
El silencio digital y el coraje de la presencia
Punto de Vista
Vivimos rodeados de versiones editadas de nosotros mismos. Yo también. Detrás de una pantalla todo parece más fácil: pensamos mejor lo que vamos a decir, respondemos cuando estamos listos, borramos lo que nos deja vulnerables y callamos lo que incomoda. A veces, no por maldad, sino por miedo o por cansancio. Por no saber cómo sostener lo que sentimos.
Las redes nos dieron una ilusión muy seductora: la de estar en control. Control del tiempo, del tono, del silencio; aparecemos cuando conviene, desaparecemos cuando no sabemos qué decir. Y muchas veces llamamos “paz mental” a lo que en realidad es evasión.
Pero hay un lugar donde esa estrategia no funciona: el cara a cara. Ahí no hay filtros ni borradores. El cuerpo y la mirada delata, el callar pesa distinto.
Con el tiempo hemos aprendido a usar el silencio como una forma elegante de huir. No responder. Dejar en visto. Desaparecer sin explicación. Gestos que dan una sensación momentánea de poder, pero que evitan lo esencial: hacerse cargo. Dar la cara. Decir lo que duele decir.
Sería injusto escribir esto apuntando solo hacia afuera. Yo también he callado cuando debía hablar. Yo también he elegido el silencio cuando la conversación me exigía un coraje que no siempre tuve. No escribo desde la superioridad, sino desde la incomodidad de reconocerme ahí.
En la vida real no hay botón de borrar. Los silencios dejan marcas. No se puede ensayar la respuesta perfecta ni desaparecer sin consecuencias. Y es ahí donde una verdad incómoda aparece: muchas de las seguridades que mostramos en lo digital se caen cuando no hay pantalla de por medio.
Dicen que la verdadera medida de una persona no está en cómo llega, sino en cómo se va. Y empiezo a creer que es cierto. Porque no es lo mismo despedirse que esconderse. Irse con la frente en alto, sostener la propia verdad y respetar la palabra dada requiere valentía. No siempre estamos listos para eso.
Por eso, en un mundo de identidades frágiles, elijo estar con quienes tienen el valor de quedarse o la dignidad de irse sin desaparecer. Porque incluso las despedidas más dolorosas pueden y deben hacerse cara a cara, con la palabra, con responsabilidad y respeto, lo contrario, se llama simplemente cobardía. Tal vez, el verdadero coraje no esté en quedarse siempre, sino en saber irse bien.
Sigo escribiendo sobre esto porque sigo aprendiendo y trato de entender cómo permitimos llegar a estos comportamientos, que hieren y dejan vacíos. Porque todavía lucho entre el silencio cómodo y la presencia honesta. Y aunque no siempre lo logro, intento elegir quedarme o irme diciendo lo que hay que decir, aunque incomode.
A veces, el dolor no viene de lo que se dijo, sino de lo que nunca se tuvo el coraje o la oportunidad de decir.
Esta columna va dedicada a mi padre, Julio César Capó Tello.
Gracias por enseñarme que el carácter no es dureza, sino coherencia. Que sostener la propia verdad es una forma de amor y de responsabilidad. Siempre viviste con rectitud y en la conversación franca, a veces difícil. Escribiste tu propio final con integridad y me dejaste, en tu despedida, la lección más grande de todas: que un hombre de verdad no huye, sino que firma su historia con honor. No sé si algún día estaré a tu altura, pero lo intento. Te quiero hasta el cielo ida y vuelta.

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