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DE LA RAÍZ AL MAÍZ

Ventana Cultural

Hace unas semanas hablaba de un tema sumamente especial: que cada civilización posee sus propias narrativas. Históricamente, la narrativa ha sido la manera en que la humanidad ha explicado todo lo que la rodea: los fenómenos naturales, la creación del mundo, el origen de los pueblos y el sentido de la existencia. Las historias han formado parte esencial de la construcción cultural de las sociedades. Sin embargo, su propósito original no era entretener ni desarrollar la imaginación, sino transmitir conocimientos, valores y enseñanzas que permitieran comprender la realidad.

Por citar un ejemplo, de forma resumida, está la historia de la aparición del árbol de amate en las regiones de lo que hoy conocemos como Honduras, El Salvador y Nicaragua, territorio que antiguamente se conocía como Managuara.

Cuenta la historia que la gran Managuara sufría una terrible sequía, de esas que obligan a escuchar los mensajes de la naturaleza. Todos los seres padecían las consecuencias de aquel acontecimiento. Preocupados por la situación, Antawinikil y Ti Wana Tuku recurrieron a los grandes seres para encontrar una solución. Invocaron a la gran Guara, acudieron a la gran madre Ishmanahual y buscaron la ayuda del bueno y perfecto Akú; sin embargo, ninguno logró resolver el problema. Después de agotar todas las posibilidades, acudieron a la abuela Tikomata, quien vivía en el cerro Managuara, dentro de la cueva Tiketau Tizama.

Se cuenta que los hermanos le narraron todo lo que ocurría en la región. La abuela los abrazó y les prometió que encontraría una solución. Entonces subió a una canoa mágica y emprendió un viaje hacia la Luna llevando consigo unas bolsas con diversos menjunjes, con la intención de traer el vital líquido a la tierra sedienta. Sin embargo, el regente lunar descubrió el robo, la descuartizó y arrojó sus restos. De aquellas partes dispersas surgió el árbol de amate.

Más allá de los elementos fantásticos que contiene la historia, el mito revela una profunda manera de entender la relación entre el ser humano y la naturaleza. La abuela Tikomata no actúa movida por el interés personal, sino por el bienestar colectivo. Su sacrificio permite el surgimiento del amate, un árbol que durante siglos ha ocupado un lugar importante en la vida y el imaginario de diversos pueblos mesoamericanos. De esta manera, el relato transmite valores como la solidaridad, la entrega a la comunidad y la responsabilidad hacia las generaciones futuras.

Al mismo tiempo, la narración refleja una característica común de las antiguas cosmovisiones indígenas: la naturaleza no es concebida como algo inerte o separado del ser humano, sino como una realidad viva y sagrada. Árboles, montañas, cuevas, animales y astros participan activamente en la historia de los pueblos. El universo aparece como una gran red de relaciones en la que cada elemento posee un propósito y una función dentro del equilibrio general.

Los mitos lencas, al igual que los relatos de otros pueblos originarios de América, constituyen una memoria ancestral que permite comprender cómo nuestros antepasados interpretaban el origen de la vida, los fenómenos naturales y el papel de la comunidad dentro del mundo. No son simples cuentos heredados del pasado; son expresiones de una identidad cultural que ha sobrevivido a los cambios históricos y que todavía conserva enseñanzas capaces de dialogar con nuestro presente.

Existen muchas otras historias. Desde la mitología griega y romana, que son las más difundidas, hasta la maya, la azteca o la inca, que también gozan de un amplio reconocimiento. Sin embargo, para llegar a ellas es necesario recorrer siglos de historia y comprender los contextos en que surgieron. Lo mismo ocurre con los relatos lencas, que forman parte de un patrimonio cultural menos conocido, pero igualmente rico y profundo. Cada mito constituye una ventana hacia la forma en que un pueblo comprendió su existencia, interpretó los misterios de la naturaleza y construyó su identidad colectiva.

Conocer estas narrativas no solo nos acerca al pasado. También nos permite comprender mejor quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son las raíces culturales que continúan alimentando nuestra visión del mundo. Porque así como el maíz hunde sus raíces en la tierra para crecer y dar fruto, los pueblos encuentran su fortaleza en las historias que les dieron origen y sentido.

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Claudia Alexandra Figueroa Oberlin

El arte siempre lo llevé de la mano con la literatura, me dediqué al teatro, a la danza por más de quince años, y a las artes marciales, ahora soy miembro de diferentes asociaciones y academias de poesía: Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana, donde participo con crítica literaria, Academia Nacional e Internacional de Poesía de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, América Madre, Unidos por las Artes, Movimiento Literario de Centroamérica, y locutora de la radio el barco del romance con el programa Una Ventana al Mundo, donde hablo de los viajes, la historia y la cultura, recito poemas y leo cuentos o fragmentos de otros autores y propios.

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