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Entre el crecimiento presupuestario y la corrupción

Del Escritorio del General

Todos los países aspiramos al crecimiento económico, porque este es sinónimo de bienestar y oportunidades para la población. Para los ciudadanos —insisto en ese término: aquellos que comprenden, conocen y saben— el crecimiento real se traduce en prosperidad. Pero cuando dicho crecimiento se presenta como un globo inflado de mentiras, no existe tal desarrollo: la población lo resiente, los ciudadanos se empobrecen y las carencias se multiplican.

Como oficial formado en los principios de la ciencia militar y en la responsabilidad del servicio al Estado, afirmo que el presupuesto nacional debe ser un instrumento estratégico, no una bolsa de reparto político. El Congreso de la República, año tras año, aprueba un presupuesto que, en teoría, busca promover el desarrollo nacional; sin embargo, en la práctica carece de objetivos estratégicos, líneas de esfuerzo, criterios de priorización y visión de Estado. No orienta, no fortalece, no moderniza. Solo distribuye recursos sin misión, sin propósito y sin control.

Este fenómeno no es accidental; es sistémico. Por cuatro décadas, la clase política ha convertido el presupuesto en su principal instrumento de extracción: fondos desviados, programas inventados, plazas fantasma, asignaciones para reelección, y mecanismos disfrazados de desarrollo como los Consejos y Comités, diseñados para mantener un ciclo de dependencia y corrupción. Esta lógica destruye la moral nacional, vulnera la seguridad económica del Estado y socava la legitimidad institucional.

Incluso antiguas corrientes liberales interpretaron de forma superficial el concepto de “extracción”. Creyeron que se refería únicamente a recursos como minas o energía. Hoy la realidad demuestra que la extracción verdadera ha sido la del pueblo: apropiarse de la riqueza nacional mediante redes clientelares, corrupción estructural y manipulación del erario.

En paralelo, figuras públicas y exgobernantes intentan reposicionarse en redes sociales, distorsionando la percepción pública mediante estrategias de popularidad ficticia, seguidores comprados y discursos vacíos. Estos intentos erosionan la cultura política y debilitan la capacidad del ciudadano para discernir entre liderazgo genuino y charlatanería mediática.

El análisis estratégico nacional exige reconocer que el modelo actual es insostenible. Las remesas —que representan cerca del 30% del ingreso nacional— sostienen artificialmente la economía. Este fenómeno, aunque permite la supervivencia de millones de familias, revela el fracaso del Estado en generar empleos, industria, inversión y oportunidades. Los compatriotas que migran se convierten, irónicamente, en los verdaderos pilares económicos de la nación mientras los corruptos buscan apropiarse de su esfuerzo.

Desde una perspectiva militar-académica, este escenario constituye una amenaza directa a la seguridad nacional: corrupción elevada, captura institucional, penetración del narcotráfico, debilitamiento del Estado y pérdida progresiva de cohesión social. Cuando estas variables se combinan, la gobernabilidad se deteriora y la nación entra en un ciclo de vulnerabilidad estratégica.

La historia demuestra que los pueblos solo se sostienen cuando recuperan su dignidad y su disciplina cívica. Napoleón lo dijo con crudeza: “Las bayonetas sostienen al Estado”. Hoy, esa frase no debe interpretarse literalmente como violencia, sino como la obligación moral de recuperar la fortaleza, la verticalidad ética y la capacidad de imponer el orden institucional mediante la ley, la justicia y la voluntad colectiva.

La Constitución debe servir al pueblo, no a la clase política. Y si no corregimos el rumbo ahora, el deterioro será irreversible. Guatemala necesita estrategia, liderazgo, orden, disciplina y visión de Estado.

Adelante, con espíritu de vencedores.

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Francisco Bermudez Amado

General de División ex Ministro de la Defensa, Analista político.

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