
Titulares en polvo
Punto de Vista
Abrí el teléfono con la misma disciplina con la que, supuestamente, uno prepara el “shaker”: “hoy sí me ordeno”, “hoy sí me informo”. En menos de cinco minutos, mi dieta quedó servida: un video sobre la proteína de Marce Fitness, todo el revuelo por las acciones de ICE y sus operativos migratorios, el estado de sitio en Guatemala, con sus urgencias y capturas y el siempre confuso hilo sobre las elecciones de segundo grado, esas que deciden cosas enormes mediante procedimientos que casi nadie entiende, o no les interesa entender, pero que otros han sabido manipular muy bien.
Como si no fuera suficiente, el feed también trae su ración de indignación salarial, con la cifra mágica de 75 mil quetzales como sueldo para los integrantes de la Superintendencia de Competencia. La cifra sola, desnuda, es suficiente: el efecto inmediato es el escándalo y el enojo instantáneo. Y mientras discutimos si el salario es demasiado, poco o insultante, se cuela una pregunta incómoda que casi nadie comparte: ¿qué Estado queremos y con qué capacidades?
Son muchos temas que, en la vida real, no se saludan entre sí, pero en el feed conviven como si fueran parte del mismo paquete. Un swipe, otro swipe y de pronto, el país, el cuerpo, la ley y la frontera pesan lo mismo: quince segundos.
Ahí aparece la primera trampa de esta época: la saturación, que no solo cansa, también iguala. Bajo el mismo formato, todo se vuelve equivalente. La proteína “milagrosa” y el estado de sitio compiten por atención con las mismas armas: comparte, indígnate, compra, cree.
La segunda trampa es más peligrosa: cuando todo llega picado, nadie siente la obligación de masticar. La desinformación se cuela entonces con la facilidad de un shaker sabor vainilla o del sabor que prefieran, porque al final no importa qué contiene, sino que prometa resultados. La mentira, como ciertos suplementos, no necesita ser nutritiva; solo necesita ser convincente.
El problema es que esa lógica se trasladó a la política y al debate público. Y la saturación hace algo más: nos deja sin jerarquía. En el mismo minuto puedes preocuparte por el efecto de una proteína y por el alcance de una medida excepcional del Estado. Como el cerebro no está hecho para sostener todo al mismo tiempo, elige lo que le da recompensa inmediata: el contenido más simple, el más emocional, el más tribal. El algoritmo lo sabe. Por eso no te muestra lo más importante; te muestra lo más reactivo.
Es aquí donde los temas se rozan, donde se tocan. No porque la proteína tenga que ver con ICE, ni porque el estado de sitio dependa de una influencer. Se tocan porque el mecanismo es el mismo: la información convertida en ruido.
La desinformación no es solo “mentiras”; es también el exceso de contenido. Es ahí donde vamos perdiendo la brújula. Y cuando el ciudadano pierde la brújula, gana el poder que grita más fuerte. Gana el mensaje que simplifica. Gana el que ofrece un enemigo. Gana el que promete resultados inmediatos: músculo en tres semanas, seguridad en tres días, justicia con un decreto, democracia con una votación que nadie entiende.
Hasta aquí podríamos quedarnos en el sarcasmo. Reírnos del influencer, del render, del titular alarmista. El humor, al final, también es una forma de defensa.
Pero lo central no se trata únicamente de qué vemos, sino de qué valoramos, de qué nos tomamos en serio. Porque cuando todo pesa lo mismo, algo más profundo se rompe: la capacidad de decidir qué importa.
La saturación permanente nos acostumbra a vivir reaccionando, no pensando. Entonces la pregunta ya no es qué está pasando. La pregunta es ¿qué nos está pasando a nosotros?, que ya no distinguimos entre informarnos y consumir, porque creemos que, por agitar fuerte, como con el shaker, ya estamos alimentados.
Tal vez el mundo que queremos empieza por una decisión pequeña, casi antipática en estos tiempos: detenernos. Porque, así como el cuerpo no se sostiene solo de un shaker bien agitado, una sociedad no se sostiene solo de titulares. Y lo que está en juego, al final, no es el algoritmo ni el tema del día, sino si queremos ser simples consumidores o ciudadanos responsables de su atención, su tiempo y su mundo.

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