
Atinada reelección presidencial ilimitada en El Salvador
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I. Reelección presidencial ilimitada es democrática y republicana.
En un régimen de gobierno republicano en el cual el Presidente de la República es electo por el pueblo, el pueblo mismo debe tener derecho a reelegir o no reelegir al presidente, un número ilimitado de veces, en períodos continuos o no continuos. Un presidente que, según la opinión de los ciudadanos, es mal presidente, no será reelecto, aunque sea factible una reelección ilimitada. Un presidente que, según esa misma opinión, es buen presidente, puede ser reelecto ilimitadamente, en períodos continuos o no continuos.
En Estados Unidos de América, el presidente James Buchanan nunca hubiera podido ser reelecto. Ha sido el peor presidente, según James Taranto y Leonard Leo, editores de Presidential Leadership. En aquella misma nación, el presidente George Washington hubiera podido ser reelecto ilimitadamente. Fue reelecto una sola vez; y renunció a optar por una segunda reelección. Ha sido el mejor presidente, según Taranto y Leo.


La prohibición de reelección ilimitada del Presidente de la República es obra de la voluntad del legislador constituyente. No es obra de un explícito mandato del pueblo. Tal mandato sería absurdo; pues el pueblo se despojaría él mismo del derecho a reelegir ilimitadamente al presidente. La prohibición de reelección es, entonces, una imposición, que, por supuesto, viola el derecho a elegir.
Se argumenta que la reelección ilimitada es incompatible con la democracia representativa, o democracia en la cual el pueblo ejerce su poder soberano, no directamente, sino indirectamente, por medio de representantes electos por él mismo. Tal argumento no es válido. La representatividad es la calidad que tiene quien legítimamente ha sido electo representante del pueblo para ejercer el poder del Estado; y esa calidad es independiente del número de veces de reelección del representante. Se colige que una democracia representativa no es más democracia porque prohíbe la reelección ilimitada de sus representantes, ni es menos democracia porque la permite. O se colige que la prohibición de reelección ilimitada es anti democrática, porque limita arbitrariamente el poder electoral del pueblo.
Se argumenta que la no reelección es un principio republicano. Tal argumento tampoco es válido. La república concierne a que el poder soberano del Estado reside en el pueblo. Concierne al ejercicio dividido, independiente y limitado de ese poder. Concierne a la soberanía jurídica del ciudadano, según la cual sus derechos no dependen de la voluntad de una mayoría o de una minoría, sino de su propia naturaleza en cuanto individuo humano. Concierne a los atributos propios del ciudadano: libertad legislativa, independencia política e igualdad jurídica. Concierne a elección de gobernantes; pero en ningún sentido concierne a prohibir la reelección ilimitada de los mejores o de los peores. Se colige que una república no es más república porque prohíbe la reelección ilimitada, ni es menos república porque la permite. O se colige que la prohibición de reelección ilimitada es anti republicana porque restringe arbitrariamente la libertad electoral.
Si tuviera que haber un principio republicano sobre elección de gobernantes, tal principio podría ser aquel de derecho del pueblo a reelegir ilimitadamente, de modo continuo o no continuo, al Presidente de la República; y derecho del gobernante a ser electo ilimitadamente, de modo continuo o no continuo.

La Constitución Política de Estados Unidos de América, decretada en septiembre del año 1787 y ratificada en junio del año 1788, originalmente permitía la reelección presidencial ilimitada. Fotografía de Primicias24.com.
Mi impresión es que el principio anti republicano de no reelección ilimitada fue inventado por los peores políticos para evitar que los mejores impidieran que fueran electos alguna vez. Es decir, debía haber una sagrada alternancia con el fin de que los peores pudieran gobernar.
La Constitución Política de Guatemala decretada el 11 de marzo del año 1945, declaraba que el “principio de alternabilidad en el ejercicio del cargo de Presidente de la República es imprescindible para el sistema político nacional, y el pueblo podrá recurrir a la rebelión cuando se osare conculcar dicho principio.” Era falso: la no reelección no es imprescindible en ningún régimen político; y es absurdo que se impusiera al pueblo la prohibición de reelegir al presidente y luego se otorgara a él, el pueblo, el derecho a rebelarse en contra de quien pretendiera violar la prohibición que le había sido impuesta.

El artículo 2 de la Constitución Política decretada en el año 1945, prohibía la reelección.
Constituciones políticas posteriores impusieron esa prohibición. Aludo a la Constitución Política decretada el 2 de febrero del año 1956; la decretada el 15 de septiembre del año 1965; y la decretada el 31 de mayo del año 1985, que es la vigente. Esta última Constitución Política declara que la “reelección o la prolongación del período presidencial por cualquier medio, son punibles de conformidad con la ley. El mandato que se pretenda ejercer será nulo.” También declara que es deber de los ciudadanos “defender el principio de alternabilidad y no reelección en el ejercicio de la Presidencia de la República.”
Absurdamente, esta constitución tácitamente impone la prohibición de reelección; y luego declara que es punible violar esa prohibición. Absurdamente declara que es un deber de los ciudadanos defender el despojo del derecho a reelegir al presidente.
Un sensato precepto constitucional declararía que el Presidente de la República puede ser reelecto un número ilimitado de veces por decisión del pueblo en procesos electorales, y no por decisión de una asamblea legislativa constituida o constituyente.
En un régimen político republicano no parlamentario, la cuestión esencial no es que el Presidente de la República pueda ser reelecto ilimitadamente, en períodos continuos o no continuos; pues el pueblo tiene derecho a reelegirlo. La cuestión esencial es que el régimen jurídico brinde un recurso para destituir al presidente, por motivos como la ineptitud, la deshonestidad o el incumplimiento de las funciones que la ley le adjudica.
II. La opción de reelección ilimitada en El Salvador es atinada.
El pasado 31 de julio la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó y ratificó una reforma de la Constitución Política con la cual el pueblo salvadoreño puede reelegir al Presidente de la República un número ilimitado de veces, en períodos continuos o no continuos. Con esa aprobación y ratificación esa asamblea se adjudicó el mérito extraordinario de despreciar a la burocracia judicial de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la burocracia política de la Organización de Estados Americanos, la burocracia socialista de la Organización de las Naciones Unidos y la despótica burocracia de la Unión Europea.

La Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó el derecho del pueblo salvadoreño a reelegir ilimitadamente al Presidente de la República. Fotografía de Prensa Gráfica, de El Salvador.
Ahora, en El Salvador, los ciudadanos tienen derecho a reelegir o no reelegir al presidente, en períodos continuos o no continuos. Será, pues, una reelección democrática y republicana. Ahora el presidente tiene derecho a ser reelecto ilimitadamente por el pueblo, en períodos continuos y no continuos. Será, pues, una reelección democrática y republicana.
La reforma ya no incurre en el error de limitar el número de veces que el Presidente de la República puede ser reelecto. Es un error en el que incurre la Constitución Política de Estados Unidos de América a partir del año 1951, cuando fue aprobada la enmienda vigésimo segunda, que permite solamente una reelección. Es una de las peores enmiendas que ha sufrido esa constitución,
III. Políticos fariseos, expertos estultos y monjillas angustiadas reaccionan.
Políticos fariseos. La reforma de la Constitución Política de El Salvador, que permite la reelección presidencial ilimitada, continua o no continua, brindó la ocasión para que algunos políticos se hayan erguido como energúmenos contra la reforma. Según ellos, se ha atentado contra la democracia representativa. Se ha violado el sagrado principio republicano de no reelección. Se ha inaugurado el camino hacia la monarquía absolutista.
Llamo fariseos a esos políticos. Son fariseos de la clase de aquellos que Jesús llamó hipócritas. Si ejercieran la Presidencia de la República de su propio país, en el cual la Constitución Política prohíbe la reelección ilimitada, quisieran ser reelectos un número ilimitado de veces; pero hipócritamente se oponen a esa reelección. Quisieran, entonces, que la Constitución Política de su propio país fuera reformada para tener la opción de tal reelección; pero hipócritamente se oponen a esa reforma. Quisieran ser monarcas absolutistas, es decir, no estar sometidos a un régimen jurídico constitucional y tener no solo poder ejecutivo, sino también poder legislativo y judicial; pero hipócritamente se declaran enemigos de la monarquía absolutista. Presuntamente, renunciarían a la reelección ilimitada, aunque la investigación estadística demostrara que todos los ciudadanos los reelegirían; pero no renunciarían. Presuntamente, si la ley permitiera el ejercicio monárquico absolutista del poder del Estado, renunciarían a tal ejercicio y exigirían ser sometidos a un poder independiente legislativo y judicial; pero no renunciarían.
Un subconjunto de esos políticos fariseos son los políticos salvadoreños que se proponen designar, entre ellos mismos, al candidato que competirá con el presidente Bukele en la próxima elección, en el supuesto de que él será candidato. Son, por ejemplo, los políticos del partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y los políticos del partido Alianza Republicana Nacionalista.
Esos políticos salvadoreños maldicen la reelección presidencial ilimitada porque, por lo menos en la próxima elección presidencial, en el año 2027, improbablemente evitarán que, por segunda vez, sea reelecto un presidente que ha sido aprobado hasta por casi 90% de los ciudadanos. Podrían repetirse las cifras de votación de la elección presidencial del 4 de febrero del año 2024. En esa elección el candidato del frente, Manuel Flores, que ocupó la segunda posición, obtuvo 6.25% de los votos. El candidato de la alianza, Joel Sánchez, que ocupó la tercera posición, obtuvo 5.44%. Bukele, que ocupó la primera posición, obtuvo 82.66%, o 13 veces más que Flores y 15 veces más que Sánchez.



Expertos estultos. Algunos llamados expertos, a los que denomino expertos estultos, han expresado preocupación porque el presidente Bukele, con la opción de ser reelecto ilimitadamente, puede convertirse en dictador, es decir, en gobernante que tiene poder absoluto. Empero, la posibilidad o la realidad de tal conversión es asunto que compete exclusivamente a los salvadoreños. Por supuesto, si esa posibilidad deviniera realidad, los salvadoreños podrán interrumpir la reelección del presidente Bukele. Si no la interrumpen, entonces aprobarán el gobierno de un dictador. Es asunto que compete exclusivamente a ellos.
Esos mismos expertos han opinado que la reelección presidencial ilimitada en El Salvador es el final de la democracia en ese país. Empero, si esa reelección fuera el final de la democracia, tal final es asunto que compete exclusivamente a los salvadoreños. Por supuesto, conferir a los salvadoreños el derecho a reelegir ilimitadamente al Presidente de la República, en períodos continuos o no continuos, no es el final de la democracia. Es un progreso de la democracia: el pueblo decide la reelección o no reelección del presidente; y el presidente decide ser o no ser nuevamente candidato presidencial.

Los salvadoreños ejercerán, con su voto, el derecho a reelegir o no reelegir al Presidente de la República. Fotografía de Porttada.com.
Monjillas angustiadas. Algunos, a los que denomino monjillas angustiadas, arguyen que un presidente de El Salvador reelecto ilimitadamente tendría un peligroso poder excesivo; o “concentraría” más poder. Aluden al presidente Bukele, de quien se presume que, por su cuantiosa aprobación popular, sería reelecto ilimitadamente. ¡Pobres monjillas! Quizá hasta sufren estados psicológicos de profunda melancolía por el terrible destino político de El Salvador, obra del maléfico presidente Bukele; y llorosas claman por un auxilio divino para salvar a esa república, es decir, para evitar que caiga en el abismo de un terrorífico poder bukeliano.

Las monjillas angustiadas creen que el derecho del pueblo salvadoreño a reelegir ilimitadamente al Presidente de la República, dotará al presidente de un temible poder. Fotografía de Pixabay.
El argüir de las monjillas angustiadas carece de sentido. No hay relación de causa y efecto entre reelección y aumento del poder presidencial. Es decir, el presidente reelecto no puede tener más poder que aquel que es presidente por primera vez. Ambos tienen solamente el poder que la Constitución Política adjudica al Presidente de la República. Por supuesto, un presidente puede ilegalmente adjudicarse más poder, aunque sea presidente por primera vez.
Tampoco hay relación de causa y efecto entre reelección y más “concentración” de poder; pues el presidente reelecto no puede “concentrar” más poder que aquel que la Constitución Política adjudica al Presidente de la República. La reelección es obligada continuación, y no mágica alteración, del poder presidencial que confiere el actual régimen jurídico constitucional. Por supuesto, un presidente puede ilegalmente “concentrar” más poder, aunque sea presidente por primera vez.
Post scriptum 1. No conozco, hasta ahora, una crítica inteligente, sabia, con sensata subjetividad y argumentación lógicamente válida, y con finura en el análisis y riqueza en la síntesis, de la reelección presidencial ilimitada en El Salvador, y del presidente Nayib Bukele. Hasta ahora solo conozco una crítica que exhibe ignorancia, o licenciosa subjetividad, o pasión por la falacia ad hominem, o torpeza en el análisis y miseria en la síntesis.
Post scriptum 2. Pretendo defender la atinadísima reforma de la Constitución Política de El Salvador, sobre derecho del pueblo a reelegir ilimitadamente al Presidente de la República; pero no pretendo, ridículamente, defender al presidente Bukele. Él no necesita defensores. No los necesita un presidente que tiene la mayor aprobación del pueblo entre los presidentes del mundo. No los necesita un presidente aclamado por ciudadanos de Ecuador, Honduras y México, y hasta reclamado por ellos para que gobierne su país.

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