencia continúe.
En materia de seguridad, el silencio también comunica.
Se habla de una posible acción de pandillas, otros apuntan al crimen organizado, pero hay una pregunta que puede formularse desde este momento, independientemente de quién resulte responsable: ¿Dónde está el Sistema Nacional de Inteligencia?
Cada vez que ocurre una jornada de violencia extrema, la discusión pública gira alrededor de la capacidad de reacción de la Policía Nacional Civil y la inteligencia queda en un lugar incómodo.
La inteligencia no fue creada para investigar cadáveres. Fue creada para evitar que existan. Ese es el punto que muchas veces se pierde en Guatemala.
Un sistema de inteligencia moderno debe producir conocimiento útil, pertinente y oportuno que permita anticipar amenazas antes de que se conviertan en tragedias. Si durante días o semanas una estructura criminal comienza a movilizar armas, dinero, vehículos, sicarios o comunicaciones, alguien debería detectar esos patrones. Si varias organizaciones empiezan a disputar territorios, alguien debería advertirlo. Si existe la posibilidad de ataques coordinados, alguien debería elevar esa alerta a quienes toman decisiones.
Dicho lo anterior, me cuesta aceptar la idea de que hechos como estos sean completamente imprevisibles. No digo que toda muerte pueda evitarse, ningún servicio de inteligencia del mundo posee esa capacidad. Lo que sí sostengo es que las organizaciones criminales dejan señales, mueven recursos, se comunican, financian operaciones, modifican rutinas y todas esas señales constituyen la materia prima del análisis de inteligencia.
Guatemala cuenta con un Sistema Nacional de Inteligencia integrado por varias instituciones: la Secretaría de Inteligencia Estratégica del Estado (SIE), como órgano rector del sistema, tiene la responsabilidad de producir inteligencia estratégica para el presidente de la República y coordinar el trabajo de las demás instituciones. A ella se suman la Dirección General de Inteligencia Civil (DIGICI), la Dirección de Inteligencia del Estado Mayor de la Defensa Nacional y otras dependencias especializadas que producen inteligencia desde sus respectivos ámbitos. Todas ellas funcionan con recursos públicos y por la naturaleza de su misión, administran además partidas presupuestarias reservadas. Precisamente por ello, la ciudadanía tiene derecho a preguntarse qué resultados está produciendo ese sistema.
Hay además un hecho que resulta preocupante. La Agenda Nacional de Riesgos y Amenazas (ANRA) constituye el principal documento estratégico del Sistema Nacional de Inteligencia. No es un documento reservado, es un instrumento público que orienta la planificación del Estado al identificar cuáles son los riesgos y amenazas prioritarios para Guatemala y sirve como guía para el trabajo de las instituciones que integran el sistema.
Sin embargo, hasta hoy, la Agenda Nacional de Riesgos y Amenazas 2026 no se encuentra publicada en el sitio oficial de la Secretaría de Inteligencia Estratégica del Estado, lo cual no es un detalle menor; es el documento rector que debería orientar el trabajo estratégico del sistema durante el presente año. Hasta donde he podido verificar, ese documento no está disponible para consulta pública y constituye un hecho inusual y preocupante tratándose del principal instrumento de planificación estratégica en materia de inteligencia.
Si bien la inteligencia no puede medirse por la cantidad de información que acumula, si debe medirse por la cantidad de tragedias que logra impedir. Cada vez que escuchamos que «todo apunta» a determinada estructura criminal, las preguntas inevitables son: ¿esa estructura ya estaba siendo observada?, ¿existían indicadores de que preparaba una escalada?, ¿se emitieron alertas?, ¿esas alertas llegaron oportunamente a quienes debían tomar decisiones?, ¿se actuó con la oportunidad necesaria?
Si la respuesta es sí, corresponde evaluar por qué las medidas adoptadas no fueron suficientes. Si la respuesta es no, el problema es todavía más grave, porque cuando la inteligencia llega al lugar de los hechos para contar los muertos, ya no está haciendo inteligencia, está escribiendo, demasiado tarde, la historia de un fracaso.




