
El peor momento de la historia
Zoon Politikón
Hoy no es, ni mucho menos, el peor momento de la historia. Durante la Segunda Guerra Mundial, ni Hiroshima ni Nagasaki eran objetivos militares estratégicos. Al contrario, Nagasaki era la cuna de la población cristiana, una pequeña minoría que, además, había sido perseguida a lo largo de la historia de Japón. Los bombardeos nucleares no se dirigieron hacia una base militar ni a la residencia del emperador.
Un error común es creer que se vive en el peor momento de la historia, asumir que nunca ha existido una época más decadente, pero la realidad es que esto no es así. De hecho, ya en 1597 ocurrió un martirio: 26 mártires fueron crucificados, entre ellos San Felipe de Jesús, nacido en la Nueva España, hoy México. Este evento evidencia la profundidad de nuestras raíces y cómo la hispanidad llegó al otro lado del mundo. No solo España llevó a cabo su obra evangelizadora en América, sino que desde este continente la fe fue exportada hasta Japón.
Y no fueron solo esos 26 mártires; a lo largo de un siglo se registraron varios casos de persecución. En uno de ellos, más de 100 personas fueron martirizadas, lo que demuestra un firme compromiso con la evangelización, un compromiso en el que incluso participaron la monarquía, familias importantes, y hasta santos. El caso de Japón es particularmente singular; los cristianos subsistieron durante cientos de años sin sacerdotes, manteniendo viva su fe a través de la tradición oral, transmitida de padres a hijos durante siete generaciones. Esta historia es poco conocida, pero es esencial recordarla, especialmente cuando la fe parece tambalear. Es habitual creer que se vive en el peor momento de la historia, pero esto no es cierto. Sin embargo, esto no significa que se deba bajar los brazos y asumir que todo está bien, porque no es así. Al contrario, la persecución sigue creciendo en muchos sectores. No obstante, esto no debe llevar a la desesperanza, sino a inspirarse en el legado de los mártires que estuvieron dispuestos a dar su vida; y aquí se refiere a verdaderos mártires de la fe, no a aquellos que, bajo la influencia de ideologías perversas, intentan imponerse en la actualidad.
Un ejemplo de resiliencia se encuentra en la catedral de Urakami, sobre la cual cayó la bomba atómica. Esta catedral fue construida a finales del siglo XIX, cuando terminó un largo periodo de persecución. En su interior aún se conservan imágenes de la Biblia siendo pisoteada, un intento de descubrir a los cristianos ocultos, evaluando su disposición a soportar esta afrenta. Todavía existen reliquias que se mencionan en páginas oficiales de Japón, las cuales relatan la historia cristiana de esta isla. Un artículo interesante, publicado en Aleteia, destaca que la bomba de Hiroshima, la primera en caer, explotó justamente en el día de la Transfiguración del Señor, una fiesta importante de la iglesia. Esto simboliza cómo el rostro de la humanidad fue desfigurado con la explosión de esta bomba.
Ese mismo día ocurrió lo que muchos consideran un milagro: la supervivencia de los ocho de Hiroshima. El 86% de la población en un radio de ocho cuadras desde el epicentro de la explosión fue exterminada. Sin embargo, ocho religiosos lograron sobrevivir sin daños graves; en ese momento estaban rezando el rosario. Por ello, varios artículos afirman que el rosario es más poderoso que una bomba.
De manera similar, la figura de San Maximiliano Kolbe se presenta como profundamente significativa. Este santo fue asesinado en Auschwitz tras ofrecer su vida a cambio de la liberación de un padre de familia. San Maximiliano Kolbe fue mártir del nacionalsocialismo alemán, y fue quien construyó un edificio tan robusto que ni siquiera una bomba atómica pudo derribarlo. Este convento, criticado por haber sido edificado no en una gran ciudad, sino detrás de una montaña, fue protegido por esta misma montaña, que resguardó tanto a sus cimientos como a quienes estaban en su interior. Esto muestra cómo, tanto en Hiroshima como en Nagasaki, las órdenes religiosas encontraron protección en medio de la calamidad.
Es crucial reconocer que, en medio de este episodio de dolor, también hay mucha esperanza. Además, conocer la historia de los mártires en la iglesia fortalece la fe y brinda esperanza. No se vive en la peor época de la historia; al contrario, para evitar que se repitan este tipo de persecuciones, es necesario conocer lo que ya ha sucedido y comprender que nuestras raíces hispanas son mucho más profundas de lo que solemos creer.
Por lo tanto, es importante atreverse a cuestionar ciertos periodos históricos, no temer a ser asociados con los «malos» de la historia, sino más bien buscar comprender en profundidad los hechos que se cometieron, como en el caso de San Maximiliano Kolbe, antes de juzgar que algunos fueron más buenos que otros.

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