
El mercadeo digital y la ausencia de contenido
Del Escritorio del General
La comunicación interpersonal, en la actualidad, es una de las más avanzadas que la humanidad ha alcanzado en términos de desarrollo social y tecnológico. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un verdadero zafarrancho de mensajes y emisiones en redes, protagonizado por comunicadores sociales de todo tipo, donde lo que predomina es la avalancha de información sin verificación y sin contenido real. Paradójicamente, muchos de estos emisores se autodenominan creadores de contenido, aunque lo que observamos es un sinfín de personas que, amparadas en su facilidad de palabra, se colocan frente a una cámara para interpretar, cuestionar, afirmar y, lo más grave, concluir y sentenciar sobre situaciones y escenarios sin sustento.
La comunicación digital favorece este fenómeno y, en muchos casos, lo recompensa con ingresos considerables. Estos “influencers” son remunerados por su estilo, su capacidad de atracción y el supuesto contenido que transmiten, el cual es consumido por miles o millones de personas que carecen de un análisis crítico y terminan siendo presas de la manipulación de estereotipos. El peligro es aún mayor porque nuestros hijos, nietos y bisnietos están expuestos a material que, con frecuencia, es falso, mal presentado o deliberadamente provocador, pero enunciado con la contundencia de una verdad incuestionable.
Resulta preocupante que estas prácticas sean recompensadas económicamente por las plataformas digitales, cuyo único interés es el algoritmo y el número de seguidores. Esto promueve un ecosistema donde se miente, se falsea y se manipula la información, mezclando medias verdades con medias mentiras, aunque de vez en cuando aparezca contenido veraz y comprobable. El problema radica en que gran parte de la audiencia no contrasta la información: simplemente la acepta como cierta, lo que genera confusión y distorsiona la interpretación de la realidad.
Todos los internautas —y me incluyo— estamos expuestos a este fenómeno. Por ello, el reto fundamental es aprender a discriminar la información que recibimos. Este es un ejercicio que exige intelecto, juicio crítico y conocimiento. Sin estas herramientas, nos convertimos en productos moldeados por las corrientes de opinión, que a veces resultan entretenidas, otras dramáticas, pero casi siempre manipuladoras. El juicio crítico se cultiva con estudio, lectura profunda y reflexión personal; lo contrario es dejarnos llevar por “la voz popular”, esa que, lejos de representar un consenso mundial, suele carecer de fundamento y depender del pensamiento superficial de muchos.
Es alarmante ver cómo gran parte de la juventud —y también personas de mediana edad— creen ciegamente lo que escuchan en TikTok, Instagram o similares, sin detenerse a cuestionar quién está detrás de esas palabras, cuál es su calidad moral o su capacidad intelectual. Este es un error recurrente: dejarse llevar por la forma, la simpatía o el espectáculo, en lugar de examinar la veracidad y el trasfondo del mensaje.
En el ámbito político, esta problemática es aún más grave. La gente se deja seducir por discursos improvisados, imágenes impactantes o gestos teatrales, sin evaluar si quien habla es digno, honorable, educado o realmente experto en el tema. Aceptan sin reservas lo que ven o escuchan, sin verificar la trayectoria ni los antecedentes del emisor. Esta falta de análisis abre la puerta a manipulaciones que, en el contexto político, pueden tener consecuencias nefastas para una nación.
Hoy las redes sociales dominan la opinión pública y política, influyendo —y en muchos casos dirigiendo— los movimientos sociales y las decisiones de los países. La tarea que tenemos como ciudadanos es desarrollar murallas de intelecto, pensamiento crítico y capacidad investigativa que nos permitan identificar las falsedades y las motivaciones ocultas de quienes se presentan como comunicadores o líderes de opinión.
En este escenario, solo el ciudadano que piensa, analiza y contrasta podrá mantenerse firme frente a la manipulación. Debemos actuar con espíritu crítico, visión clara y determinación, pues el futuro de nuestras sociedades depende, en gran medida, de nuestra capacidad para no ser arrastrados por la corriente de la desinformación.
Adelante, con espíritu de vencedores.

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