El adiós a la heroína
Ph.D Olmedo España
Investigador social
María Luisa Calderón Lemus, fue una mujer del oriente del país. Rincón geográfico lleno de calor humano, sentimientos, amistad e imaginación.
Mi tía, llegó al mundo en una casona de cuatro corredores a la entrada de La Ermita, Chiquimula. En el patio un corral. Ahí se ordeñaban vacas, cacareaban las gallinas y muy cerca, los ríos refrescaban el calor de los días sudorosos de trabajo.
Hermanos, primos, amigos se juntaban por las tardes a platicar. Contaban chistes, leyendas, historias de novias. Encima de ellos, las montañas vigilaban con el meneo de las hojas de los árboles los murmullos de las personas. Hablaban de caballos, de ganado, de leche, de quesos, de la milpa, del frijol, del zacate jaraguá, de gallinas ponedoras y de la molienda. De las quesadillas y el pan de leche que se horneaban en la casa.
Dos iglesias. La católica. Pequeñita frente al campo incrustada en esa inmensidad de vegetación. La evangélica, que fundó la misión de los Amigos. Misioneros que llegaron con sus mujeres de vestidos largos y los hombres con camisa manga hasta la muñeca. Así nació el evangelio en la casa de mis abuelos. Sus hijos aprendieron a orar y a cantar los cantos del himnario.
Crecieron y la casona se quedó sola. Los hijos migraron. Mi madre, los tíos y la belleza juvenil de mi tía llena de esplendor, también se fue con su enamorado a otro lugar a vivir el romance y proyecto de la vida. Creció la familia y a su vez se desgranó la mazorca.
Los años empezaron a marcar arrugas y dolores del cuerpo en la madurez de la vida. Aquellos jóvenes de antes se fueron poniendo viejos y sus pasos fueron pausados y caminaban en silencio. Mientras unos enfermaban y se nos adelantaban hacia él infinito, otros nacían en el retoño de sus antepasados del mismo árbol genealógico. Todos los hijos e hijas tuvieron hijos e hijas quienes vivimos la vida con plenitud, aun cuando las tristezas están cerca, la vida con felicidad, puede más que la tristeza de la muerte.
Ahora se nos fue mi tía Güicha. Una heroína como miles de mujeres guatemaltecas que supo con sabiduría, tesón, fuerza, creatividad y valentía, enfrentar las adversidades cotidianas. Una mujer que logró con su trabajo, la sonrisa y esa sabiduría de madre, encontrar los caminos, vías y salidas a cada uno de los problemas que la vida le deparó. Salió triunfante porque sus hijos llenaron su corazón de alegría en cada uno de los cumpleaños que celebran a puertas abiertas.
A nadie dejó de cobijar en medio de tantos aguaceros, aunque sea con una pequeña sombrilla. Con una sábana corta los arrulló y les legó una forma de vivir. O sea, el cariño, la sonrisa y la satisfacción de servir al otro sin esperar compensación. Ahora su descendencia se ha extendido a otras regiones del mundo. Pero en las alas de ese espíritu bondadoso, vuelan las palabras de afecto, amor y hermandad. ¡Hay nos vemos Tía Güicha¡.
Descubre más desde El Siglo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

