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La vida no se puede editar

Punto de Vista

Vivimos en una época en la que nunca fue tan fácil encontrarnos y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil sostener vínculos. Podemos hablar con alguien a miles de kilómetros de distancia, compartir lo que hacemos casi en tiempo real y conocer detalles de la vida de personas que apenas hemos visto una vez. Sin embargo, algo no termina de encajar, porque la mal llamada conexión jamás reemplaza a la presencia.

La psicóloga y socióloga Sherry Turkle lleva años advirtiendo sobre este fenómeno. Su frase es tan sencilla como inquietante: “estamos cada vez más conectados y cada vez más solos». Quizá la palabra «conectados» ya ni siquiera describa lo que nos ocurre, porque una conexión debería acercarnos, sostener un encuentro, fortalecer un vínculo. Lo que muchas veces experimentamos es otra cosa, es una disponibilidad permanente para aparecer, responder, publicar o reaccionar en una red social y, a veces, desaparecer sin dejar explicación alguna. Esa conducta, tan normalizada hoy, me resulta desoladora y difícilmente pueda llevar a un vínculo sano.

Las redes sociales son una herramienta extraordinaria. Yo misma las utilizo, disfruto compartir mis fotos, mis ideas y valoro las posibilidades que ofrecen. El problema aparece cuando el escenario empieza a ocupar el lugar de la vida. Cuando mostrar importa más que hacer, cuando anunciar reemplaza a concretar. Cuando decir termina siendo más importante que cumplir. Y esto último, para mí, es esencial en cualquier relación: cumplir ante el otro.

Vivimos rodeados de identidades cuidadosamente editadas. Me incluyo. Todos elegimos qué mostrar y qué callar. No tengo nada contra la belleza ni contra la sensualidad. Sería absurdo. Yo también disfruto cuidar mi imagen y compartir fotografías. La diferencia, al menos para mí, está en cuándo la imagen expresa quién soy y cuándo termina reemplazándome.

Quizá por eso también me pregunto qué tipo de referentes estamos construyendo. No porque alguien decida mostrarse más o menos, sino porque vivimos en una cultura que premia la atención por encima de casi cualquier otra virtud. Nuestras niñas y adolescentes pasan horas viendo qué rostros, qué cuerpos y qué estilos de vida reciben millones de «me gusta», mientras científicas, docentes, artistas o mujeres que sostienen silenciosamente a sus familias apenas aparecen en esa conversación digital. No es una crítica al cuerpo ni a la libertad de mostrarse. Es una pregunta sobre aquello que una sociedad decide convertir en admirable.

Y los adultos no estamos fuera de esa responsabilidad, porque educamos también con aquello a lo que prestamos atención. Cada “me gusta” cada contenido que compartimos y cada cuenta que seguimos habla de nuestros valores mucho más que muchos de nuestros discursos. Después nos preguntamos qué modelos siguen nuestros hijos, sin advertir que muchas veces esos modelos prosperan porque nosotros mismos los alimentamos. Nuestros “clics” como padres también educan, muchas veces más de lo que creemos.  

No pongo en duda que muchas de esas historias sean reales, pero también, sabemos que existe otra tentación: construir una versión de nosotros mismos que funciona mejor en la pantalla que en la vida cotidiana. Porque en la vida cotidiana el peso es otro, el compromiso es otro. Allí no hay filtros, ni «likes», ni posibilidad de editar lo que somos. Lo virtual permite corregir una fotografía, borrar un comentario o rehacer una publicación. La realidad no concede ese privilegio, en ella no podemos editar quiénes somos y para sostener esa versión hace falta un valor cada vez más escaso: el carácter ante la vida.

Y allí aparecen preguntas incómodas: ¿Qué ocurre cuando la identidad virtual comienza a desplazar a la identidad real? ¿Qué pasa cuando alguien promete mucho, emociona con sus palabras, proyecta una imagen impecable, pero en el encuentro concreto no logra sostener aquello que mostró? No hablo solo de las redes sociales, hablo de cómo estamos habitando este mundo, donde el personaje virtual termina siendo más importante que la propia realidad.

Quizá todos, en mayor o menor medida, corremos ese riesgo. También yo. A veces descubro que dedico más tiempo a pensar cómo contar una experiencia que a vivirla plenamente, o algo mucho peor, que la urgencia por responder un mensaje interrumpe una conversación que sí está ocurriendo frente a mí. Esa conciencia no me lleva a rechazar la tecnología, sino a preguntarme quién está dominando a quién.

Las redes pueden acercarnos, informar, inspirar e incluso generar amistades valiosas, pero ninguna publicación reemplaza una conversación larga, física. Ningún estado de Instagram sustituye la presencia. Ninguna promesa escrita en WhatsApp tiene el valor de una promesa cumplida.

Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea desconectarnos de lo virtual, sino volver a conectarnos con la realidad. Porque es allí, lejos de los algoritmos y de las pantallas, donde las palabras todavía tienen que convertirse en hechos. Una pantalla puede sostener una imagen durante años, pero solo la realidad puede sostener a una persona.

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Libre emisión del pensamiento.

Grisel Capó

Candidata al doctorado de Liderazgo Organizacional de la Universidad San Pablo de Guatemala. Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Rafael Landívar. Pos- Grado en Estrategia Nacional del Centro de Altos Estudios Nacionales de Uruguay y egresada del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa, Estados Unidos. Diplomado en Antropología de las ciudades por la Universidad Rafael Landívar y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México, entre otros cursos.

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